Capítulo 7 La marca que delata
El día amaneció demasiado quieto.
Misty lo sintió en cuanto abrió los ojos. El segundo corazón oscuro latía con una calma engañosa, como un depredador que espera el momento exacto para saltar. El hilo seguía allí, tenso y paciente, pero esa mañana había algo más en el aire de las fronteras. Un olor antiguo. A tierra removida. A miedo.
Se levantó sin prisa. El cuerpo le pesaba de la noche anterior, de haber dejado que la magia se desbordara y le escribiera marcas oscuras en la piel. Las líneas negras que partían de la cicatriz de la clavícula todavía se veían, tenues pero persistentes, como raíces que se negaban a ser arrancadas. Cuando el camisón rozó aquella piel sensible, un escalofrío le recorrió la espalda entera.
Salió de la cabaña.
El viento venía del valle y traía voces.
No eran las voces habituales de la aldea. Eran gritos. Cortos. Desesperados. Y debajo de ellos, un sonido más bajo, más gutural, que Misty reconoció de inmediato. El mismo que había oído semanas atrás, la noche en que salvó al niño.
La bestia había regresado.
No pensó.
El poder se levantó dentro de ella antes de que pudiera decidir si era prudente o no. Corrió por el sendero estrecho, las botas hundidas en la nieve, el chal volando a su espalda. Cada paso hacía que el hilo se tensara más, como si Connor —lejos, en su palacio de cristal negro— hubiera sentido el cambio en su magia y estuviera prestando atención.
Cuando llegó al límite de los árboles, el valle se abrió ante ella como una herida.
La bestia era más grande esta vez. Pelaje oscuro erizado de escarcha, ojos amarillos que brillaban con hambre antigua. Tenía acorralados a tres aldeanos contra las rocas: dos hombres armados con lanzas temblorosas y la madre del niño, que apretaba al pequeño contra su pecho con una fuerza desesperada. La criatura avanzaba despacio, saboreando el miedo.
Misty no gritó.
Simplemente bajó al valle.
El primer aldeano que la vio palideció.
—¡La hechicera! —escupió, y el terror en su voz no distinguía entre la bestia y ella.
Misty no les dedicó ni una mirada.
Se detuvo a una distancia prudente de la criatura y dejó que el poder subiera. Esta vez no intentó contenerlo. Lo liberó. Las sombras del bosque respondieron de inmediato. Se alargaron, se retorcieron, se volvieron densas y vivas. El aire se espesó con el sabor metálico de la magia sucia. La nieve bajo sus pies se volvió negra en un círculo perfecto.
La bestia giró la cabeza hacia ella. Gruñó. Reconoció el olor.
Misty levantó una mano.
No hubo palabras. Solo voluntad.
Las sombras se lanzaron como látigos. Se enroscaron en las patas de la criatura, en el cuello, en el hocico. La bestia rugió y se sacudió con violencia, pero la magia de Misty era más antigua y más paciente. Cada vez que la criatura intentaba liberarse, las sombras se apretaban más, filtrándose bajo la piel, buscando el corazón oscuro que la animaba.
El niño lloraba.
La madre sollozaba.
Uno de los hombres soltó la lanza y retrocedió, más asustado de Misty que de la bestia.
Misty dio un paso más cerca.
El poder le quemaba las venas. Cada latido del segundo corazón enviaba una oleada de magia negra hacia la criatura. Y en medio de esa oleada, el hilo se tensó con una fuerza casi dolorosa. Por un instante, Misty juró sentir una presencia distante observándola. Un frío limpio y regente que contrastaba con el calor sucio de su propia magia. Como si Connor hubiera cerrado los ojos en su habitación de cristal y hubiera sentido exactamente lo que ella estaba haciendo.
La bestia cayó de rodillas.
Misty no se detuvo.
Cerró el puño y las sombras se hundieron hasta el núcleo de la criatura. Hubo un sonido húmedo, un último estertor, y el cuerpo se desplomó en la nieve manchada de negro. El silencio que siguió fue absoluto.
Misty se quedó de pie, respirando con dificultad. El poder todavía le vibraba bajo la piel, buscando otra salida. Las marcas de su clavícula ardían. Cuando bajó la mirada, vio que se habían extendido un poco más, como si la magia hubiera decidido recompensarla escribiendo su victoria en su propia carne.
Entonces oyó los pasos.
No eran los de los aldeanos.
Eran pesados. Ordenados. El sonido metálico de armaduras que no pertenecían a simples campesinos.
Levantó la cabeza.
Del camino real bajaban seis jinetes. Capas oscuras. Emblemas de hielo plateado en el pecho. Soldados de Eldoria. Y al frente, un hombre de rostro severo que la miraba como se mira a una plaga que por fin ha sido localizada.
—Por orden del Consejo y del príncipe heredero —dijo con voz clara que cortó el aire gélido—, la hechicera de las Sombras queda detenida por uso de magia prohibida en territorio real.
Misty no corrió.
Sabía que no tenía sentido.
Uno de los soldados se acercó con cadenas de hierro negro, el tipo de metal que quemaba la magia. Cuando las cerraron alrededor de sus muñecas, el poder dentro de ella se encogió con un grito silencioso. El dolor fue agudo, preciso. Misty apretó los dientes y no emitió ni un sonido.
La madre del niño la miró desde lejos. En sus ojos había gratitud… y un alivio culpable. Como si, al entregarla, el valle volviera a estar limpio.
Mientras la subían a un caballo y comenzaban el camino hacia el norte, Misty sintió el hilo tensarse una última vez. Ya no era solo un eco. Era una promesa. Cada kilómetro que la acercaba a Eldoria hacía que el tirón fuera más fuerte, más íntimo, más inevitable.
Cerró los ojos.
El viento le pegó el cabello al rostro. Las cadenas le pesaban en las muñecas. Y en algún lugar muy dentro del pecho, el segundo corazón oscuro latía con una emoción que no sabía si era miedo… o anticipación.
Porque al final del camino la esperaba él.
El hombre de cabello plateado.
El príncipe que no podía tocar sin destruir.
El único ser cuya magia había reconocido la suya desde el primer instante.
Y Misty, encadenada y condenada, no estaba segura de si iba hacia su sentencia… o hacia la única persona que alguna vez había sentido su existencia sin apartar la mirada.
