Capítulo 6 El nudo que no se deshace

La madrugada olía a magia desbordada.

Misty lo supo antes de abrir los ojos. El aire dentro de la cabaña estaba espeso, cargado de ese sabor metálico y dulce que solo aparecía cuando el poder se había movido sin su permiso durante el sueño. El segundo corazón oscuro latía con una fuerza casi dolorosa, como si hubiera pasado la noche tirando del hilo con todas sus fuerzas. Y el hilo… el hilo ya no era un simple eco lejano. Se había convertido en una presencia sólida, una cuerda invisible que le rodeaba el pecho, la garganta, las muñecas, como si alguien del otro lado hubiera decidido atarla sin tocarla.

Se incorporó despacio. El camisón se le pegaba al cuerpo. La piel estaba húmeda. La cicatriz de la clavícula ardía con un calor que no correspondía al frío de la habitación. Cuando llevó los dedos hasta ella, sintió el pulso ajeno latiendo bajo la yema. Uno. Dos. Tres. Exactamente al mismo ritmo que el suyo.

Connor.

El nombre todavía no lo conocía, pero el cuerpo lo repetía en cada latido. El hombre de cabello plateado. El príncipe que no podía tocar sin destruir. El maldito cuya sola presencia había alterado el equilibrio de aquellas montañas y, de alguna forma imposible, el de su propia magia.

Misty se levantó. Las piernas le temblaron. Tuvo que apoyarse un instante en el borde del catre antes de poder dar un paso. El poder se removía dentro de ella como un animal inquieto. Ya no pedía. Exigía. Quería expandirse. Quería seguir el hilo hasta su origen. Quería cerrar la distancia que la razón todavía se empeñaba en mantener.

Encendió el fuego con un gesto demasiado brusco. La llama negra saltó de sus dedos y se clavó en la turba con un siseo voraz. Esta vez no se volvió roja. Se quedó negra. Oscura. Viviente. Misty la observó en silencio, sintiendo cómo el calor de aquella llama prohibida le subía por los brazos, le llenaba el pecho, le bajaba hasta el vientre. El deseo y la magia se habían vuelto la misma cosa. Ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba la otra.

Se lavó con el agua que quedaba. Estaba helada. Cada gota que resbalaba por su cuello, por sus pechos, por el vientre, le provocaba un escalofrío que terminaba en un latido más profundo entre las piernas. Se quedó quieta, con las manos apoyadas en el borde del cántaro, la cabeza gacha, el cabello oscuro cayéndole como una cortina. Respiraba por la boca. Contaba. Intentaba separar su respiración de la de él.

Ya no podía.

Cada inhalación traía consigo el eco de otra. Cada exhalación se enredaba con una que venía de muy lejos. Era como si, a muchos kilómetros de distancia, en una habitación de cristal negro, un hombre de pie frente a una chimenea de llamas azules estuviera respirando exactamente al mismo tiempo que ella. Como si el destino hubiera decidido que sus pulmones compartieran el mismo ritmo antes siquiera de que sus miradas se cruzaran de verdad.

Misty soltó un sonido bajo, casi un gemido, y se llevó una mano a la boca.

No.

No iba a ceder.

Se obligó a vestirse con movimientos bruscos. Se puso las botas. El chal. La daga de hueso en el cinturón. Salió de la cabaña cuando la luz gris del amanecer apenas empezaba a filtrarse entre las nubes. El viento de las fronteras la recibió como un latigazo. Le azotó el rostro, le arrancó lágrimas de los ojos, le pegó el cabello a los labios. Ella no se cubrió. Dejó que el frío le llenara los pulmones hasta que le dolió. Necesitaba ese dolor. Necesitaba algo que la anclara al presente, a la soledad, a la certeza de que el príncipe de hielo no era para ella y ella no era para nadie.

Caminó hasta el borde del risco.

El camino real se extendía abajo, plateado y vacío. Las huellas de la comitiva ya habían desaparecido casi por completo. Solo quedaba el hilo. Ese maldito hilo que su magia se negaba a soltar. Misty se arrodilló en la nieve. Apoyó ambas manos en el suelo. Cerró los ojos. Y dejó que el poder se expandiera.

Solo un poco.

Solo lo suficiente para tocar otra vez el rastro residual.

El hilo respondió de inmediato. Se tensó. Vibró. Y de pronto la visión la atravesó con una claridad brutal.

Una habitación.

Paredes de cristal negro que reflejaban llamas azules.

Una mesa de piedra.

Y él.

De pie. De espaldas. La capa oscura todavía puesta a pesar de la hora. El cabello plateado cayéndole sobre los hombros anchos. Las manos —largas, pálidas, peligrosamente quietas— apoyadas en el borde de la mesa. Misty sintió su respiración como si estuviera a un paso de distancia. Sintió el frío que emanaba de su piel. Sintió la tensión en los hombros, la forma en que los dedos se crispaban ligeramente contra la piedra, como si también él estuviera luchando contra algo que no podía nombrar.

Entonces, lentamente, Connor giró la cabeza.

No lo bastante como para mostrar el rostro completo. Solo lo suficiente para que Misty viera la línea de la mandíbula, la curva de una oreja, el borde de un ojo del color del hielo recién quebrado. Y en ese instante imposible, tuvo la certeza absoluta de que él la sentía. Que el tirón no era solo suyo. Que del otro lado del hilo alguien había abierto los ojos en la oscuridad y había susurrado, sin voz, la misma pregunta que ella se hacía cada noche:

¿Quién eres?

Misty abrió los ojos de golpe. La respiración le salía en jadeos cortos y blancos. El pecho subía y bajaba con violencia. Entre las piernas el calor se había vuelto una pulsación constante, casi dolorosa. Se llevó ambas manos al rostro y presionó los dedos contra los ojos, como si pudiera borrar la visión a la fuerza. No sirvió. La imagen seguía allí. La respiración seguía allí. El hilo seguía allí, más apretado que nunca.

Se levantó tambaleándose. Bajó del risco por el sendero estrecho. Necesitaba movimiento. Necesitaba cansar al cuerpo hasta que el segundo corazón se callara. Caminó entre los árboles retorcidos durante lo que parecieron horas. La nieve crujía bajo sus botas. El viento silbaba. Y en cada paso el hilo tiraba un poco más, como si quisiera guiarla hacia el norte, hacia Eldoria, hacia la habitación de cristal negro donde un hombre de cabello plateado respiraba al mismo ritmo que ella.

Cuando por fin regresó a la cabaña, el sol ya había alcanzado su punto más alto detrás de las nubes. Misty entró, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Las piernas cedieron. Se deslizó hasta el suelo. El chal se abrió. El camisón subió. No lo arregló. Se quedó sentada con las rodillas flexionadas, la cabeza apoyada en la madera, los ojos cerrados, dejando que el poder se arremolinara dentro de ella sin intentar contenerlo.

Fue un error.

El poder se desbordó.

No con violencia. Con una lentitud casi sensual. Las sombras de la cabaña se alargaron hacia ella. Las runas de las paredes brillaron con una luz negra. Y durante un momento demasiado largo Misty sintió que el hilo se convertía en algo más. En una mano invisible que le recorría el cuello, la clavícula, el espacio entre los pechos, el vientre… y se detenía justo encima del lugar donde el calor latía con más fuerza. No la tocó. No podía tocarla. Pero la acarició a través de la distancia, con la misma paciencia cruel con la que el destino teje las maldiciones.

Misty soltó un gemido bajo. El sonido la sorprendió. La avergonzó. La excitó. Se llevó una mano a la boca para ahogarlo, pero el daño ya estaba hecho. El poder había sentido la rendija. Y se había colado por ella.

Cuando por fin logró recuperar el control, la cabaña estaba llena de marcas negras. En el suelo. En las paredes. En la puerta. Incluso en su propia piel. Pequeñas líneas oscuras que se extendían desde la cicatriz de la clavícula hacia el hombro, hacia el pecho, como raíces que buscaban un lugar donde anclarse. Misty las tocó con dedos temblorosos. Eran calientes. Sensibles. Como si la magia hubiera decidido escribir en su cuerpo el nombre de alguien que todavía no conocía.

Se levantó. Preparó agua nueva. Intentó lavarse las marcas. No desaparecieron. Solo se volvieron un poco más tenues, como una promesa que se niega a borrarse del todo. Luego se sentó frente al cuenco de piedra negra y miró la superficie vacía durante un largo rato. Sabía que debía hacer el ritual de contención. Sabía que debía cortar el hilo antes de que se convirtiera en una soga. Pero cuando tomó la daga de hueso, la mano le tembló. Y al final la dejó sobre la mesa sin usarla.

No esa noche.

Esa noche iba a permitir que el nudo se apretara un poco más.

Se acostó en el catre cuando la oscuridad ya era completa. Se cubrió con las pieles. Cerró los ojos. Y esta vez no luchó cuando la visión regresó. Dejó que la habitación de cristal negro la envolviera. Dejó que el hombre de cabello plateado se diera la vuelta por completo. Dejó que aquellos ojos del color del hielo recién quebrado la miraran a través de la distancia imposible. Y en ese silencio compartido, en esa respiración sincronizada, Misty entendió algo que la aterró y la consoló al mismo tiempo:

Ya no estaba sola.

Aunque el mundo todavía no lo supiera.

Aunque él todavía no tuviera su nombre.

Aunque la maldición de ambos gritara que debían permanecer separados…

El hilo ya los había atado.

Y los nudos, una vez hechos, rara vez se deshacían sin sangre.

Misty respiró hondo. El aire le llenó los pulmones cargado del frío de él. Y por primera vez desde que había visto la comitiva pasar bajo su risco, sonrió en la oscuridad. Una sonrisa pequeña. Cansada. Peligrosa.

El destino había empezado a tejer.

Y ella, maldita sea, ya no estaba segura de querer cortar el hilo.

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