Capítulo 1 El genio de los deseos

El aire estaba cargado de humo cigarrillos, que se mezclaba con el agrio aroma de la cerveza. Suspiré profundo, intentando no pensar en mi realidad, mi vida había cambiado en un corto tiempo. Los lugares lujosos y elegantes donde solía presentarme habían quedado en el olvido, aunque si cerraba los ojos aún podía verme allí.

Con cuidado pasé la punta del arco por las cuerdas de mi violín, sintiendo la vibración bajo la punta de los dedos, era lo único que pude conservar de mi vida anterior. Meses atras mi mundo era totalmente diferentes, era la primogénita de un empresario textil, siempre tuve los mejores tutores, pero cuando mi padre falleció en un accidente vehicular todo cambió, mi tío y mi madrastra, Emily se adueñaron de todo e incluso pensaron apropiarse de mí para fines nada dignos, por eso tuve que huir, para conservar lo único que me quedaba mi honor, juntos con el de mi hermana menor, Bel, sin embargo una joven de dieciocho años no podía hacer mucho en el mundo real sin dinero.

Lo que me llevo hasta este lugar, amenizando la noche para los borrachos y hombres de negocios que deseaban satisfacer sus bajas pasiones. Me obligué a ignorar el dolor punzante en mi muñeca derecha, el recordatorio cruel de la caída que había sufrido la mañana anterior al intentar tomar el transporte público.

La tenue luz de color amarillo alumbraba vagamente el pequeño escenario, haciéndome sentir como una luciérnaga atrapada dentro de frasco de cristal. Respiré hondo y llevé el violín a su lugar. Comencé a tocar sin mirar a nadie en particular.

Era una melodía llena de melancolía, la aprendí de un viejo violinista callejero, durante mis días como estudiante. La melodía era rápida, llena de pathos y de una rabia contenida que se sentía extrañamente liberadora. Las notas volaban, completamente distintas a la técnica controlada de mi estricta formación clásica. Era música para llorar y para olvidar.

Al finalizar me percate de un sutil cambio en el ambiente; había una quietud perturbadora, no tarde en notar la presencia de un grupo de hombres vestidos de traje, sin lugar a dudas no eran clientes habituales. Sentí una pizca de miedo, pero no podía dejar de tocar, ese era mi trabajo y representaba el único ingreso monetario para mí y para Bel.

Al fondo del lugar lo ví, estaba él; apuesto, fornido, pero no aplaudía, ni conversaba con ninguna mujer, sólo me miraba con una fuerza intensa y desgarradora, que me asustó.

Su rostro era cincelado, pero no apuesto, sino más bien peligroso, todo en el decía peligro. El tipo de hombre acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él; el azul de sus ojos, era imposible de descifrar, pero la intensidad de su mirada era un peso demasiado fuerte para mantener la mirada más de un segundo, su mirada se volvió más abrumadora que el mismo humo del cigarrillo que nos rodeaba.

Cuando la pieza terminó, el silencio fué sustituido por el frenético latido de mi corazón desbocado; para recobrar la compostura hice una pequeña breve. Recogí los billetes que había dejado el camarero en mi estuche abierto; mientras me apresuraba a guardar el violín. Una figura ancha de sexo masculino se acercó a mí.

—El jefe quiere verte—dijo el hombre, con una voz profunda. No fue una pregunta, lo supe de inmediato. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.

—Lo siento, tengo que irme—intenté evadirlo, cerrando el estuche con un chasquido seco.

El hombre bloqueó el camino de inmediato, su traje oscuro olía a cuero, perfume caro y tabaco.

—No es una pregunta, señorita. El jefe lo ha ordenado—señaló hacia la mesa del fondo. —Ahora—ordenó con impaciencia

Tragué saliva, presa de los nervios; no tenía elección, lo sabía. Con un nudo en la garganta me dirigí hasta ese extraño hombre; en cuanto estuvimos frente a frente lo supe, ese hombre estaba viéndome como si fuera algo que deseaba devorar.

—Siéntate, maestra—su voz era suave, pero áspera al mismo tiempo—Yo soy Vladimir Volkov—se presentó con naturalidad.

—Mi nombre es Bianca Vásquez—respondí secamente.

Vladimir sonrió, era sonrisa de un depredador uno que había escogido su nueva presa.

—Bianca Vázquez, esa melodía, tuya es como una droga y yo amo las drogas—confesó mirando mi muñeca lastimada. —Te mereces algo mejor que este basurero. Se reclinó acortando la distancia entre nuestros cuerpos, su expresión era impenetrable. —Te haré una oferta. Una que no podras rechazar.

Miré a su alrededor y me di cuenta de algo que no había notado antes, esos hombres allí reunidos eran los guardaespaldas del tal Vladimir. Aunque aún no podía imaginar que mi vida había cambiado definitivamente con ese encuentro.

Vladimir Volkov encendió un habano con un encendedor plateado que tenía sus iniciales grabadas, la luz brillo brevemente en la penumbra. El humo se elevó, creando una niebla sutil entre ellos.

—Toda tú eres un instrumento, escucharte tocar es exitante, hay una furia ahí, un dolor oculto que no se aprende hasta sentirlo en carne propia.

Me estremecí de miedo y él lo notó.

—Usted no sabe nada de mí, traté de alejarme. Fue solo una melodía, tocó cualquier cosa por dinero.

Vladimir sonrió, un movimiento sutil y sin calor. —Entonces me tocaras a mí, si te doy dinero.

Sacó unos fajos de billetes de cien euros del bolsillo interior de su saco y los deslizó sobre la mesa. No los contó; el gesto era una declaración de poder.

—Este es el pago por una noche—empujó el dinero hacia ella, —pero tranquila no te veo como una de las zorras de este lugar, mi oferta no es para follarte; la oferta es esta, yo cumpliré tus sueños.

No miró el dinero, lo miré a él, intentando encontrar la trampa en su oferta.

—¿Por qué usted haría eso? ¿Qué desea a cambio?

Vladimir tomó un sorbo de un vaso que contenía un licor oscuro.

—Una transacción simple; necesitas tres cosas: dinero, contactos y un lugar donde tocar sin que el mundo te juzgue.—Hizo una pausa para darle peso a sus palabras.

Mi corazón de latía ferozmente contra mi pecho, pero por un instante la esperanza, aleteó con fuerza.

—Te ofresco unescenario—le dió un largo trago a su bebida—tocarás, pero ero no para el público; no lo harás en auditorios grandes llenos de viejas adineradas que no entienden nada de música—sonrió con malicia—. Tocarás para mí y mis invitados.

La sonrisa del hombre se ensanchó, y la palabra "invitados" resonó con una promesa de algo exclusivo, peligroso y sumamente íntimo.

—Tenemos reuniones, eventos, cenas privadas y necesito música para amenizar; música que tenga alma. No como la basura predecible que contratan los demás. Yo quiero tu droga, Elisa. Quiero que tu violín sea la banda sonora de mi vida. Serás mi artista exclusiva.

—Mi nombre es Bianca—lo corrigi con molestia, sintiendo náuseas al comprender el precio que pagaría. No sería una artista, sino una posesión lujosa.

—Desde ahora serás Elisa, mi Elisa.

—Quiere que sea su… ¿propiedad?—me atreví a decir con voz temblorosa, perdiendo toda esperanza.

—En lo personal prefiero el término musa, pero, en cierto modo tienes razón—concedió Vladimir, sin el menor remordimiento. --Tu tiempo y arte serán míos. A cambio, nunca más tendrás que preocuparte por dinero, ni por la seguridad, y menos por tu futuro.

—¿Y si, me niego?—me atreví a preguntar mi voz era apenas un susurro.

Él apagó su habano con calma, sin inmutarse; los hombres a su alrededor se pusieron tensos.

—Si me rechazas—replicó él, apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose cerca,—te irás por esa puerta con tus propinas. Te olvidarás de mí, pero yo no me olvidaré de ti—sonrió ampliamente—. Te he escuchado y reclamado para mí; por eso si te atreves a escuchar mi oferta y rechazarla haré tu vida tan miserable que me ofreceras follarte a cambio de un par de monedas.

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