Capítulo 6 Fuego
Se puso de pie y caminó hacia mí, sus pasos lentos y mesurados. Sentí el impulso de retroceder, pero me obligué a quedarme inmóvil, desafiante.
—El trato fue simple; tu arte por mi protección. Pero me has dado más. Me has dado el fuego,—susurró, inclinándose peligrosamente cerca, sus ojos clavados en los míos. —Esa noche en el bar, no solo me enamoré de tu música, me obsesioné con la furia en tu alma. Y hoy, esa furia fue mi postre. Tenía ganas de follarte allí delante de todos, que supieran que eras mía en todos los sentidos, que te estremecí eras de placer y gimieras mi nombre en medio del orgasmo.
Vladimir me tomó por la cintura con ambas manos; pegándome tanto a su cuerpo que se me escapó un grito al sentir su miembro endurecido. No hubo violencia en ningún momento; el control que tenía hacía mí no era físico; era psicológico. Él era el director, y yo la solista; forzada a mostrarle las profundidades de su desesperación.
Me besó con descaro y sin mediar palabras caímos sobre la cama. Besó mi cuello y clavícula con delicadeza; sin pensarlo lo sostuve por el cabello y el besó el profundo escote de mi vestido.
—Moriría por probarlos—susurró contra mí oído y con cuidado me soltó el lazo del cuello, que mantenía protegidos mis senos.—Mierda, eres perfecta—su boca succionó mi pezon con avidez mientras ella se retorcía de placer.—Quiero que me toques, necesito sentirte.
Lo besé, el en cambio me devoró, me estrujaba con furia contra su pecho que mis senos dolían, el recorría mi cabellera rojiza con sus dedos, antes de pedirme que le hiciera una felacion.
—Puedes follarme como castigo, pero yo no voy a cooperar de esa forma.—Toma mi cuerpo, conviérteme en tu zorra personal, follame delante del personal de servicio si lo deseas, pero yo no te follare a tí.
Mis palabras Bianca hicieron que todo el fuego que había en su mirada se extinguiera, Vladimir me miró de arriba abajo, mis senos húmedos y enrojecidos al igual que mis labios y mejillas.
—Prefiero follar a una puta, que a tí—sin decir más nada me dejó allí, ardiente y dispuesta.
Porque a pesar de mi respuesta agria, estaba más que dispuesta a entregarle mi cuerpo, una parte de mí quería saber lo que se sentiría tener su miembro dentro, ese hombre era fuego, un fuego que estaba empezando a extrañar.
Él Salió de la suite, cerrando la puerta tras de sí con un suave, pero firme, clic. El sonido resonó como el cierre de un candado; me quedé sola en la suite de lujo; con la piel aún caliente por el deseo.
Esa era una habitación diseñada para el placer y el descanso, pero se sentía más fría que cualquier celda de una prisión; sabía que cada lujo, era una nueva cadena para mí jaula.
Fue la primera noche que dormí bajo el mismo techo que Vladimir Volkov; el aire era tan espeso que apenas podía respirar. Tenía miedo, pero no podía llorar, lamentaba haberlo rechazarlo, porque mi cuerpo pedía a gritos que lo buscará.
La mañana siguiente fue silenciosa y cargada; encontré un nuevo cambio de ropa esperándome: un conjunto elegante, pero sobrio, con instrucciones escritas a mano por mi benefactor.
—Esta noche me acompañaras a una reunión especial. Toca el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin en tu ensayo; me gusta el silencio que crea.— El tono que empleó era casual, pero la orden era fría y calculada.
A las siete, George, el guardaespaldas de confianza estaba esperándome. Esta vez, el viaje fue diferente; el Bentley se dirigió hacia la parte antigua de la ciudad, una zona de callejones oscuros y edificios que no habían visto un lavado de cara en décadas. No nos detuvimos frente a un restaurante o una sala de conciertos, sino ante un edificio anónimo de piedra, custodiado por hombres con trajes que no llevaban el emblema de chofer.
El hombre me guío a través de un pasaje lateral y por escaleras de servicio; el ambiente era pesado y hermético; finalmente, llegamos a una pequeña puerta de madera y con un golpe específico.
Entramos en un vasto espacio que contrastaba dramáticamente con el exterior. No era un club nocturno, sino un teatro de ópera abandonado que había sido transformado. Los palcos de terciopelo estaban destrozados, el escenario cubierto de polvo, pero en el centro, la platea se había convertido en una zona de reunión íntima: mesas redondas, luz tenue y camareros moviéndose en silencio.
Era una subasta privada y una reunión de negocios de alto nivel, de una clase que nunca salía en los periódicos. Sentí una opresión en el pecho; era una atmósfera de dinero sucio y poder ilimitado.
Me condujeron a un palco privado en el segundo nivel. Vladimir ya estaba allí, de pie, mirando el salón como un general examina un campo de batalla.
—Llegas a tiempo—dijo sin sonreír. Iba vestido con una elegancia impecable que lo hacía parecer el dueño de la noche.
—¿Qué es este lugar?—pregunté con voz baja.
—Un lugar donde los negocios se hacen sin la interferencia del gobierno—, explicó Vladimir, ofreciéndome una silla con una leve inclinación de cabeza.—Esta noche, no vas a tocar, estás para observar. Vas a ver el mundo que financia tu Stradivarius. Es parte de tu educación, musa.
Luego, su voz cambió, volviéndose posesiva y fría.
—Y es tu castigo; después de la insolencia de anoche, te voy a exponer—; sonrió con malicia—. Vas a estar en mi palco, visible para todos. Ellos sabrán que eres mía. Y tú sabrás que estoy dispuesto a mostrarte mi verdad.
Me di cuenta de que mi desafío anterior solo había provocado que él me sumergiera más profundamente en su mundo, utilizando mi propia seguridad como una cadena.
Vladimir me indicó que me sentara a su lado, en la parte del palco más visible. Me senté tan cerca que su brazo rozaba el mío. Este era un tipo diferente de intimidad; la intimidad de la exhibición.
La gente de abajo comenzó a mirarnos; a ambos; Vladimir—, él ya era conocido, pero la mujer joven y hermosa con el cabello de fuego y el vestido sobrio, sentada a su diestra era una novedad excitante. Los susurros recorrieron el salón.
