Capítulo 2 Nuestro trato
Un silencio absoluto invadió el lugar.
Vladimir extendió la mano hacia mí. No para tocarme, sino para mostrar la amplitud de su poder.
—Acepta, Bianca, conviértete en Elisa—sonrió como un depredador—. Recuperarás tu música y la usarás para vivir una vida que solo yo puedo darte; la sinfonía de tu amor no la tocarás para el mundo, sino para mí, tu amo y señor.
Miré el dinero, el violín en mi estuche, y luego los ojos azules implacables. Sentí un miedo real; sabía que era una trampa y estaba apunto de ceder, ya no tenía nada que perder.
—Acepto—, la decisión era amarga en mi boca.—Cuándo empiezo
El hombre sonrió de verdad esta vez fué una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, pero que era una promesa de lo que estaba por venir.
—Ahora mismo, musa—añadió levantándose de la mesa.
Vladimir entendió mi aceptación como un sonido de rendición, no lo acepté por decisión propia; sino porque era mi única opción. No hubo apretón de manos entre nosotros, ni papeles que firmar porque la palabra de Vladimir Volkov, era el único contrato que necesitabamos.
Él no perdió el tiempo; se acercó a mí, su gran figura proyectando una sombra imponente—encárgate—le dijo al hombre que había llevado hasta él.
El hombre ancho y silencioso que me había bloqueado el paso,asintió y se acercó a mi. Cuando me levanté, sentía que mis piernas temblaban.
—El estuche—dijo, señalando mi violín, con la reverencia de quien manipula algo valioso, yo se m lo dió, aunque el hombre claramente valoraba el objeto por la persona que lo tocaba, no por la madera en sí misma.
Me quedé un momento mirando la mesa. Vladimir ya se había alejado, deslizando la mano dentro de su bolsillo y susurrándole una orden a su subordinado que no pude escuchar. Era como si la negociación no hubiera sido más importante que ordenar una bebida en la barra.
Recogí los billetes sobre la mesa, sintiendo el calor del papel en mi palma; era una cantidad obscena para una noche de trabajo. Los metí en el bolsillo de mi chaqueta gastada; sabía que no eran un pago, sino una mordaza, una muestra de su poder sobre mí.
Salí del lugar sintiéndome extrañamente ligera; el barman me hizo un gesto de despedida, un saludo indiferente que marcaba el final de mi paso por ese club nocturno. No me despedí; no había nada que extrañar, solo un sueño destrozado que ese lugar había ayudado a enterrar.
La brisa nocturna me golpeó el rostro, habia un sedán negro esperándome, largo y lustroso, que parecía absorber la poca luz de la calle; era un vehículo que pertenecía a un mundo completamente diferente.
Un hombre me abrió la puerta trasera usando un gesto de cortesía robótica; antes de subir, miré atrás, a la fachada con luces de neón; en menos de media hora, mi vida había pasado de la desesperación silenciosa a una peligrosa familiaridad. Me obligué a entrar sin más.
El interior del coche era un santuario de lujo, cuero negro suave y un tenue aroma a nuevo; aspiré profundo recordando mi antigua vida. El violín fue colocado con cuidado en el asiento de al lado.
—¿A dónde vamos?—pregunté; sintiéndome extrañamente expuesta en el vasto espacio del asiento trasero.
El conductor era un hombre mayor, el otro se había instalado en el asiento del pasajero, para darle las indicaciones; giró ligeramente la cabeza. —A su nuevo apartamento, señorita—el hombre lo dijo con voz amable—. Está cerca de la ciudad; El jefe cree que necesitará algo acordé para que se sienta cómoda.
—No puedo mudarme, mi hermana... ella está en casa—me dolió pronunciar la última palabra.
—No se preocupe, señorita, mi compañero ya fué por su hermana—me miró a través del espejo retrovisor—, ella está llegando a casa.
El viaje fue ameno; el vehículo se deslizaba por las avenida, la ciudad se transformaba mientras daban paso al amanecer; las luces de neón se rindieron a la elegancia sobria de mansiones con altos muros y jardines discretos.
El sedán se detuvo finalmente frente a un moderno edificio de cristal y acero. Había seguridad, discreta pero palpable; un hombre con auriculares les abrió la puerta.
El apartamento era un sueño; o más bien, la decoración de un sueño ajeno, que ahora me parecía incómodo.
Al entrar me encontré en un espacio vasto y luminoso; una pared entera era de cristal, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad.
El piso era de mármol pulido y los muebles minimalistas; la decoración era de colores neutros, blanco, gris, crema. Sin duda no era mi estilo, pero era funcional; no había desorden, ni alma, ni un solo indicio de la personalidad de alguien que realmente viviera allí. Era una vitrina de lujo, un exhibidor caro.
Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme de ama de llaves, se me acercó con una sonrisa formal.
--Bienvenida, señorita Vásquez. Soy Elena, mi trabajo es asegurar que sus necesidades estén cubiertas—sonrió amablemente. —Su habitación y su vestidor están preparados y su hermanita ya va rumbo al colegio; la nevera está llena , le preparé desayuno, aún está caliente, por si desea probarlo. El jefe ha solicitado que le muestre el estudio.
Seguí a Elena a través del salón, sin dejar de mirar a mi alrededor
El estudio estaba al final del pasillo; era una habitación diseñada específicamente para mí; el aislamiento acústico era profesional y en el centro, sobre una alfombra persa gruesa, había un atril de caoba y un taburete de terciopelo.
Pero lo que me dejó sin aliento fue lo que había a un lado; un mueble climatizado contenía varios instrumentos de cuerda, y en el centro, suspendido sobre seda, estaba mi verdadera némesis y mi mayor amor.
—Es el violín del jefe, señorita—respondió notando mi fascinación—; lo dejó aquí para que se vaya acostumbrando al tono que tendrá después de la práctica profesional.
El violín parecía irradiar un brillo cálido, una antigüedad perfecta, cuyo valor debía ser astronómico.
Me acerque con cautela,; era un instrumento de una calidad sublime, cuyo olor a resina añeja y madera fina me era familiar y reconfortante; mi mano vendada se sintió de repente pesada, inútil. Elena interrumpió mi contemplación.
—El maestro Fletcher la recibirá a las 10:00 de la mañana.
—Hoy mismo comenzará la práctica;—tan rápido—solté sorprendida.
—El jefe no pierde el tiempo, señorita Vásquez—me sonrió—. Y por la noche…
—¿Sí?—, pregunté esforzándose por escuchar.
—Por la noche, se espera que usted toque—su tono bajó una octava—. Es una cena íntima será en la residencia privada del señor Volkov; le dejaré un teléfono celular—colocó el objeto sobre una mesita—. Es un número privado, solo usted y el jefe lo tienen. No debe usarse para nada más; un vehículo la recogerá a las 07:00 pm.
Me quedé sola en el estudio, el silencio del apartamento roto solo por el distante murmullo de la ciudad que apenas despertaba. Mi antiguo violín estaba sobre la mesa, golpeado por años de uso; miré el Stradivarius de préstamo, brillante y siniestro. Había vendido mi alma por la promesa de volver a mi antigua vida.
Mire mi muñeca herida, sabiendo que pronto comenzaría la tortura con las prácticas y por la noche, la servidumbre de lujo.
