Capítulo 4 El hilo que se enreda
El amanecer llegó como una herida mal cerrada.
Misty no había dormido. Había permanecido sentada frente a las brasas hasta que estas se convirtieron en ceniza gris, con la espalda apoyada en la puerta y las rodillas contra el pecho, escuchando el segundo corazón oscuro latir con una insistencia que ya no podía fingir ignorar. El hilo que había encontrado la tarde anterior seguía allí. No se había disuelto con el viento ni con la distancia. Al contrario: se había vuelto más nítido, más paciente, como una cuerda invisible tensada entre su pecho y algo —alguien— que dormía a muchos kilómetros hacia el norte.
Cada vez que cerraba los ojos, lo sentía tirar.
No con violencia. Con una constancia casi cariñosa. Como si el frío que había dejado el príncipe en el camino real hubiera decidido quedarse a vivir bajo su piel.
Cuando la luz gris comenzó a filtrarse por las grietas de la cabaña, Misty se levantó con movimientos lentos, pesados. El cuerpo le dolía de haber estado tensa durante horas. Los músculos de los hombros, del cuello, de la mandíbula, estaban nudos. Se pasó las manos por el rostro y descubrió que tenía las mejillas calientes a pesar del frío de la habitación. El pulso le golpeaba en la garganta, en las muñecas, en el punto exacto entre las piernas donde el calor se había instalado desde que tocó el rastro residual.
Se obligó a encender el fuego.
El poder respondió con demasiada avidez. La llama negra saltó de sus dedos antes de que terminara de trazar la runa y se clavó en la turba con un siseo voraz. El olor a magia quemada llenó el aire. Misty retrocedió un paso, respirando por la boca. Ultimamente el control se le escapaba. Pequeñas fisuras. Momentos en los que la magia actuaba como si tuviera voluntad propia, como si hubiera olido algo que le gustaba y ya no estuviera dispuesta a quedarse quieta.
Se lavó con el poco agua que quedaba. El frío le mordió la piel del cuello, de los hombros, de los pechos cuando el camisón se le resbaló. Cada gota que resbalaba por la cicatriz de la clavícula provocaba un escalofrío que terminaba más abajo, en ese lugar donde el segundo corazón parecía haberse desplazado. Misty se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en el borde del cántaro, respirando despacio. Intentó pensar en otra cosa. En las hierbas que necesitaba. En las runas que debían reforzarse. En el caldo amargo que tendría que preparar si quería mantener el cuerpo en pie.
Pero la mente regresaba una y otra vez al mismo punto.
El cabello plateado bajo las antorchas.
La distancia exacta que todos mantenían a su alrededor.
La forma en que el aire había cambiado de densidad cuando él pasó.
Y ese hilo. Ese maldito hilo que ahora conocía el camino hasta ella.
Salió de la cabaña cuando el sol ya había alcanzado una altura mediocre detrás de las nubes. El viento de las fronteras le golpeó el rostro con fuerza, le arrancó lágrimas de los ojos, le pegó el cabello a la boca. Misty no se cubrió. Dejó que el frío le llenara los pulmones hasta que le dolió. A veces el dolor era la única forma de recordar que todavía era dueña de sí misma.
Bajó al claro de las hierbas. Las plantas estaban peor que el día anterior. Los bordes negros se habían extendido. Algunas hojas se habían enrollado sobre sí mismas como si intentaran protegerse de su presencia. Misty se arrodilló entre ellas y comenzó a cortar con la daga de hueso. Los movimientos eran mecánicos. La mente no estaba allí.
Estaba en el norte.
Se preguntó cómo sería su voz.
Si era grave. Si hablaba poco. Si ordenaba con la misma frialdad con la que el hielo se adueñaba de las montañas o si, en la intimidad de sus aposentos, la voz se volvía más baja, más peligrosa. Se preguntó si alguna vez alguien se había atrevido a acercarse lo suficiente como para sentir el calor de su respiración. Si el príncipe de hielo soñaba. Si en esos sueños también sentía un tirón hacia el sur, hacia las fronteras, hacia una magia oscura y prohibida que lo había olido desde el risco.
El poder se removió dentro de ella con tanta fuerza que Misty soltó la daga.
Se quedó arrodillada, con las manos abiertas sobre la nieve manchada, respirando por la boca. El segundo corazón latía tan alto que le dolían las costillas. Entre las piernas, el calor se había vuelto casi insoportable. No era un deseo claro todavía. Era algo más primitivo. Una necesidad de cerrar la distancia. De medir exactamente cuánto espacio había entre su piel y la de él. De descubrir si el frío que lo rodeaba podía realmente quemarla… o si, de alguna forma imposible, la reconocería.
Se obligó a terminar la recolección. Volvió a la cabaña con los brazos cargados y las piernas temblorosas. Dejó las hierbas sobre la mesa. Preparó el caldo. Lo bebió sin probarlo. Luego se sentó frente al cuenco de piedra negra y miró la superficie vacía durante un largo rato.
Sabía lo que tenía que hacer.
El ritual de contención diario. Tres gotas de sangre. Las palabras antiguas. El dolor necesario para mantener al poder dentro de los límites de su cuerpo. Pero esa mañana el simple pensamiento de abrir la piel la hizo dudar. Tenía miedo de lo que podría salir. Tenía miedo de que el hilo aprovechara la rendija y se enredara todavía más hondo.
Al final lo hizo.
La daga de hueso cortó la piel del antebrazo con la misma precisión de siempre. La sangre cayó. Negra casi de inmediato. Misty susurró las palabras y dejó que la magia la atravesara. El dolor fue más intenso que de costumbre. Como si el poder se resistiera a ser contenido. Como si hubiera encontrado un motivo para quedarse despierto.
Cuando el ritual terminó, Misty estaba temblando. El sudor le corría por la espalda a pesar del frío. La cicatriz de la clavícula latía con fuerza visible. Se pasó los dedos por ella y el contacto le arrancó un sonido bajo, casi un gemido. Apartó la mano como si se hubiera quemado.
No podía seguir así.
Salió otra vez.
Esta vez caminó más lejos. Bajó del risco por el sendero estrecho que solo ella conocía y se adentró en el bosque de árboles retorcidos que rodeaba la aldea. Necesitaba movimiento. Necesitaba que el cuerpo se cansara lo suficiente como para callar la voz del segundo corazón. La nieve crujía bajo sus botas. El viento silbaba entre las ramas negras. Y en cada exhalación Misty sentía el hilo tirar un poco más.
Llegó hasta el límite de los árboles que daban al valle. Desde allí se veía la aldea con claridad. Había más movimiento que de costumbre. Hombres cargando fardos. Mujeres hablando en voz baja cerca del pozo. Y, en el centro de todo, un pequeño grupo que señalaba hacia el norte una y otra vez. Hablaban del príncipe. Por supuesto que hablaban del príncipe. Su paso por las fronteras era un acontecimiento. El maldito de Eldoria. El hombre que no podía ser tocado. El heredero cuya sola presencia hacía que la gente contuviera la respiración.
Misty se escondió detrás de un tronco retorcido y observó.
Uno de los hombres levantó la voz lo suficiente como para que el viento le trajera fragmentos:
—…dicen que viaja hacia la capital… que el Consejo lo espera… que la maldición se está volviendo más fuerte…
Otro contestó algo que no alcanzó a oír. Luego una mujer habló, más baja, y Misty captó solo una palabra que le heló la sangre:
—…la hechicera…
Se tensó.
Sabían que ella estaba cerca. Siempre lo sabían. Y ahora, con el príncipe tan reciente en sus mentes, el miedo se había agudizado. Misty vio cómo una de las mujeres tomaba al niño —el mismo niño que ella había salvado— y lo apretaba contra su pecho, como si la sola mención de la hechicera de las sombras pudiera contaminarlo otra vez.
El poder dentro de Misty se encogió. Dolorido. Hambriento. Furioso.
Se alejó antes de que alguien levantara la vista hacia los árboles.
Regresó a la cabaña cuando el sol ya comenzaba a descender. El cuerpo le pesaba. La mente, más. Encendió el fuego. Se sentó frente a él con las piernas cruzadas y el chal envuelto alrededor de los hombros. El calor de las llamas no alcanzaba a tocar el frío que llevaba dentro. Ese otro frío. El que había llegado con el príncipe y se había quedado.
Cerró los ojos.
Y entonces lo vio con más claridad que nunca.
No fue un sueño. Fue una visión arrancada del hilo mismo. Un destello. Una habitación de paredes de cristal negro. Una chimenea que ardía con llamas azules. Y un hombre de pie frente a ella, de espaldas, con el cabello plateado cayéndole sobre los hombros anchos. La capa oscura todavía puesta. Las manos —largas, pálidas, peligrosas— apoyadas en el borde de una mesa de piedra.
Misty sintió su respiración.
No la imaginó. La sintió. El leve subir y bajar de la espalda. La forma en que el aire salía de sus pulmones cargado de un frío que no era del todo natural. Y entonces, como si el hilo hubiera decidido ser cruel, el hombre de la visión giró ligeramente la cabeza. No lo suficiente como para mostrar el rostro. Solo lo bastante como para que Misty tuviera la certeza absurda de que él también estaba sintiendo algo. Un eco. Un tirón. Una presencia oscura que lo observaba desde muy lejos.
Ella abrió los ojos de golpe.
La respiración le salía en jadeos cortos. El pecho subía y bajaba con violencia. Entre las piernas el calor se había vuelto una pulsación constante, vergonzosa, imposible de ignorar. Se llevó una mano a la boca para ahogar el sonido que amenazaba con salir. La otra mano se cerró en un puño sobre el chal, justo encima del segundo corazón.
—Basta —susurró contra sus propios dedos—. Basta, por favor…
Pero el hilo no se rompió.
Al contrario. Pareció enredarse un poco más. Como si cada vez que ella lo reconocía, cada vez que dejaba que la visión la atravesara, la distancia entre ambos se volviera un poco más corta. Un poco más peligrosa. Un poco más inevitable.
Misty se quedó frente al fuego hasta que la noche fue completa.
No preparó el ritual de contención.
No tenía fuerzas para pelear contra algo que ya estaba dentro.
Cuando por fin se acostó en el catre, el cuerpo entero le temblaba. Se enrolló sobre sí misma, con las rodillas contra el pecho y el rostro escondido en el pliegue del brazo. El segundo corazón latía contra las costillas con una fuerza que casi dolía. Y en la oscuridad detrás de los párpados, el hombre de cabello plateado seguía de pie frente a la chimenea de llamas azules, respirando el mismo aire imposible que ella.
Misty no lo llamó.
Pero tampoco le pidió que se fuera.
Y esa pequeña traición, esa mínima rendija abierta en la resistencia, fue suficiente para que el hilo se apretara un poco más alrededor de su pecho. Como una promesa. Como una amenaza. Como el primer nudo de una soga que ninguno de los dos había pedido… y que ninguno de los dos parecía capaz de cortar.
