Capítulo 5 Una guerra iniciando.
Narra Damián:
El silencio que siguió a la apertura de la puerta de mi estudio pesaba tanto como el mármol del vestíbulo.
Sentí que el oxígeno se volvía denso, casi sólido, atrapado de golpe en mi garganta. Del otro lado del umbral, parada con esa postura rígida pero indomable, estaba ella.
Era ella.
La mujer por la que había desatado el infierno durante semanas, a la que mis hombres y los mejores investigadores privados habían buscado sin descanso por cada rincón de Madrid tras desaparecer de aquella suite del piso cincuenta. Estaba allí, enfrente de mí, vestida con la modesta sencillez de una aspirante a tutora, pero con el mismo brillo desafiante en la mirada que me había quemado la memoria desde aquella noche. Mi corazón, un músculo frío y estrictamente disciplinado durante toda mi vida, dio un vuelco salvaje, una mezcla feroz de asombro absoluto y un triunfo oscuro que me recorrió las venas como una descarga eléctrica. La había encontrado. Había cruzado el umbral de mi propia casa por su propio pie.
Mi fachada de magnate intocable e indescifrable amenazaba con romperse, pero me forcé a mantener los ojos fríos, de un marrón tan oscuro que casi parecía negro, recorriendo cada milímetro de su rostro con una lentitud calculada.
La mente me zumbaba. Las piezas del rompecabezas encajaron con la violencia de un impacto. La joven a la que había amado en la penumbra, creyendo que era una aparición febril inducida por el alcohol y mis propios fantasmas, y la maestra de la que mi chófer me había hablado con tanto asombro por haber calmado a mi hijo... eran la misma persona. Y no solo eso: recordé perfectamente el apellido que mis informes mencionaron tras indagar en su caótica vida reciente. Valeria Castellanos. La misma chica a cuya familia el cobarde de Humberto había intentado ofrecerme en un pacto patético de negocios meses atrás, una propuesta que rechacé con asco.
Y ahora, tras ser repudiada y echada a la calle por su propia sangre, estaba parada en mi despacho, buscando un empleo para sobrevivir.
—Así que... —mi voz brotó ronca, magnética, teñida de una diversión oscura y contenida que hizo que la viera tensar los hombros de inmediato—. La mujer que irrumpió en mi habitación, robó mi calma y tuvo el atrevimiento de dejar un sobre con billetes en la mesita de noche como si yo fuera un maldito gigoló a sueldo... resulta ser la profesora que mi chófer recomendó con tanto entusiasmo.
Valeria apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo, negándose a temblar. Sabía lo mucho que le costaba sostener mi mirada, pero lo hizo. Había perdido su hogar y su mundo entero en cuestión de días; ya no le quedaba espacio para la cobardía.
—No sabía quién era usted, señor Alvear —respondió con una firmeza que rozaba el desafío—. Si lo hubiera sabido, le aseguro que habría elegido otro lugar para cometer mi error.
Un destello de asombro cruzó mis adentros, rápidamente sepultado por una sonrisa torcida y peligrosa. Me fascinaba ese fuego indomable. Era el polo opuesto a la sumisión plástica de las mujeres de la alta sociedad que me rodeaban habitualmente.
—Pase —ordené, haciéndome a un lado con un gesto elegante, consumido por el deseo oculto de ver cómo reaccionaría al descubrirse atrapada en mi tela de araña—. Vamos a ver si tienes tanta destreza para manejar a mi hijo como la que tuviste para desaparecer antes del amanecer.
La vi tragar duro, vislumbrando un fugaz rastro de vergüenza en sus mejillas al recordar nuestra intimidad, antes de seguir mis pasos hacia el interior del santuario de maderas oscuras.
Me senté tras el escritorio de caoba, cruzando las manos mientras la examinaba con una intensidad insaciable, disfrutando del juego perverso en el que el destino nos había envuelto.
—Mi hijo Leo no es un niño fácil —comencé, adoptando el tono glacial de un negociador—. Los informes médicos dicen que está dentro del espectro autista severo. No habla, detesta el contacto con extraños, destruye las cosas y ha logrado despedir a seis niñeras en menos de un mes. Las últimas terminaron llorando en el pasillo. ¿Qué te hace pensar, Valeria Castellanos, que tú puedes durar más de cuarenta y ocho horas bajo este techo?
Vi cómo contenía la respiración al escuchar su apellido completo de mis labios. Sabía que ella deducía que yo conocía su desastre familiar, su expulsión a la intemperie y el rechazo de su ex-prometido. Sin embargo, en mi interior no había desprecio, sino una fría y fascinada evaluación táctica.
—Porque no busqué esta profesión por compasión ni por el dinero que ofrece su chequera, señor Alvear —replicó ella con una serenidad pasmosa, aunque sus ojos delataban la tormenta—. Pero tampoco voy a mentir; si se ha tomado el tiempo de investigar mi vida, sabrá que no atravieso mi mejor momento. Conocí a Leo en el centro especial y vi a un niño aterrorizado por un entorno que no lo comprende, rodeado de adultos que solo le temen. No me importaron sus golpes porque entendí que su rabia es un auxilio. Si me contrata, no vengo a ser una niñera vigilante; vengo a ofrecerle un refugio seguro.
Guardé silencio varios segundos, tamborileando los dedos sobre la caoba. Evalué su postura, el rastro tenue de una bofetada en su mejilla que el maquillaje apenas ocultaba, y esa fuerza de gravedad en su mirada que lograba atraer a mi propio caos. Ella estaba tan rota como mi hijo; por eso mismo, era la única que podía salvarlo. Y, de paso, era la única mujer que había logrado sacudir mi mundo desde los cimientos.
—El contrato es de dedicación exclusiva —dije de pronto, deslizando el documento impreso sobre la superficie—. Vivirás aquí, en el ala norte, con todos los gastos pagados y un salario que duplicará cualquier cosa que hayas visto. Pero mis reglas son estrictas: cero distracciones, cero intromisiones en mis asuntos privados, y tu única prioridad es Leo. Si fallas, te vas esa misma noche. ¿Aceptas?
Miró el papel. Sabía que era una soga dorada, pero sin opciones en el exterior, tomó la estilográfica y firmó con trazo firme: Valeria Castellanos.
Minutos después, la guié hasta la sala de juegos de Leo. A través del cristal blindado, el pequeño estaba acurrucado en una esquina, atrapado en una crisis, con las manos en las orejas, mientras las empleadas miraban aterrorizadas desde la puerta.
—Adelante —le murmuré al oído, cruzándome de brazos a sus espaldas, sintiendo el aroma de su piel a centímetros de mí—. Demuéstrame de qué estás hecha.
Valeria abrió la puerta sin dudar. Leo arrojó un camión de juguete que rozó su hombro con violencia. Las empleadas ahogaron un grito, pero ella no se inmutó. Se quitó el abrigo, se arrodilló con paciencia infinita y comenzó a imitar el balanceo de Leo, respirando con un ritmo pausado.
A través del cristal, observé con el corazón latiendo desbocado cómo, poco a poco, los gritos del niño cesaban y sus manitas temblorosas se estiraban para tocar el dobladillo de su falda.
Cerré los ojos por un instante, sintiendo que mi control absoluto se desmoronaba. La había buscado desesperadamente para resolver un problema doméstico, pero al verla dominar el caos con tanta gracia, supe con absoluta certeza que su llegada a la mansión Alvear desataría una guerra de la que ninguno de los dos saldría con vida.
