Capítulo 8 El camino que acerca el frío
Las cadenas no solo le pesaban en las muñecas.
Le pesaban en la magia.
Cada eslabón de hierro negro era una mordida precisa, una aguja clavada en el segundo corazón oscuro que ahora latía con una rabia contenida y dolorosa. Misty sentía cómo el poder se encogía, se retorcía, buscaba fisuras por donde escapar y solo encontraba el metal que lo quemaba desde dentro. El dolor no era agudo. Era constante. Como una fiebre lenta que le subía por los brazos, le atravesaba los hombros y se instalaba en la base del cuello, justo donde la cicatriz de la clavícula seguía ardiendo con un calor que no tenía nada que ver con las cadenas.
Iba montada en un caballo oscuro, las manos atadas al frente, el cuerpo sujeto por una soga adicional que le rodeaba la cintura y la unía a la silla. Los soldados rodeaban su montura en formación cerrada. Nadie hablaba. Solo el sonido de los cascos contra la nieve endurecida y el viento que soplaba desde el norte, cada vez más limpio, cada vez más gélido.
Misty no bajó la mirada.
Observaba el paisaje cambiar.
Las fronteras salvajes, con sus árboles retorcidos y su nieve manchada de negro, quedaban atrás. El terreno se volvía más ordenado. Los caminos más anchos. Aparecían torres de vigilancia de piedra pálida, centinelas que los miraban pasar con el rostro cubierto hasta los ojos. Y en cada kilómetro que avanzaban hacia Eldoria, el hilo se tensaba un poco más.
Ya no era un simple eco.
Era una presencia.
Misty cerró los ojos un instante y lo sintió con claridad dolorosa: la respiración lejana de Connor se había vuelto más cercana. Más definida. Como si la distancia física que todavía los separaba se estuviera disolviendo bajo el peso de la magia que los unía. Cada vez que él inhalaba —y ella sabía cuándo lo hacía, lo sentía en el pecho—, su propio pecho se expandía en respuesta. Cada vez que él exhalaba, ella soltaba el aire con un temblor que no lograba ocultar del todo.
Uno de los soldados giró ligeramente la cabeza hacia ella.
Misty abrió los ojos y sostuvo su mirada sin parpadear.
El hombre apartó los ojos de inmediato.
El miedo era un olor que ella conocía demasiado bien.
Hicieron un alto cuando el sol alcanzó su punto más alto detrás de la capa perpetua de nubes. Los soldados desmontaron. Le permitieron bajar del caballo solo el tiempo necesario para beber un poco de agua y estirar las piernas. Las cadenas no se las quitaron. El hierro le había dejado marcas rojizas en las muñecas, y debajo de esas marcas la magia se arremolinaba como un animal herido.
Misty se quedó de pie junto al caballo, la espalda recta, el chal todavía envuelto alrededor de los hombros a pesar del frío creciente. El viento del norte le pegaba el cabello al rostro. Olía distinto aquí. Más limpio. Más peligroso. Como si el propio aire estuviera impregnado de la magia de hielo que gobernaba estas tierras.
Cerró los ojos otra vez.
El hilo tiró.
No con suavidad.
Con insistencia.
Por un momento la visión la atravesó sin pedir permiso: una sala amplia, paredes de cristal negro que reflejaban la luz de antorchas azules, y un hombre de pie frente a un ventanal. Cabello plateado. Espalda tensa. Manos cerradas a ambos lados del cuerpo, como si estuviera conteniendo el impulso de girarse hacia el sur. Hacia ella.
Misty sintió su frustración.
La sintió como si fuera propia.
Abrió los ojos con un jadeo apenas audible.
Uno de los soldados se acercó.
—No intentes nada —dijo con voz baja—. El hierro está forjado para sofocar magia de sombras. Si fuerzas las cadenas, te quemarán hasta el hueso.
Misty lo miró.
No contestó.
Solo sostuvo su mirada el tiempo suficiente para que el hombre sintiera el peso de lo que estaba custodiando. Luego apartó los ojos y volvió a montar cuando se lo ordenaron.
El resto de la tarde se le escapó entre el balanceo del caballo y el tirón constante del hilo. La magia dentro de ella ya no intentaba expandirse con violencia. Se había vuelto más inteligente. Más paciente. Se deslizaba a lo largo de las cadenas como agua buscando una grieta, y cada vez que encontraba un punto débil, Misty sentía un destello de alivio seguido de un dolor más agudo cuando el hierro respondía.
Al anochecer llegaron a un puesto de vigilancia mayor.
La fortaleza era de piedra pálida y torres puntiagudas. Los soldados la hicieron desmontar y la condujeron a una celda estrecha en el nivel inferior. Las paredes estaban cubiertas de runas de contención. El aire olía a metal y a humedad. Cuando cerraron la puerta de hierro, el sonido resonó como una sentencia.
Misty se quedó de pie en el centro de la celda durante un largo rato.
Las cadenas seguían en sus muñecas.
El frío del norte se filtraba por las piedras y le subía por las piernas, por la columna, hasta instalársele en la nuca. Y debajo de ese frío estaba el otro: el que venía a través del hilo. El que pertenecía a Connor.
Se sentó en el catre estrecho de madera. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.
Esta vez no luchó cuando la visión llegó.
Lo vio con más claridad que nunca.
Estaba solo en una habitación iluminada solo por la luz azul de una chimenea de hielo eterno. La capa oscura había sido dejada sobre el respaldo de una silla. La camisa negra le ceñía el torso con una precisión casi cruel. El cabello plateado le caía suelto sobre los hombros. Y las manos… las manos las tenía abiertas frente a él, observándolas como si pudieran responder a una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta.
Misty sintió el momento exacto en que él percibió su presencia a través del hilo.
Connor levantó la cabeza.
Los ojos del color del hielo recién quebrado parecieron mirar directamente a través de la distancia, a través de las paredes de la fortaleza, a través de las cadenas y las runas, hasta encontrarla en aquella celda oscura.
No hubo palabras.
Solo una respiración compartida.
Larga.
Profunda.
Como si ambos hubieran estado conteniendo el aire desde el instante en que ella fue capturada y solo ahora se permitieran soltarlo.
Misty sintió el calor subirle por el cuello, por las mejillas, por el pecho. El segundo corazón oscuro latía con tanta fuerza que le dolían las costillas. Entre las piernas, el deseo que había estado conteniendo durante días se despertó con una intensidad casi vergonzosa. No era solo atracción. Era reconocimiento. Era la certeza de que el hombre del otro lado del hilo la estaba sintiendo exactamente igual de cerca, exactamente igual de imposible.
Se llevó las manos encadenadas al pecho y presionó los dedos contra el lugar donde el poder se arremolinaba.
—Estoy aquí —susurró en la oscuridad de la celda, sabiendo que él no podía oírla… y que, de alguna forma, sí lo haría—. Estoy más cerca.
Del otro lado del hilo, sintió la respuesta.
No fue una palabra.
Fue un latido.
Más lento.
Más profundo.
Como una aceptación.
Misty abrió los ojos.
La celda seguía igual de fría, igual de oscura, igual de hostil. Las cadenas seguían quemándole la magia. El camino hacia Eldoria todavía tenía jornadas por delante. Y sin embargo, por primera vez desde que los soldados la habían rodeado en el valle, no se sintió completamente atrapada.
Porque el hilo ya no tiraba solo hacia el norte.
Tiraba hacia él.
Y cada kilómetro que la acercaba a la capital no era solo el camino hacia su juicio.
Era el camino hacia el único ser en el mundo cuya magia había reconocido la suya sin apartarse con horror.
Se recostó en el catre con las cadenas sobre el vientre. Cerró los ojos. Y esta vez, cuando el frío de Connor se deslizó a través del hilo y le envolvió el pecho como una caricia imposible, no intentó rechazarlo.
Lo dejó quedarse.
Lo dejó respirar con ella.
Hasta que el sueño la reclamó y, en la oscuridad compartida, ambos permanecieron despiertos el uno dentro del otro, separados por hierro, por distancia y por una maldición que todavía no sabían que estaba a punto de quebrarse… o de consumirlos por completo.
