Capítulo 4 Una nueva vida

Las semanas siguieron avanzando en un ritmo similar; era una rutina monótona, llena de una disciplina férrea, diseñada por Vladimir Volkov quién no dejaba lugar a la espontaneidad. Descubrí rápidamente que el verdadero costo de mi deseo no era solo mi arte, sino mi voluntad y tiempo.

La primera parte de la promesa de Vladimir se cumplió con eficacia. A la mañana siguiente de la cena, el renombrado maestro Fletcher, un músico internacional, nacido en Zúrich con manos de seda y fama mundial, me recibió en su mansión de lugo.

El estaba dispuesto a ayudarme, para corregir los sutiles defectos en mi modo de tocar, las clases fueron programadas y ejecutada con perfección extrema. El proceso de recuperación se convirtió en el eje de la vida de Elisa, porque sí, para todos era Elisa.

En las mañanas entrenaba dos horas, con una concentración casi religiosa, como si manipulara un mecanismo de relojería; en las tardes mi estudio era de teórico.

Luego tuve que pasar largas horas en el estudio insonorizado; al principio, tocando solo ejercicios sencillos con mi violín, después, con el instrumento Stradivarius que Vladimir me había prestado explorando su resonancia, acostumbrándome a su temperamento.

Tres veces por semana, un chófer me recogía para ir a tocar en la mansión de Vladimir. El apartamento se convirtió en un lugar pulcro como si fuera un hospital; era perfecto, pero vacío; la nevera siempre estaba llena, la ropa limpia y doblada, y el ama de llaves aparecía y desaparecía como un robot eficiente, asegurándose de que yo no tuviera necesidad de replicar.

El aislamiento era absoluto; no tenía la llave de la puerta principal y mi único contacto con el mundo exterior era a través del ventanal con vistas a un bonito lago, o el teléfono móvil privado; que no recibía llamadas y no podía hacerlas, a menos de que estás fueran de Vladimir.

Intente buscar mi nombre en el motor de búsqueda de la la tablet que Vladimir había dejado para mí días atrás como presente; tecleé: "Bianca Vásquez violinista". La historia se había desvanecido junto con ella. Me dio cuenta de que no tenía amigos, ni familia afuera.

Había sacrificado todas mis relaciones sociales por ascender en mi carrera, y ahora, sin carrera, no tenía nada. El aislamiento era una técnica de control tan efectiva como los barrotes de una prisión; al no tener a nadie a quien contactar o que me echara de menos; mi dependencia de Vladimir se incrementaba, mi hermana estaba lejos y tampoco podía llamarla, aunque Vladimir me prometió que la vería en vacaciones.

Él me visitaba una o dos veces por semana, nunca avisaba; podía aparecer en el estudio sin previo aviso mientras ella ensayaba, se sentaba en un rincón oscuro y simplemente la observaba fijamente.

Nunca me tocaba ni me hablaba durante la práctica, pero su presencia era una presión constante. Me esforzaba más, buscando la perfección para satisfacer esa mirada azúl y evaluadora.

—Más fuerte, musa—me ordenó un día, notando una vacilación en un pasaje de Tzigane. —No quiero un lamento desganado; quiero sentir tu dolor.

Vladimir sabía de mi progreso con el maestro Fletcher antes de que yo lo supiera; sabía si había comido lo suficiente o si había dormido mal, gracias a los informes discretos de Elena. Un día, después de un ensayo particularmente frustrante, había tirado mi violín de estudio, el personal. El Stradivarius, se encontraba sobre el sofá. Al día siguiente ví una nota en ese lugar.

El temperamento es bueno, pero la paciencia es una gran virtud. Y el violín de estudio no tiene la culpa de tus errores.

Él no estaba en la habitación, pero lo veía todo.

Las noches de concierto en la residencia privada eran la clave de su acuerdo y el foco de la obsesión de Vladimir hacia mí; no eran grandes fiestas, sino cenas privadas, reuniones de negocios o, más a menudo, solo él y su botella de whisky, mientras me recorría con la mirada.

Durante una de esas noches, dejé de ser una músico de fondo; pasé a ser la atracción central; me hacía tocar, durante horas, pidiéndome piezas específicas, o simplemente me miraba en silencio, mientras fumaba su habano favorito; estudiando cada matiz de mis expresiónes.

Una noche, cuando toqué una sonata de Beethoven llena de una desesperación melancólica, Vladimir me detuvo a mitad del movimiento.

—No toques eso—me ordenó con calma.

—¿Por qué?—pregunté sorprendida.

—No quiero tristeza en mi casa, Elisa—respondió él, acercándose demasiado. --Quiero pasión o furia, quizás un poco de dolor—estaba tan cerca de mí que podía sentir su respiración. —No quiero tu rendición, quiero tu lucha, quiero que luches por mí, a través de tu música. La tristeza es aburrida, y tú no eres aburrida—me acarició el mentón y luego la mejilla.

Se colocó detrás de mi, su aliento cálido rozándome la oreja. No me tocó, pero su cercanía era sofocante, electrizante.

—Estás curada, mi musa—susurró contra mi oído. —Pronto estarás en la cima. Y solo habrá un hombre en el mundo que sabrá lo perfecta que eres.

Cerré los ojos, sintiendo el violín temblar ligeramente. Mi cuerpo estaba en la jaula, pero mi alma todavía se debatía; la música era el único escape que tenía, pero incluso ese escape era ahora propiedad de Vladimir.

Me di cuenta de que lo que él quería no era solo la música perfecta; quería a la mujer cuya alma rota solo él podía escuchar, y cuya perfección él había orquestado. Ella era su sinfonía personal, y él sería su director.

Habían pasado dos meses desde que lo conocí. En ese tiempo mi precisión había regresado, e incluso la resistencia al dolor crónico se había disipado gracias a los cuidados orquestados por Vladimir; irónicamente, en la jaula de oro, había alcanzado la cima de mi técnica. Sin embargo el desafío surgió durante una noche de concierto en la residencia.

Esa noche en particular era algo inusual. Vladimir no estaba solo ni con socios de negocios; había organizado una cena para un puñado de oligarcas de Europa del Este, hombres de negocios toscos y sus esposas perfectas, cuyas risas resonaban con un matiz estridente. Eran el tipo de personas que consideraban el arte como una decoración cara y la música como una señal de su estatus.

Me puse un vestido rojo corte sirena, otro regalo de Vladimir, así que me sentía como en un uniforme, me instalé en mi rincón habitual. Esa noche me había pedido que tocara algo grandioso; algo que ellos reconocieran y le diera prestigio; específicamente, me había solicitado el concierto para violín de Tchaikovsky en Re mayor, el tercer movimiento. Era una pieza de virtuosismo espectacular, llena de fuegos artificiales técnicos que ya lograba dominar.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo