Capítulo 2 2. Tome, señorita atrevida.
El despertar fue caótico para Fleur. Apenas logró salir de debajo del hombre desconocido con el que había amanecido, corrió a refugiarse en el cuarto de baño como si fuera su tabla de salvación. Bastó un vistazo para confirmar lo evidente: ese no era su baño. El lujo del lugar lo dejaba claro. No recordaba haber estado allí antes, ni tenía idea de en qué parte de la ciudad se encontraba.
—Fleur… ¿pero en qué lío te has metido? —se murmuró frente al espejo, intentando reconstruir lo ocurrido la noche anterior.
Su cabeza latía con fuerza y los recuerdos llegaban desordenados, inconexos, mezclándose sin sentido.
—No puede ser que hayas perdido tu virginidad con un completo desconocido… —se recriminó, examinándose con urgencia.
Ladeó el cuello, recorrió su piel con los dedos, buscando alguna marca que confirmara sus miedos. Por suerte, no encontró nada fuera de lo normal. Aun así, el alivio fue apenas momentáneo.
Necesitaba aclararse, poner su mente en blanco, y la única forma que conocía para hacerlo era tomando un baño. Antes de entrar a la ducha, se asomó con cautela por la puerta.
—Disculpa… —dijo en voz baja.
El hombre seguía en la cama, recostado boca arriba, con el antebrazo izquierdo cubriéndole los ojos. Fleur carraspeó y habló un poco más fuerte.
—Oye… ¿podrías prestarme un pantalón deportivo y una camisa?
Sabía que estaba tentando a la suerte. Después de haberle gritado, golpeado y acusado, pedirle ropa era casi un milagro. Pero ¿qué otra cosa podía hacer tras despertar en la cama de un desconocido?
Michael, por su parte, no encontraba palabras para describir a la joven a la que había salvado la noche anterior. Desagradecida, impulsiva… y ahora escondida en su baño como si fuera la dueña de la casa.
No esperaba aplausos, pero algo tan simple como gracias por salvarme habría sido suficiente.
Atrevida.
Sí, esa era la palabra exacta.
Se levantó de mala gana, casi gruñendo, y fue a buscar lo que ella había pedido. No le hacía ninguna gracia tener a una mujer desconocida deambulando desnuda por su casa. Además, tenía un hijo pequeño; aquello no sería una buena influencia.
—Toma, señorita atrevida —dijo al regresar, colocando en sus manos un pantalón deportivo, un paquete de ropa interior sin usar y una sudadera—. Por cierto, mi nombre es Michael Lewis.
Ella no respondió. Tomó la ropa con rapidez y volvió a encerrarse en el baño.
Fleur no podía negar que el hombre era guapísimo. Demasiado. El sonrojo le subió al rostro apenas lo pensó, obligándola a meterse bajo el agua para intentar disipar aquella sensación incómoda. El agua recorriendo su cuerpo debía llevárselo todo… o eso esperaba.
Cuando salió, ya vestida con la ropa prestada, se miró al espejo.
—Contrólate, Fleur —se dijo, usando su dedo como cepillo improvisado.
Lo ideal sería que él siguiera dormido. Así podría irse sin tener que enfrentarlo, fingiendo que nada de eso había ocurrido.
Para su alivio, él no estaba. Se había ido.
Salió de la habitación lo más rápido posible, con el corazón latiéndole con fuerza. Justo antes de marcharse, regresó para asegurarse de no haber olvidado nada. Fue entonces cuando chocó con una mirada curiosa.
Un niño.
Pequeño, idéntico a Michael, la observaba ladeando la cabeza, como un cachorrito intentando comprender algo nuevo.
—¿Tú eres mi nueva mami? —preguntó con total naturalidad, comenzando a rodearla—. Eres bonita, me gustas. Mi papi ha sabido escoger bien.
Fleur se quedó helada.
—No… yo no soy…
—Sí lo eres —insistió el niño—. Saliste del cuarto de invitados y mi papá no trae a mujeres a la casa.
—No, yo me llamo Fleur —intentó explicarle con suavidad—. Solo soy una amiga.
—Entonces ¿por qué llevas la ropa de mi papá? ¿Eres pobre y no tienes ropa?
La pregunta la dejó sin palabras. El niño no era común; era despierto, observador… y ella no tenía experiencia lidiando con niños, mucho menos con uno así.
—Tuve un pequeño accidente —improvisó—. Por eso tu papá me prestó su ropa.
El niño no pareció convencido. De hecho, parecía decidido a imponer su propia versión de la historia, ignorando por completo sus explicaciones.
Y Fleur empezó a sospechar que escapar de esa casa no sería tan sencillo como había pensado.
—No importa lo que me digas —aseguró el niño con total convicción—. Estoy seguro de que tú eres la mamá que le pedí a mi papá. Él te buscó para que ya no esté triste.
Ahora todo comenzaba a encajar. El pequeño había pedido una madre.
Aun así, Fleur no podía ser esa mujer. Ni siquiera estaba segura de que aquel hombre fuera realmente su padre; tal vez compartía la casa con alguien más, tal vez todo era una confusión enorme.
—Será mejor que me vaya… —murmuró, incómoda.
—Ven, vayamos a desayunar —dijo el pequeño, tirando de su mano—. Mi papi por fin me consiguió una nueva mami.
—¿Y dónde está tu papá? —preguntó ella, aferrándose a la absurda esperanza de que no fuera el mismo hombre que la había salvado la noche anterior.
La respuesta la encontró en la cocina.
Michael estaba allí, sirviéndose una taza de café, sorprendido al ver a su hijo arrastrando a Fleur con tanto entusiasmo.
—¡Papá! —exclamó el niño, soltándola al fin.
Fleur se quedó inmóvil. Michael llevaba pantalones de vestir y una camisa de seda blanca abierta, dejando al descubierto su torso trabajado. Tragó saliva sin querer, imaginando —muy a su pesar— cómo se sentiría recorrer con los dedos esos abdominales marcados.
—¿Ocurre algo, señorita? —preguntó él al notar su turbación, colocándose frente a ella mientras alzaba al pequeño en brazos.
Sin darse cuenta, le ofrecía una vista aún más peligrosa de su cuerpo mientras llenaba de besos la cara de su hijo. El niño reía, intentando zafarse, aunque era evidente que disfrutaba de cada muestra de cariño.
La escena desconcertó a Fleur. Aquel hombre que horas antes había repartido golpes ahora parecía alguien completamente distinto: protector, cercano… y terriblemente atractivo. Siempre había pensado que los hombres buenos con los niños inspiraban confianza.
—Ella no es cualquier señorita —anunció el pequeño con orgullo—. Es la nueva mamá que te pedí.
Michael se quedó rígido por un segundo, visiblemente incómodo.
—¿Es eso cierto? —preguntó Fleur, aprovechándose de la situación solo para verlo perder esa frialdad que tanto la desarmaba.
—Es hora de que comas, hijo… —dijo él, llevándolo hasta su silla en el desayunador, evitando mirarla.
—No te preocupes —intervino Fleur—. No tienes que explicar nada.
—Papi, que mami haga el desayuno —pidió el niño.
—No sé si ella quiera hacerlo —respondió Michael, mirándola con cautela.
—Claro que quiere. Las mamás siempre hacen desayuno rico.
Michael guardó silencio, observándola como si esperara que tomara una decisión.
—¡Que ella haga el desayuno! —insistió el pequeño.
Por primera vez, Michael no supo cómo reaccionar. Sabía que consentía demasiado a su hijo, pero nunca lo había visto actuar así, y menos delante de alguien más. Aun así, no lo detuvo.
—Está bien… no llores —intervino Fleur al ver que el niño estaba a punto de hacer un berrinche—. Me quedaré y prepararé el desayuno para ti.
Le sonrió al pequeño.
—Pero solo si después escuchas lo que tu papá tenga que decirte.
El niño asintió feliz. Fleur no pudo evitar pensar que era tan manipulador como su guapo padre, quien se limitó a sentarse junto a él sin decir una palabra.
Mientras desayunaban, Fleur intentó hacerle algunas preguntas a Michael, pero él no respondió ninguna. Al final, terminó conversando con el pequeño, explicándole con paciencia que ella no era su madre y buscando la forma de marcharse sin lastimarlo.
—No, tú todavía no puedes irte —repetía el niño.
Fleur comenzaba a desesperarse, sobre todo al notar que Michael no parecía dispuesto a ayudarla.
—Prometo que volveré otro día —dijo al fin—. ¿Estarás tranquilo si me voy ahora?
—¿De verdad vendrás? —preguntó él una y otra vez.
—Sí, vendré a visitarte —aseguró.
Solo entonces pudo salir de la casa.
Ese hombre no solo la había salvado la noche anterior, también —junto con su hijo— la había retenido para compartir un desayuno inesperado.
Y mientras se alejaba, no pudo dejar de pensar en lo extraña que había sido aquella mañana… ni en esos dos bribones llamados Michael.
