Capítulo 3 Sus razones, su triste destino.

Narra Valeria:

Mientras la madrugada avanzaba y aquel desconocido dormía profundamente a mi lado, mi mente viajó de regreso a la mansión de los Castellanos, el lugar que hacía tiempo había dejado de ser un hogar.

Los recuerdos del desprecio de mi padre golpearon mi pecho con crueldad. Humberto Castellanos jamás me había mirado con afecto; la verdad había estallado como dinamita un año atrás, cuando descubrí que no llevaba su sangre, sino que era el fruto de la traición de una madre que huyó despavorida, abandonándome a su suerte. Desde entonces, para Humberto, yo solo era un recordatorio viviente de su humillación.

Y luego estaba Brenda, mi calculadora madrastra, cuyo cinismo no tenía límites. Con una sonrisa helada, Brenda ya había cerrado el trato: entregarme como esposa a Don Rogelio, un empresario octogenario, obscenamente rico y de reputación siniestra, que se había obsesionado conmigo precisamente por mi inocencia y belleza inmaculada.

—Una virgen de alta alcurnia es el mejor pasaporte para nuestros negocios —me había espetado con desdén pocas horas antes.

Empujada por la furia y la repulsión, había recurrido a mis ahorros y a contactos clandestinos para contratar los servicios exclusivos de un acompañante de lujo. Quería quitarme el estigma de la virginidad para volverse inútil y repulsiva ante los ojos de Don Rogelio.

Con el corazón latiéndome en la garganta, me aparté con cuidado de la cama, tomé el sobre abultado con billetes que había preparado con tanto sacrificio y lo dejé meticulosamente sobre la mesita de noche. Me vestí a oscuras y salí de la habitación sin mirar atrás, sabiendo perfectamente que, al cruzar las puertas de mi casa al amanecer, el infierno familiar estallaría.

Lejos de allí, en la mansión Castellanos, el silencio de la madrugada fue roto por el sonido de la puerta principal. Entré erguida, con la mirada fría. Brenda emergió de la sombra de la sala, desencajada por la furia.

—¿Dónde diablos estabas? ¡Don Rogelio vino anoche y tú brillabas por tu ausencia! ¿Crees que puedes burlarte de nosotros?

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Humberto bajó la escalinata, con los ojos inyectados en rabia.

—Mírame cuando te hablo —bramó él.

No bajé la mirada. A pesar del cansancio, mi postura era impecable.

—¿Dónde has estado, maldita sea? —gritó Humberto—. ¡Después de todo lo que he hecho por ti, a pesar de saber que no llevas mi sangre! Eres el fruto podrido de una traición.

—Humberto tiene razón —intervino Brenda—. Nos has hecho pasar una vergüenza. Te vas a casar con Rogelio, te guste o no, y pagarás por esto.

Bajé la mano, relajando los hombros. Una helada certeza se instaló en mi pecho: ese lugar nunca había sido mi hogar. Las cadenas invisibles se rompieron en ese preciso instante.

—Pueden venderme con quien quieran, pueden gritar hasta cansarse —respondí con voz gélida—. Pero ya no les pertenezco. Hicieron mal en dejarme volver hoy.

Humberto se tambaleó, desconcertado por mi tono. Brenda, histérica, gritó:

—¡Es una táctica para asustarnos! ¡Sirvientas, que vengan! —Cuando las empleadas aparecieron, Brenda bramó—: ¡Quiero comprobar si esta zorra se atrevió a arruinarlo todo!

En lugar de forcejear, di un paso adelante. Mis ojos brillaban con un fuego indomable.

—¿Quieren ver? —pregunté con desprecio—. No necesito que nadie me toque. Yo misma les mostraré lo que hice.

Con una parsimonia deliberada, desabotoné mi chaqueta y luego mi blusa. Mis movimientos eran fluidos, cargados de una dignidad desafiante. Me despojé de las prendas hasta quedar ante ellos, revelando no solo mi piel, sino las marcas inconfundibles, los chupetones y hematomas que la mano posesiva de un hombre había dejado en mi cuello, clavícula y hombros aquella noche.

Un silencio sepulcral llenó el vestíbulo. Brenda se llevó las manos a la cabeza, horrorizada. Humberto, pálido, no podía apartar la vista de las marcas que probaban, de forma inequívoca, que la "mercancía" que pensaban vender ya no existía.

—¡Estás marcada! —chilló Brenda—. ¡Ya no sirves! ¡Ningún hombre te querrá así!

Me vestí de nuevo con lentitud, sin una pizca de vergüenza. La humillación que esperaban ver en mí no existía; solo quedaba un frío desdén.

—Exacto —respondí mientras me colocaba el abrigo—. No sirvo para sus negocios. No sirvo para ser su moneda de cambio.

Humberto, recuperando el habla, dio un paso hacia mí, pero levanté la mano, deteniéndolo con un gesto de autoridad que lo dejó paralizado. No hubo golpes. No hubo forcejeos. Caminé hacia la puerta con una elegancia que hizo que los presentes retrocedieran.

—No me voy porque ustedes me lo ordenen —dije, deteniéndome en el umbral—. Me voy porque este lugar es un pozo de miseria que ya no tiene nada que ofrecerme. Quédense con sus deudas, sus alianzas falsas y su amargura.

—¡Si cruzas esa puerta, no vuelvas a pedir misericordia! —rugió Humberto desde la penumbra del salón.

Lo miré por encima del hombro, con una sonrisa fría y desafiante.

—Guarden sus amenazas. No pienso pedirles nada. Prefiero morir en la calle que volver a pisar este infierno.

Sin esperar respuesta, abrí la puerta y salí a la mañana fría. Caminé hacia el pavimento exterior, dejando atrás la mansión, el pasado y a las personas que creyeron, hasta el último segundo, que podían controlar mi destino. Me alejé con la frente en alto, dueña, por fin, de cada paso que daría a partir de ese momento.

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