Capítulo 1 El gigoló, mi desesperación.
Narra Valeria:
—Ya no quiero ser virgen. —
Mi voz sonó firme, un susurro desafiante que cortó de tajo el aire pesado, cargado de perfume caro y electricidad, en aquella suite del piso cincuenta. Bajo la tenue luz ámbar de las lámparas, el cuerpo del hombre frente a mí se tensó con una lentitud felina. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me recorrieron con una intensidad que hizo que me temblaran las rodillas; no era miedo, era una arrolladora y novata expectación.
Vaya, pensé con un vuelco en el pecho, este hombre es absurdamente guapo. Definitivamente, ser acompañante masculino no es una profesión para cualquiera; su porte tiene algo casi irreal.
No había tiempo para dudas.
La luz ámbar envolvía la habitación en una atmósfera íntima y suspendida en el tiempo. Cuando su cuerpo se acercó al mío, la distancia desapareció por completo, disuelta en el calor de nuestras respiraciones y en el temblor casi imperceptible que me recorría la piel.
—Mírame —pidió él con un susurro ronco, su voz cargada de una extraña mezcla de cautela y una urgencia reprimida.
Alcé la vista y me encontré con esos ojos oscuros que parecían devorarme con una fuerza abrumadora. Mientras levantaba la mano para rozar su mejilla (la mejilla del gigoló que había contratado con el único propósito de perder mi virginidad y dejar de ser la moneda de cambio virginal que mi odiosa madrastra pretendía entregar a un prometido al que no amaba), sentí la textura firme de su piel y la temperatura exacta de su cuerpo. Era un ancla real en medio del torbellino de decisiones desesperadas que me había traído hasta aquí.
Sus manos se movieron con una lentitud deliberada, recorriendo mi espalda desnuda con un toque reverente, como si temiera romper una frágil figura de cristal. Cada caricia suya trazaba un mapa de sensaciones inéditas que encendía chispas invisibles en mi blanca piel. El roce de las sábanas de seda contra nuestros cuerpos se fundió con el compás acelerado de nuestros corazones latiendo al unísono.
Cuando sus labios encontraron los míos, el miedo que había atenazado mi pecho durante meses se desvaneció, reemplazado por una ola de calor envolvente. El beso comenzó suave, casi interrogante, buscando una respuesta que yo le di con un suspiro tembloroso, entregándome al ritmo de unas manos expertas que me guiaban con paciencia a través de la penumbra.
Aquel contacto me provocó una humedad desconocida… un calor extraño comenzó a recorrer mi interior, rebelándose contra mis pensamientos más sensatos.
Sus ojos, de un negro profundo, observaban la palidez de mi rostro bañado en lágrimas. Ver la forma en que mis labios se abrían y cerraban, sollozantes y jadeantes entre la impotencia y la excitación, pareció encenderlo aún más, y volvió a buscar mi boca.
Pero apenas lo besé, mordí sus labios con torpeza, como la virgen inexperta que era, sintiendo incluso el sabor metálico de su sangre en los míos. A pesar de la torpeza, él volvió a probarlos. Esa conexión me encendía de una manera aterradora.
No fue hasta que tiró de mi vestido que dejé de morderle. Volví a jadear y nunca me había sentido tan extrañamente humillada y excitada a la vez, sobre todo cuando, además de deshacerse del moño que sujetaba la prenda a mi cuello, abrió y retiró mi sostén con una pericia embriagadora.
—Solo quítame ya la virginidad… libérame — supliqué a medias, mirándolo con un deje de miedo, pero con la determinación intacta de romper mis cadenas.
Él perdió el aliento por un segundo al observar la blancura y la redondez perfecta de mis senos.
—Esto es… hermoso, eres perfecta —aseguró, mirándome apenas a los ojos antes de volver a bajar la mirada hacia mi pecho, mientras su mano acariciaba con devoción la piel que acababa de exponer.
Yo había ladeado el rostro, apretando los ojos con fuerza mientras mordía mis labios. Me sentía profundamente excitada y, al mismo tiempo, avergonzada de mí misma; mis lágrimas delataban mi impotencia y mi vulnerabilidad, pero el anhelo de dejar de ser una moneda de cambio pudo más.
—Basta de palabras… solo haz lo que te pido, quítame la virginidad —volví a suplicar.
Un segundo después sentí que retiraba su mano. Al tener el valor de alzar los ojos hacia su profunda mirada ónix, lo vi allí, también jadeante e impaciente, mientras comenzaba a desabotonar su camisa negra. Él sonrió con una sonrisa tierna y ladeada que delataba un magnetismo embriagador, y con un gesto impaciente bajó el cierre de su pantalón para terminar de exponer el grosor de su largo y endurecido miembro.
Me abrumó la vergüenza durante un instante al sentir la virilidad de aquel hombre tan cerca de mi delicada intimidad, pero el calor de su cuerpo y el placer culposo que me recorría lograron acallar mis protestas. Con un miedo sutil hacia mis propias reacciones, comprendí que quería llegar hasta el final; quería que aquello sucediera no solo para arruinar mis ataduras, sino porque una corriente eléctrica imparable me empujaba a ello.
Negué en silencio, dominada por una impaciencia febril por recibirlo. Las lágrimas, nacidas de esa extraña mezcla de placer y vergüenza, resbalaron por mis mejillas hasta perderse en mi cabello rubio esparcido sobre la cama.
No puse resistencia; aunque no estaba ebria, deseaba aquello con la fuerza de una droga que jamás había probado.
Su mano derecha se deslizó hasta mi entrepierna, delineando con delicadeza los pliegues de mi intimidad por encima de mis bragas negras. Aflojé las piernas de manera instintiva, incapaz de sentir culpa al tenerlo allí.
Él sonrió para sí mismo con una expresión tierna y protectora que me desarmó, e introdujo uno de sus dedos para incrementar mi lubricación, observando cómo mi cuerpo respondía a su toque a pesar de mi rubor.
Sin poder contenerse más, apartó un poco mi ropa interior y dejó mi intimidad completamente expuesta. Me tomó del cuello y del rostro con firmeza, en una muestra de dominio absoluto, y besó mis labios con pasión antes de sujetarme la cara para impedirme voltear la mirada, aunque yo la tenía fuertemente cerrada.
—P-por favor… —alcancé a murmurar cuando su beso me dejó sin aliento.
—Hasta ahora vas a conocer a un hombre… uno de verdad —me aseguró con voz ronca mientras acomodaba su miembro con una mano sobre mi tibio y suave refugio. No luché por apartarlo; mis manos solo resbalaban con inutilidad contra su piel cálida, mientras me entregaba sin oponer resistencia.
