Capítulo 6 Capítulo 6
Sor Edith avanza por los pasillos de las habitaciones del orfanato supervisando que los niños ya estén dormidos, a veces desearía estar en otro lugar, una selva amazónica o en un barco en medio de un huracán, cualquier lugar menos ese orfanato, rodeada de ese montón de bichos... Oh perdón, niños.
Frena rápidamente cuando se encuentra frente a la habitación donde duerme Katy, se acerca a la puerta y frunce el ceño mientras acerca su oído, consigue escuchar la voz de la madre superiora hablando con la niña, diciéndole que todo estará bien y que su madre volverá algún día.
— ¡Maldición!, lo que debe hacer es decirle la verdad a ese engendro de una vez por todas.
Con cuidado de no hacer ruido, abre la puerta de la habitación, asoma su cabeza por la abertura y luego se adentra de brazos cruzados. Rápidamente todos los niños dirigen su mirada hacia ella, Katy se encoje en la cama con miedo. La mirada seria y fría de la mujer la hace sentir intimidada. La madre superiora frunce el entrecejo confundida al notar el cambio de semblante en la niña, gira su cabeza en dirección a la puerta, su rostro cambia de amable a molesto en un momento.
Sor Edith pone los ojos en blanco mientras observa a su alrededor al resto de los niños, es consciente de que ellos tienen que escuchar cómo a diario la madre superiora le cuenta lindas historias a Katy acerca de que su madre volverá algún día, ¡Patrañas! Esa mujer ya está donde pertenece.
Su mirada se posa en las camas de las gemelas quienes observan con nostalgia hacia donde se encuentra Katy. Sabe lo que ocurre, sabe que esas niñas y todos los niños en esa habitación desearían tener la misma esperanza que tiene Katy.
—Madre superiora, son pasadas las diez de la noche, los niños deben dormir ya— dice con seriedad mientras habla lo más tranquila posible.
—Gracias sor Edith— contesta la mujer sin siquiera voltear a verla.
Sor Edith siente su sangre arder en ese momento y muerde su mejilla interna con tanta fuerza que comienza a sentir el sabor a hierro a su boca. Observa a su alrededor notando la mirada expectante de los niños sobre ella, suelta un bufido y rueda los ojos mientras se vuelve a la puerta para retirarse, cerrándola tras su espalda.
16 de marzo del 2007
Es un nuevo día en el Orfanato Family Heaven, el clima se encuentra más cálido de lo normal, 32 grados, una verdadera pesadilla. Sor Edith avanza por los pasillos, sintiéndose incapaz de sentarse en un solo lugar con tremendo calor, en definitiva, un aire acondicionado no haría mal en el orfanato, cómo quisiera poder irse de ese lugar. Las paredes color mostaza comienzan a irritarla de gran manera, y ni hablar de lo frustrante que es para ella tener que usar ese vestuario, ¿pero de qué habla, si lo ha usado toda su vida?, Bueno antes no era así, su vida se ha convertido en una verdadera pesadilla desde que llegó a ese maldito orfanato
—¡Sor Edith!
Una voz aguda y distante la saca de sus pensamientos, frunce el ceño mientras voltea; suelta un gruñido de irritación cuando divisa a la niña corriendo en su dirección mientras agita un papel en su mano.
— ¿Qué ocurre, Katy?— cuestiona usando un tono de voz neutro, junta sus manos y de manera nerviosa, con su mano izquierda juguetea la cruz del rosario que lleva enredado en su mano derecha.
Al posarse frente a ella, la niña alza la mirada y por cuestión de segundos observa el objeto entre las manos de la monja, le encanta, quisiera tener su propio rosario y así poder rezar todas las noches por su madre.
— ¡Vea lo que escribí!— chilla dando un salto con mucha emoción mientras le extiende el papel que lleva en sus manos.
Ella nunca antes había visto a la niña tan emocionada, y eso es algo que la pone de malas; tanta felicidad por parte de la niña la irrita.
—Ahora no Katy, estoy ocupada— contesta fría mientras permanece erguida para no perder su postura de superioridad.
Katy frunce el ceño y la observa de pies a cabeza. Ladea un poco su cabeza entornado los ojos mientras dibuja una boca de pato con sus labios en una expresión que a cualquiera le parecería graciosa, a cualquiera menos a la mujer que observa a la niña con seriedad.
— ¿Qué?— cuestiona al comenzar a sentirse incomoda ante la mirada de la niña.
—Pero, usted no está haciendo nada. ¡Por favor! —suplica agudizando más su voz mientras pestañea de manera persuasiva, luciendo realmente tierna.
Sor Edith pone los ojos en blanco soltando un suspiro exasperado, definitivamente esa niña la irrita, tuerce los labios mientras observa de reojo la carta que la niña le extiende, se siente tentada a leerla, ¿qué cosa buena podría escribir una niña de siete años?, realmente no lo sabe. Decide dejarse llevar por la curiosidad, se inclina hacia la niña y toma el papel de sus manos, arquea una ceja mientras observa una horrible caligrafía, pero como dijo antes: es una niña de siete años.
"Querido Diosito, bendice a la madre superiora; a sor Edith, a Sor Mary, a Sor Ángel y a todas las otras monjas; a los niños y niñas; y por favor has que mi mami regrese pronto para que nos mudemos y vivamos juntas y felices para siempre"
La monja frunce el ceño al mismo tiempo que su mandíbula se tensa con fuerza al leer lo último, al igual que su cuerpo entero, y no puede contener su ira cuando comienza a estrujar el papel con sus manos tratando de calmar la ira que siente; esto no debería de ser así, esa niña no debería tener falsas esperanzas.
Katy amplía los ojos horrorizada mientras la observa, su labio inferior comienza a temblar al mismo tiempo que sus ojos se cristalizan, al instante las lágrimas se desbordan de sus ojos y rompe en llanto. ¿Por qué ella haría eso? Esa era su carta, la carta que escribió para Dios.
Sor Edith observa a la niña con molestia cuando ésta comienza a llorar desconsoladamente; odia cuando los niños hacen berrinches, no debió permitir que la madre superiora hiciera su voluntad, esto ha llegado demasiado lejos y tiene que terminarlo en ese mismo instante.
— ¡Silencio niña!— grita con irritación mientras se inclina hacia ella para sujetarla por los hombros. —. Hay algo que tienes que saber sobre tu madre...
— ¿Qué ocurre?— la voz de la Madre superiora la interrumpe. Sor Edith se sobresalta un poco y rápidamente mete la carta en su bolsillo mientras se aleja un paso de la niña.
— ¿Katy que ocurre?, ¿Por qué lloras? —cuestiona confundida.
La niña corre a abrazar las piernas de la anciana buscando consuelo.
—Era mi carta— solloza aferrándose a la cintura de la mujer, con fuerza.
— ¿Qué carta?—inquiere mientras dirige su mirada interrogante hacia sor Edith.
—Katy escribió una carta muy mala. Todo lo que decía era blasfemia, no podía permitir que se la quedara— asegura la monja mientras alza la mirada hacia el cielo y junta sus manos en forma de ruego.
La niña la observa con los ojos amplios al oírla, no logra comprender nada. ¿Qué es blasfemia? No logra comprender nada, excepto que la acusa de escribir algo malo, lo cual es falso.
—Eso no es cierto— chilla asustada mientras niega con la cabeza frenéticamente alzando la mirada hacia la madre superiora que la observa a través de sus gafas de pasta.
— ¿Tú osas llamarme mentirosa?— gruñe la monja ofendida.
Katy se espanta ante la mirada que ésta le dedica. Su llanto se intensifica mientras decide ocultarse en la madre superiora.
—Y-Yo no hice nada, nada malo— solloza ocultado su rostro al sentir como las lágrimas se desbordan de ellos.
— Sé que no lo hiciste— responde la mayor mientras se gira hacia ella para abrazarla—. No llores, cariño.
Sor Edith la observa con sorpresa, dejando en su rostro una expresión estupefacta; realmente no puede creerlo, no puede creer que la madre superiora se atreva restarle autoridad. Eso la enfurece.
—¡¿Cómo se atreve a dudar de mi palabra?!— pregunta exaltada mientras aprieta sus manos en puños.
La anciana pone los ojos en blanco al escuchar los reclamos de la mujer, sujeta a la niña de los hombros para apartarla un poco y poder verla a los ojos antes de hablarle.
—Katy, cariño, ¿puedes retirarte?, debo hablar algo con sor Edith— dice mientras con sus manos hace que la niña gire su cuerpo y luego le da un suave empujón para indicarle que debe apresurarse.
Katy gira su cabeza en dirección de ambas mujeres para observarlas, sorbe su nariz y luego comienza a correr lo más rápido que puede para alejarse lo más lejos posible.
—Muéstreme la carta— ordena la mayor extendiendo su mano.
—Me deshice de ella— dice mientras se encoge de hombros dando un paso atrás.
—¿En tan poco tiempo?, Sor Edith no lo repetiré— advierte comenzando a irritarse.
Sor Edith suelta un gruñido de frustración mientras saca la carta estrujada de su bolsillo, sus manos tiemblan, pero no de miedo, sino de enojo, mucho enojo. Desenvuelve la carta intentando alisarla, al tiempo que la superiora acomoda sus lentes para leer lo que dice.
—¡Sor Edith!, ¿Que su depravación no tiene límites? —expresa eufórica mientras dirige su mirada acusatoria hacia la monja.
— ¡No!— responde encogiéndose de hombros antes de continuar—. Es la suya la que no tiene límite, ¿ya vio lo que dice al final de esa carta? ¡Esa niña está esperando algo que no va a ocurrir!
La madre superiora suelta un suspiro exasperado mientras sujeta su sien, su cabeza comienza a dolerle, realmente no quiere tener esa conversación con esa mujer. Sor Edith por su lado, alcanza a ver atrás de la madre superiora dos melenas rubias, sabe que son las gemelas y que están espiando, pero no importa, ¿qué mejor oportunidad que está, para sacar todos a la luz?
—La mamá de Katy, no va a volver, está muerta y eso usted lo sabe— alza un poco la voz con la intensión de ser escuchada por el par.
Las cejas de las niñas se elevan con sorpresa al oírla, rápidamente se observan entre sí, sorprendidas.
— ¡Ya basta sor Edith! No quiero volver a escuchar nada de esto— declara la mayor sumamente molesta mientras arroja el papel con brusquedad contra el suelo y se apresura a avanzar por el pasillo sin fijarse en las niñas tras ellas.
Sor Edith dirige su mirada hacia las niñas, quienes se espantan al ser descubiertas, pero no deciden huir, tuerce la boca mientras sonríe con malicia antes de alzar la mano e indicarles que se acerquen a ella, sin duda valdrá la pena tener que rezar diez decenas del Ave María y diez decenas del Padre Nuestro en latín, para pedirle perdón a Dios luego de eso.
A la mañana siguiente, el clima continúa cálido. Sor Ángel, la maestra en turno siente que es una pésima idea impartir clases con esa temperatura, es imposible que los niños se concentren en aprender cuando toda su atención la tendrá el calor que sienten. Cansada y acalorada, decide tomarse un respiro fuera del salón y permitir que los niños se relajen y jueguen entre ellos.
Sola en una de las pequeñas mesas se encuentra una triste Katy, quien aún no puede creer que Sor Edith rompiera la carta que ella escribió para Dios con tanto amor. Ella siempre está sola en clase, no tiene amigos allí, todos la odian lo cual no entiende. Suspira rendida mientras se inclina sobre la mesa, posa sus codos sobre la superficie de esta y sujeta su mentón con ambas manos, se siente muy aburrida. De pronto unos ruidos la sacan de sus pensamientos y sin pensarlo dos veces gira su cabeza para observar en dirección al bullicio. Todos los niños están reunidos en un círculo, seguramente están jugando, Pero ella nunca ha sido bienvenida a sus juegos.
"La mamá de Katy no va a regresar, ella no volverá"
Comienza a escuchar murmullos y frunce el ceño al escucharlos mencionar su nombre y hablar sobre su mamá. Sin pensarlo se pone de pie y corre hacia el lugar de la "reunión". Hace fuerza para pasar entre ellos hasta que llega al centro y ve a las gemelas paradas sobre una de las mesitas para escribir. Cuando las niñas la ven, sonríen con mucha malicia.
— ¿Qué fue lo que dijeron?— inquiere la niña confundida.
—Lo que escuchasteis, tu mamá no va a volver— responde una de las gemelas bajando de la mesa para acercarse a ella hasta quedar frente a frente.
—Ella si va a volver— continúa la niña negándose a darse por vencida mientras la observa fijamente con toda la seguridad del mundo.
—Ella no volverá Katy, ¡porque tu mamá está muerta!— declara gritando a los cuatro vientos.
—Sí Katy, tu mamá está muerta, escuchamos a sor Edith hablar con la madre superiora— añade la segunda gemela desde la mesa.
—Te lo dijimos, eres tan fea que tu mami prefirió morir antes de volver a buscarte— continúa el niño de cabello castaño que presume una cicatriz sobre su ceja luego de algunas puntadas—. Tu mamá está muerta.
— ¡No es cierto!— chilla la niña sintiendo impotencia.
—¡Muerta, Muerta, Muerta!
En todo el salón retumba el eco de las voces de los niños que comienzan a gritar al unísono. Katy cubre sus oídos y niega frenéticamente con la cabeza mientras las lágrimas corren por sus mejillas. No es cierto, su madre no puede estar muerta.
— ¡Ya basta! ¡Ella no está muerta!— grita descubriendo sus oídos y presionando sus manos en puños con mucho enojo.
— ¡Si lo está!— grita la gemela frente a ella.
La niña rompe el poco espacio entre ellas y la empuja con fuerza causando su tropiezo y caída al suelo; todos los niños comienzan a reír. La desesperación se apodera de la niña y ya no puede contener su enojo, en un movimiento rápido se pone de pie y se abalanza sobre la gemela sujetando su cabello y tirando de ella con fuerza hasta lograr dejarla en el suelo, comienza a repartir golpes bruscos por toda su cara mientras la agredida intenta cubrir su rostro con ambas manos y gritar a todo pulmón.
Los otros niños se espantan ante tal escena, comienzan a gritar buscando la ayuda de un adulto, ya que a pesar de ser más chica, Katy ha neutralizado a la gemela y no le da tregua.
—Niños, deténganse ahora mismo— Sor Ángel llega a detener la pelea y observa horrorizada como Katy ha dejado el rostro de la otra niña.
Toma la mano de Katy y comienza a arrastrarla fuera del salón mientras la niña llora, grita y patalea con ira, está furiosa y lo único que quiere es a su mamá y su... ¡muñeca!, ha olvidado su muñeca, quiere regresar por ella, pero sor Ángel ya le lleva gradas arriba en dirección a la oficina de la madre superiora.
— ¡Deja de forcejear!— exige la mujer molesta tirando del brazo de Katy con brusquedad.
La niña grita y tira de su mano con más fuerza intentando zafarse, quiere su muñeca, no puede dejarla atrás, esos niños malos podrían hacerle algo y eso la horroriza.
—Katy, ¡ya basta!
—¿Qué es lo que ocurre?
