Capítulo 1 1.¿Cómo te llamas pequeña ratona?
—Te lo aseguro, amiga: hoy tú y yo salimos de aquí con novios ricos —dijo Míriam al llegar al bar, arrastrándola prácticamente hasta la entrada, a pesar de que Fleur se sentía cansada y sin la menor gana de salir.
—Yo solo quiero tomarme un martini y volver a mi casa —aseguró Fleur, poco convencida. Conocía demasiado bien a su amiga; Míriam era experta en encontrar a algún hombre atractivo y desaparecer con él sin previo aviso.
Como era de esperarse, no tardó en coquetear con todo lo que se le cruzaba por delante, sobre todo si aparentaba tener dinero. Y, tal como Fleur había temido, terminó por desaparecer, dejándola completamente sola.
—Perfecto… —murmuró Fleur, dirigiéndose al joven de la barra para pagar su cuenta y marcharse.
Pagó su copa y le dedicó una sonrisa al camarero a modo de despedida, pero no llegó a dar ni dos pasos. Frente a ella, un par de hombres bloqueaban su salida.
—Mira qué linda señorita tenemos aquí —dijo el más alto, recorriéndola con la mirada sin pudor.
—Si me permiten, ya me iba —se excusó Fleur, intentando hacerse a un lado para pasar.
No lo consiguió. El otro sujeto la tomó de la mano y la obligó a retroceder, dejándola atrapada entre ambos.
El corazón le dio un vuelco. Se mordió los labios con nerviosismo, maldiciendo a Míriam por haberla abandonado, mientras buscaba desesperadamente con la mirada a alguien que notara la situación y decidiera ayudarla.
Nadie. Ni una sola persona parecía dispuesta a dar un paso al frente.
—¿Cómo te llamas, pequeña ratona?
—No le digas así —se burló el otro—. Si está asustada es por tu cara fea.
Rieron entre ellos, sin dejar de cercarla.
—Mejor la invitamos a unos tragos, así se relaja.
—Eso, ven con nosotros a nuestra mesa, ratoncita.
Fleur odió ese apodo, pero sabía que llevarles la contraria solo empeoraría las cosas. Cuanto más observaba a su alrededor, más claro tenía que nadie iba a socorrerla. Así que dejó de resistirse y los acompañó, pensando que encontraría la forma de alejarse antes de que ocurriera algo peor.
—Traigan más botellas de whisky y vino para la joven.
—No… yo solo los acompañaré, no voy a beber —intentó decir.
—Claro que sí, ratoncita. Beberás con nosotros y te divertirás —ordenó el que parecía ser el jefe, tomándola del mentón con brusquedad.
Michael no solía salir solo. Casi siempre estaba acompañado de alguno de sus hombres. Pero aquella había sido una semana pésima, rematada por un día aún peor, y lo único que quería era fingir ser un tipo común, beber un par de copas y no tener a nadie adulándolo.
—Una botella de bourbon —pidió al sentarse en la mesa del fondo, envuelta en penumbra. Desde allí podía observarlo todo sin ser visto.
Y lo primero que captó su atención no le gustó en absoluto: dos hombres increpando a una mujer que claramente no deseaba estar sentada con ellos.
No te metas, Michael. No es tu asunto, se dijo mientras llevaba el vaso a los labios.
Bebió un sorbo sin apartar la vista, apretando los dedos alrededor del cristal cuando uno de esos tipos obligó a la mujer a mirarlo contra su voluntad.
Nunca había entendido a los hombres que se sentían más poderosos humillando o forzando a una mujer, cuando no había nada más satisfactorio que seducirla.
Fleur asintió con la cabeza y tomó la copa llena de vino, bebiéndola de un solo trago. El líquido le quemó la garganta, haciéndola toser, lo que provocó las risas de ambos hombres.
—Parece que la ratoncita no está acostumbrada a beber —dijo uno, mientras volvía a llenarle la copa.
—Vamos, toma otra —ordenó el otro, con un tono que no admitía réplica.
Para ese momento, Fleur supo que no tenía escapatoria. Cerró los ojos y dejó que el alcohol hiciera su trabajo, esperando perder el conocimiento antes de que la llevaran a otro lugar. Sabía que eso era exactamente lo que planeaban.
—Mira cómo bebe. Ya decía yo que se hacía la mosquita muerta —comentó uno, deslizando la mano por su pierna.
—¡No me toques! —le apartó la mano de golpe—. ¿Quién te dio permiso? ¡Me voy!
Se puso de pie tambaleándose. El alcohol había hecho su efecto: la pequeña ratoncita ya no sentía miedo, solo una rabia torpe y ardiente.
Eso enfureció al líder, quien no dudó en abofetearla, haciéndola caer de nuevo sobre el asiento.
Un segundo después, un puñetazo brutal impactó en el rostro del hombre, lanzándolo al suelo.
Michael había observado todo. Y ya no pudo contenerse más, pero lo que terminó de empujarlo fue verla golpeada.
—¿No les han enseñado a tratar a una dama? —dijo con voz fría.
El otro tipo intentó golpear a Michael, pero él fue más rápido. Le sujetó la muñeca, la giró bruscamente hacia atrás y lo obligó a inclinarse contra la mesa, quedando a su espalda mientras le doblaba el brazo. El dolor fue inmediato; el hombre gritó.
—Unos centímetros más y estará rota —advirtió con calma, sin apartar la mirada del otro sujeto, que yacía en el suelo sangrando por la nariz como un cerdo—. Ahora los dos van a dejar que la señorita se marche y yo podré seguir bebiendo tranquilo. ¿Entendido?
—¡Te irá mal si los dejas ir! —gritó el hombre del suelo, escupiendo sangre—. ¡Te arrepentirás!
El hombre atrapado contra la mesa temblaba. Le tenía más miedo a su jefe que al desconocido que lo inmovilizaba, e intentó zafarse para golpearlo. Fue inútil.
Un chasquido seco llenó el aire.
Su muñeca se rompió.
Ambos hombres terminaron en el suelo, llorando de dolor y humillación. No tardaron en levantarse y huir, lanzando amenazas mientras se alejaban.
—Más te vale no volver a cruzarte con nosotros o te mataremos. ¿Oíste?
Fleur apenas alcanzó a ponerse de pie antes de trastabillar y caer contra su salvador. Todo le daba vueltas.
—Por favor… sácame de aquí —murmuró, aferrándose a él—. Tengo miedo…
Michael negó con la cabeza. No podía llevarse a una mujer borracha que no conocía. No debía. Pero tampoco podía dejarla allí, vulnerable, temblando.
Sin decir una palabra más, la tomó de la mano y tiró suavemente de ella, guiándola hasta su coche.
—Perfecto… —murmuró al llegar a su casa, al darse cuenta de que su inesperada acompañante se había quedado completamente dormida en el asiento del copiloto.
La tomó en brazos y entró con ella, llevándola hasta la habitación de invitados. La recostó en la cama y se dispuso a marcharse cuando una mano lo sujetó del brazo.
—Por favor… no me dejes…
Fleur no quería quedarse sola. El miedo seguía ahí, latiéndole en el pecho. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado, solo sabía que ese hombre la había salvado.
—Tengo que irme… —intentó decir él.
—Tengo miedo… —susurró, aferrándose a su mano como si fuera su única ancla.
Michael suspiró.
—Estás en mi casa. Nadie va a hacerte daño aquí. Duerme —insistió, intentando soltarse.
—Por favor… —repitió, haciendo un pequeño puchero mientras tiraba de él hacia la cama.
Resignado, Michael se dejó caer a su lado y la atrajo contra su pecho. Sintió cómo su corazón, que llevaba demasiado tiempo dormido, comenzaba a latir de una forma que no reconocía.
—Duerme… —fue lo único que dijo antes de cerrar los ojos.
Fleur despertó de golpe. Le dolía la cabeza, pero no tuvo tiempo de procesarlo.
¿Dónde estaba?
Al girar el rostro y encontrarse con un hombre desconocido a su lado, gritó.
—¿Quién diablos eres tú?
El sobresalto lo despertó de inmediato. No estaba acostumbrado a dormir acompañado, y mucho menos a que lo despertaran a gritos. Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando ella, sin pensarlo, le lanzó un golpe.
Michael reaccionó por puro instinto.
—¿Quieres calmarte? —gruñó, deteniendo su mano en el aire—. Muy pocas personas se han atrevido a golpearme y siguen respirando.
Ella intentó golpearlo otra vez. Él sujetó su muñeca y la hizo caer de espaldas sobre el colchón, quedando encima de ella para inmovilizarla.
—¡Basta, fierecilla! —ordenó, rozándose contra ella sin querer mientras intentaba que dejara de patalear.
—¡Eres un delincuente abusador!
—No soy un delincuente, ni mucho menos un abusador —replicó con dureza.
Pero el forcejeo, el contacto constante, el calor entre ambos… despertaron algo que no debía despertar. Su cuerpo reaccionó antes que su razón.
Ella también lo sintió.
El corazón le latía con fuerza, la piel se le erizaba con cada roce. Era absurdo, peligroso… y aun así, una parte de ella se perdía en ese momento, en la intensidad de su mirada, en la forma en que la sostenía.
Michael tuvo que contenerse. Su instinto le pedía dominarla, recorrerla, ir más allá. Se perdió un segundo en la belleza de la joven, en lo que despertaba en él.
Fleur quería verse reflejada en esos ojos. Y, maldita sea, se sentía bien entre sus brazos. Demasiado bien.
Pero no podía. No debía permitir que nadie entrara en su vida. No aún.
—Me calmaré… —dijo por fin—, pero solo si me das espacio.
