Capítulo 80 Lo que no se dice
Tharion
No podía dejar de observarla.
Lyra estaba sentada junto al fuego, con los brazos cruzados, la espalda recta y los ojos perdidos en las llamas.
Murmuró algo, pero no alcancé a oírlo.
Su rostro era impertérrito, tan sereno que no podía descifrar si estaba molesta por la guerra entre Alfas o simplemente… le daba igual.
No lo sabía, y eso me quemaba por dentro. Me dolía no poder leerla.
Un ardor me subió por el pecho y se instaló justo en mi garganta. Si alguno de esos malditos lograba tocarle el corazón… si uno de ellos lograba que lo mirara como antes…
No, no quería pensarlo.
Me levanté bruscamente, sintiendo una fuerza interna que me empujaba a buscar soledad. Cuando giré para marcharme, noté la mirada de ella sobre mí.
No me detuve. Le di la espalda y caminé hasta mi tienda.
—¡Traigan a Eland! —ordené en voz firme apenas entré.
Uno de mis hombres acudió al instante.
—Mi señor, ¿me llamaste?
—Quiero que averigües todo sobre esa guerra entre las manadas Silverbane y Moonfang —dije con tono contenido—. Quiero nombres, causas, movimientos. Todo.
Eland alzó una ceja, posiblemente percibiendo la tensión en mi cuerpo y tono de voz.
—¿Sucede algo, mi señor? ¿Vamos a intervenir?
Lo miró unos segundos en silencio, sin saber qué responder.
¿Intervenir? ¿Por ella? ¿Por el caos que provocaban esos dos estúpidos? No tenía la respuesta.
—Quiero los detalles antes de decidir —respondí, más seco de lo que pretendía—. Tráelos lo antes posible.
Eland asintió con una ligera reverencia y desapareció. Apenas salió, Krimson entró sin siquiera anunciarse.
—¿Y ese escape repentino de la fogata? —inquirió con sorna—. Justo cuando mencionan la guerra entre clanes y todos se tensan como cuerdas de arco.
Suspiré y me dejé caer sobre una banqueta, pasándome la mano por el rostro.
—No esperaba que esos dos idiotas fueran a causar tanto revuelo —dije al fin—. Si amenazan la paz del sur, voy a intervenir. No voy a permitir que el ego de dos Alfas arrastre a inocentes a su juego.
Krimson me miró, pero no dijo nada. Noté que titubeaba y eso me hizo fruncir el ceño.
—Dilo ya —gruñí—. Sé que estás pensando algo. Escúpelo.
Dudó un momento y después se rascó la nuca, incómodo.
—Lyra no me dio permiso para decir esto, pero…
Mi estómago dio un vuelco. Mantuve el rostro sereno, pero la tensión volvió a mi mandíbula.
—Entonces no lo digas —contesté, firme. Aunque por dentro... por dentro lo deseaba. Lo necesitaba. Una señal, cualquier cosa.
Krimson tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Lo diré igual. Si me mata, me lo gano —farfulló, tragando saliva—. No me importa.
La desesperanza, jodida y traicionera, se coló por mi pecho.
¿Iba a volver? ¿Pensaba detener la guerra? ¿Tenía aún algún sentimiento... por ellos?
Durante un instante me permití fantasear.
Quizá necesitaba mi ayuda. ¿Debía retenerla si decidía marcharse? ¿O debía apoyarla sin condiciones… aunque eso significara verla al lado de uno de esos Alfas?
Me imaginé esa escena: ella alzando la voz, pidiéndoles que pararan. Y luego… volteando hacia mí. Tal vez…
Sacudí la cabeza. No, no podía pensar en eso ahora. Y me odiaba por no tener respuestas.
Miré a Krimson y le hice un gesto con la mano.
—Habla de una vez —ordené, con voz ronca.
Estaba decidido a enterarme.
Porque el silencio de Lyra empezaba a doler más que cualquier verdad.
Lyra
Las llamas danzaban frente a mí, pero el calor que despedían no lograba alcanzar el frío que me calaba por dentro.
Tharion se levantó de pronto al escuchar la noticia sobre la guerra entre Moonfang y Silverbane. Su rostro no mostró nada, pero lo sentí... algo lo había afectado y sin decir palabra, se marchó.
Lo seguí con la mirada hasta que su silueta desapareció entre las sombras. Sentí una punzada en el pecho que no supe interpretar.
A mi alrededor, la fogata seguía siendo el centro de atención. Conversaciones en voz baja, susurros, miradas. Algunas de admiración, sí, otras... de temor.
Esa clase de miedo que nace de no entender lo que tienes enfrente. No sabían qué podía hacer, ni cómo funcionaba mi poder. Y eso los inquietaba.
Lo entendía. El miedo a lo desconocido es natural. Pero eso no lo hacía menos incómodo… ni menos molesto.
Algunos me observaban como si fuera una chispa a punto de detonar el apocalipsis. Murmuraban a mis espaldas, pero yo los escuchaba.
Krimson me miraba con comprensión por lo que acababa de pasar. Me conocía demasiado bien.
—¿Te molesta que se haya ido así? —me preguntó en voz baja, con la mirada fija en las brasas.
No le respondí de inmediato. Crucé los brazos sobre el pecho, incómoda.
—No sé. Me desconcierta —admití con un hilo de voz—. No dijo nada. Solo… se fue.
Krimson soltó un suspiro.
—Él se preocupa por ti, Lyra. Lo noté desde que llegamos a Silverbane.
Me contuve de rodar los ojos y suspiré.
—Tharion se ha comportado como un hermano mayor protector —tragué saliva—. Igual que tú.
Él me miró de reojo y sonrió apenas, como si supiera algo que yo no.
—Yo sí me comporto como un hermano, Lyra. Lo mío es cariño fraternal —suspiró—. Pero lo de él... va más allá. No lo ves porque no quieres verlo.
Apreté los labios. No quería hablar de eso. No ahora.
—No puedo quedarme aquí —dije de golpe—. Esta manada podría salir afectada por mi culpa. No quiero que nadie más sufra por estar cerca de mí.
—No digas eso...
—Es la verdad. Desde que salí de Silverbane, he estado huyendo, esquivando enemigos, arrastrando este poder que no entiendo y que otros quieren destruir.
—Lyra…
—Estoy... agotada, Krimson. No puedo seguir así —mi voz se quebró—. No quiero vivir bajo más amenazas. Ni volver a ser parte del juego de nadie.
Se quedó callado. Sabía lo que vendría después.
—Estoy considerando marcharme a una tierra neutral. Un lugar donde nadie me conozca.
Lo vi tensarse.
—No puedes hacer eso —dijo.
—¿Vas a retenerme como hizo Mikail? —pregunté en voz baja, con la mirada fija en mis manos.
El poder hormigueaba bajo mi piel.
—¡Por supuesto que no! —exclamó, visiblemente alterado—. Solo... hay demasiados enemigos. Estás embarazada. No puedes irte sola, Lyra.
—Soy fuerte —murmuré—. No necesito protección.
—Hablas como si incomodaras —tomó mi mano—. Te juro que no eres una carga.
No lo escuché… o no quise escucharlo. Mi cabeza palpitaba y el mareo comenzaba a golpearme con fuerza.
—Voy a recostarme un momento —le dije, poniéndome de pie con esfuerzo.
—¿Quieres que llame a un médico? ¿O que alguna criada te acompañe?
Negué con la cabeza.
—No. Solo necesito silencio.
Krimson me miró fijamente, pero al final asintió. Me alejé sin mirar atrás, buscando un rincón donde pudiera respirar y pensar.
¿Por qué el Rey Lycan querría meterse en tantos problemas por mi causa?
Si sentía algo más, no sabía si podría lidiar con eso, no estaba lista para una cosa así, apenas había sido rota recientemente.
Sabía que era una locura ir a una tierra neutral donde nadie me conocía, un sitio donde podía haber peligro, pero mi corazón sentía que no podía aguantar que la historia trágica de mi vida se repitiera nuevamente.
