Capítulo 5 La respiración del otro
La noche se había vuelto demasiado estrecha.
Misty yacía en el catre con los ojos abiertos, mirando las sombras que las brasas moribundas proyectaban en el techo de piedra negra. Cada sombra parecía moverse con un propósito. Cada parpadeo de la luz le devolvía, durante una fracción de segundo, la imagen de una habitación de cristal, de un hombre de espaldas, de cabello plateado cayendo sobre hombros que no había tocado nadie en años. El hilo seguía allí. Ya no era un simple rastro residual. Se había convertido en una presencia constante, una cuerda invisible que se tensaba y se aflojaba al ritmo de una respiración que no era la suya.
Podía sentirla.
No era imaginación. No era deseo delirante. Era algo más antiguo y más peligroso: la magia de las sombras reconociendo un eco que le pertenecía. Cada vez que Connor —el nombre todavía no lo conocía, pero el cuerpo sí— inhalaba en aquella habitación lejana, el segundo corazón oscuro de Misty respondía con un latido más profundo. Cada vez que él exhalaba, ella sentía un tirón suave, casi íntimo, justo detrás del esternón.
Como si compartieran el mismo aire a través de kilómetros de nieve y montañas.
Se giró sobre el costado. El camisón de lana se le pegaba a la espalda húmeda de un sudor que no correspondía al frío de la cabaña. La cicatriz de la clavícula latía con fuerza visible. Si hubiera tenido un espejo cerca, habría visto cómo la piel alrededor se oscurecía y se aclaraba al ritmo de aquel pulso ajeno. Llevó los dedos hasta allí. El contacto le arrancó un escalofrío que bajó por la columna, se alojó en la base de la espalda y luego subió otra vez, lento, deliberado, hasta detenerse entre los pechos.
Misty apretó los labios.
No iba a gemir. No iba a darle a esa conexión la satisfacción de un sonido.
Pero el cuerpo no pedía permiso.
El calor entre sus piernas se había vuelto una presencia propia. No era el fuego limpio del deseo ordinario. Era algo más espeso, más oscuro, teñido por la magia que corría por sus venas. Cada vez que el hilo se tensaba, el calor pulsaba. Cada vez que se aflojaba, la dejaba temblando y vacía, como si le hubieran arrancado algo esencial.
Se sentó en el borde del catre. Los pies descalzos tocaron la piedra fría. El contraste le arrancó un suspiro. Se quedó así, con las manos apoyadas a ambos lados del cuerpo, la cabeza gacha, el cabello oscuro cayéndole sobre el rostro. Respiraba por la boca. Contaba las inhalaciones. Intentaba separar las suyas de las de él.
Fallaba una y otra vez.
Al final se levantó. Encendió una nueva brasa con un gesto demasiado brusco. La llama negra saltó y se clavó en la turba con un siseo casi animal. El olor a magia quemada llenó la cabaña. Misty se quedó mirando el fuego como si pudiera encontrar respuestas en él. Solo encontró más sombras. Más ecos. Más de aquella respiración lejana que se había instalado dentro de su pecho sin pedir permiso.
—¿Quién eres? —susurró hacia las llamas.
La pregunta no esperaba respuesta. Y sin embargo, el hilo se tensó de inmediato, como si la hubiera oído. Misty cerró los ojos con fuerza. Durante un instante demasiado largo tuvo la certeza absurda de que, a muchos kilómetros de distancia, un hombre de cabello plateado había abierto los ojos en la oscuridad de su aposento y había sentido el peso de su voz.
Se obligó a moverse.
Preparó agua. Se lavó el rostro, el cuello, los brazos. Cuando el camisón se le resbaló de un hombro, dejó que el agua fría resbalara por la cicatriz. El contacto fue casi doloroso de lo sensible que estaba la piel. Cada gota parecía llevarse un poco de la distancia que todavía la separaba de él… y al mismo tiempo la hacía más consciente de lo cerca que, de alguna forma imposible, ya estaba.
El resto de la madrugada se le escapó entre rituales incompletos y paseos cortos alrededor de la cabaña. Cada vez que salía, el viento de las fronteras le traía el olor a nieve limpia y, debajo, ese otro olor que solo su magia podía detectar: el rastro gélido y residual de la comitiva. El hilo vibraba más fuerte al aire libre. Como si la montaña misma se hubiera convertido en un instrumento que solo ellos dos sabían tocar.
Cuando la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse, Misty estaba agotada. Y sin embargo, el cuerpo no le pedía descanso. Le pedía cercanía. Le pedía respuesta. Le pedía que dejara de resistirse a lo que la magia ya había decidido.
Bajó al claro de las hierbas por costumbre más que por necesidad. Las plantas estaban peor. Algunas se habían secado por completo durante la noche, como si la intensidad creciente de su poder las hubiera asfixiado. Misty se arrodilló entre ellas y pasó los dedos por las hojas muertas. El contacto le dejó manchas negras en la piel. No se las limpió. Las observó en silencio, preguntándose si algún día tocaría algo —a alguien— sin dejar marcas.
La imagen de unas manos pálidas y largas se superpuso a las suyas.
¿Cómo se sentirían esas manos sobre su piel?
¿Quemarían?
¿Reconocerían?
¿Se detendrían a milímetros, temblando, igual que ella temblaba ahora?
El segundo corazón dio un vuelco doloroso. Misty se inclinó hacia adelante hasta apoyar la frente en la nieve. El frío le quemó la piel. No fue suficiente para apagar el fuego que llevaba dentro. Se quedó así largo rato, respirando el aire gélido, dejando que el hilo tirara de ella sin oponer resistencia. Por primera vez desde que había visto la comitiva, no intentó cortarlo. Solo lo sintió. Lo dejó enredarse un poco más alrededor de sus costillas, de su garganta, de ese lugar sensible y secreto entre las piernas donde el deseo había decidido instalarse.
Cuando por fin se levantó, tenía la cara húmeda. No sabía si de nieve derretida o de lágrimas. Tampoco le importó.
Regresó a la cabaña. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella y dejó que el cuerpo se deslizara hasta el suelo. El chal se le abrió. El camisón subió hasta la mitad de los muslos. No lo arregló. Se quedó sentada con las piernas ligeramente abiertas, la cabeza apoyada en la madera, los ojos cerrados, escuchando la respiración del otro como si fuera la única canción que el mundo tenía para ofrecerle.
En algún lugar muy lejos, en una habitación de cristal negro, un hombre de cabello plateado debía de estar despierto también.
Misty lo sabía.
Lo sentía en cada latido.
Y por primera vez, en lugar de odiar esa certeza, la dejó quedarse. La dejó crecer. La dejó convertirse en una promesa silenciosa que ninguno de los dos había pronunciado todavía… pero que ambos, de alguna forma imposible, ya habían empezado a cumplir.
El día avanzó sin que ella se moviera mucho. Comió poco. Habló nada. Solo respiró. Y en cada inhalación, en cada exhalación, el hilo se apretó un poco más. Como si el destino, paciente y cruel, estuviera tejiendo una soga con el mismo material del que estaban hechos los sueños y las maldiciones.
Cuando la noche regresó, Misty ya no luchaba.
Se acostó en el catre. Se cubrió con las pieles. Cerró los ojos. Y esta vez, cuando la visión llegó —la habitación, la chimenea de llamas azules, el hombre de espaldas—, no abrió los ojos para ahuyentarla. Se quedó dentro. Respiró con él. Latido tras latido. Hasta que la distancia dejó de doler tanto… y empezó a parecerse peligrosamente a un hogar.
