Capítulo 5 Desacato

Comencé a tocar; las notas saltaron del Stradivarius, brillantes y veloces; mientras ejecutaba el pasaje, sentí la vieja emoción, el fuego que me había impulsado en mi adolescencia, pero al mirar las caras en la mesa, ví lo que temía, una indiferencia educada; los hombres hablaban por encima de la música, discutiendo cifras; las mujeres reían. Mi arte era un fondo de pantalla sonoro.

A mitad del movimiento, llegó el punto de inflexión. Estaba en el pasaje más exigente; donde la música se ascendía en una carrera gloriosa. En ese instante, uno de los oligarcas alzó la voz.

--¡Vladimir! ¿Cuántas veces debo decirte que el precio del puerto es ridículo?—el ruido de una copa al ser puesta con fuerza sobre la mesa cortó la melodía. —¡Baja la música! ¡No podemos oírnos pensar!

El hombre se dirigió a mí con un gesto desdeñoso, como si estuviera hablando con un camarero.

—¡Oye, mocosa! ¿Puedes tocar esa parte más bajo? Es bastante ruidosa.

La furia helada que se había estado gestando dentro de mí desde el día que acepté la oferta explotó. Había permitido que me trataran como una simple propiedad de Vladimir, pero no iba a tolerar que trataran mi arte como una molestia sonora.

Dejé de tocar; el silencio que siguió fue absoluto, pesado y más ruidoso que cualquier música. Todos en el salón me miraron; el oligarca, se quedó con la boca abierta, se sintió de repente expuesto.

—¿Qué estás haciendo, niña?—preguntó el hombre, con el rostro enrojecido de vergüenza.

Levanté el violín; todavía apretado contra mi hombro. Miré directamente al hombre, pero mi voz se dirigió a Vladimir Volkov, que me observaba desde la cabecera con una expresión fría.

—No me pagan para tocar más bajo—dije, mi voz resonando con una claridad cortante.—Me han contratado para tocar está música. —Lo miré fijamente—. La música, señor Volkov, se toca para ser escuchada. Si sus invitados no saben apreciarle quizás no aprecian nada culto y refinado.

El silencio se profundizó. Un guardia, de pie junto a la pared, se tensó visiblemente; nadie le hablaba así a un invitado de Vladimir y mucho menos al mismísimo Vladimir Volkov. Mi benefactor no se movió; me miró y descubrí una chispa de algo nuevo, algo que se parecía peligrosamente a la fascinación, brillando en sus ojos. Parecía una serpiente que mira un ratón particularmente insolente.

—Mi querida, Elisa—dijo Vladimir, su voz baja y cautelosa, —termina la pieza. —me sonrió de manera siniestra—. Ahora—ordenó. Mi desafío, sin embargo, no había terminado.

—No lo haré—repliqué con la respiración entrecortada por la adrenalina. —No voy a tocar una obra maestra para que sea ignorada. Señor Volkov, usted me pidió furia, hace unas semanas, pues acá la tiene.

Hice una pausa, me llevé el arco a las cuerdas y comencé a tocar una pieza completamente diferente. No era música clásica, sino una danza húngara rápida y salvaje; una pieza que no requería técnica de élite, sino un corazón crudo.

Toqué con rabia y abandono, deslizando el arco tan fuerte que las notas eran una explosión de sonido; la música era áspera, desafiante y deliberadamente molesta para la cena. No era una melodía que pudiera ser ignorada; era una declaración de guerra.

El oligarca se quejó y se levantó, pero Vladimir alzó la mano sin quitar los ojos de mí. Era una orden de su superior; todos se quedaron quietos, paralizados por la tensión que se había apoderado de la sala. Cuando terminé con una nota final desgarradora, el silencio volvió. No hubo aplausos; solo el sonido de las respiraciones.

—Eso quería, mi dulce musa—pensó Vladimir.

Vladimir se puso de pie, su expresión finalmente se rompió para revelar una lenta, pero fría sonrisa. Caminó hacia mí; sus pasos resonando sobre el mármol pulido cuidadosamente.

—Retírense—ordenó a sus invitados. —El show ha terminado.

Los oligarcas confundidos se dispersaron obedientemente; cuando la puerta del comedor se cerró, solo quedamos Vladimir, el guardaespaldas y yo.

Vladimir se paró frente a mí.

—Esa fue una jugada estúpida, mi musa,—susurró. —Pudiste haber provocado una confrontación innecesaria—añadió y yo apreté el violín contra mi cuerpo.

—Podrías haberme defendido. Soy tu artista, tu posesión—intenté contener las lágrimas—. No permitiré que traten mi arte como simple ruido.

Vladimir se rió entre dientes, un sonido seco y peligroso. No sonaba enojado, sino emocionado; tomó suavemente el violín de mis manos y lo colocó con extrema delicadeza en el estuche. Su mirada se fijó en mi cabellera; con un fuego que no había visto antes.

—Tienes fuego, Bianca. Me gusta. Creí que lo habías perdido, pero veo que solo lo tenías guardado—dijo, inclinándose para besarme en los labios.—No vuelvas a avergonzar a mis invitados; no me desafies en público. Él puso un dedo debajo de mi barbilla, levantando mi rostro para obligarme a mantener el contacto visual.

—Por tu insolencia, hay un castigo. Y por tu música, hay una recompensa—su voz se hizo más profunda y oscura.—Esta noche, no volverás a tu apartamento. Te quedarás aquí. En la casa de tu amo y tocarás hasta que yo me canse de tí.

Sentí un escalofrío; sabía que la recompensa no era la música. Mi primer acto de rebeldía solo había intensificado la obsesión de Vladimir, haciendo que cruzara los límites y apretara aún más las cadenas de mi jaula de oro.

Me quedé inmóvil; la orden de Vladimir de quedarse no había sido una invitación, sino una sentencia. Sentí el peso de la mirada del guardaespaldas, que permanecía estoico junto a la pared, su presencia era un recordatorio de que no había forma de escapar.

—Vete—ordenó Vladimir al hombre, sin quitar los ojos de mí. El guardaespaldas asintió y se retiró.

Vladimir y yo nos quedamos solos, bajo las luces tenues. La tensión era palpable, una cuerda tensa a punto de romperse.

—Sígueme—dijo, sin esperar respuesta. Se dirigió hacia una escalera de caracol de mármol que conducía al piso superior, la zona privada de la residencia.

Lo seguí, sintiendo un nudo de pánico en el estómago. La escalera ascendía a un silencio aún más profundo; el aire olía a un perfume masculino sutil, a cuero fino y a la limpieza estéril de la riqueza absoluta. Me guío por un pasillo largo, con paredes de seda gris y obras de arte oscuras y abstractas. Se detuvo ante una puerta de doble hoja, tallada.

—Esta será tu suite—anunció Vladimir, abriendo la puerta.

Entré en una recamara que era más grande que mi apartamento en el centro de la ciudad. Era una explosión de lujo, una cama king size central con sábanas de lino blanco inmaculado, un área de estar con chimenea y un ventanal de pared a pared con una vista deslumbrante de los jardines iluminados.

Pero lo que atrajo mi mirada fue un atril de música de pie en una esquina; sobre la mesita de noche había una partitura recién impresa.

—¿Mi suite?—le pregunté; mi voz era apenas un susurro.

—Por el momento—corrigió Vladimir, acercándose; su tono era tranquilo, lo que lo hacía más amenazante.

—El castigo por tu insolencia es la cercanía.—Con una mano en la cintura, me atrajo hacia su cuerpo—. No quiero que te vayas y algún día no regreses—depósito un besó en mi clavícula—; quiero que estés disponible—le sostuvo las mejillas con el dedo pulgar e índice—; para siempre. Aquí tienes tu propio baño, tu propio vestidor. —señaló el cada lugar —Nunca dejarás de practicar, Elisa. Ni siquiera aquí—sus labios estaban a punto de rosar los míos—. Se detuvo, la cercanía era una invasión a mi espacio personal. —Ahora, la recompensa.

Vladimir no se refería a las sábanas de seda o la vista; se acercó a una mesa de bebidas y sirvió dos vasos de un licor ambarino. Me ofreció uno; no lo tomé.

—Esta noche—continuó Vladimir, bajando la voz hasta un tono íntimo y opresivo, —vas a tocar para mí de verdad. Sin invitados, ni interrupciones. Solo para el hombre que invirtió en ti.

Hizo un gesto hacia un chelo que estaba en la esquina de la sala. Nunca lo había visto antes.

—Mi padre me enseñó a tocar cuando era niño. Una obligación, no un placer; no soy bueno—confesó, con una media sonrisa, —pero entiendo de música. Sé cómo debe sonar el dolor;—ahora es tuyo, puedes hacer con el lo que quieras.

Vladimir tomó asiento en el área de estar, reclinándose con la comodidad de quien está en su propio trono.

Me sentí atrapada. Era una prisionera en una obra de teatro absurda y decadente; saqué el violín del estuche y tomé el arco, sintiendo el miedo mezclado con una extraña excitación nerviosa ante la inminente prueba de voluntades.

Vladimir me pidió una pieza lenta, una de las partituras olvidadas de Shostakovich, llena de melancolía y tensión soviética. Una música que encajaba perfectamente con la atmósfera de nuestra relación. Me obligué a tocar con la misma furia interna que había sentido antes; no tocaría dulcemente; lo haría con la aspereza que la música merecía, una música sobre la opresión y la resistencia. Mientras tocaba, Vladimir cerró los ojos y bebió su licor.

Lo observé con calma; sus rasgos duros, la soltura de su cuerpo. Su atención era una manta pesada; no era un interés casual sino una obsesión estudiada; cuando terminé la pieza, el silencio era tan completo que pude escuchar mi propia respiración.

Vladimir abrió los ojos. Había una intensidad febril en ellos.

—Elisa—dijo, usó ese nombre que tanto se empeñaba en darme. Sonó como un reclamo, como un gemido.— Eres un tormento exquisito. Tu música me dice que me odias, pero tu técnica me dice que me deseas con desesperación. Y juro por Dios que muero por follarte aquí mismo, entre instrumentos y partituras hasta oírte gemir la melodía de tu amor.

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