Capítulo 7 Una mina de oro.

Narra Brenda:

Las paredes de la mansión Castellanos ya no irradiaban la opulencia de antaño; por el contrario, cada rincón parecía exhalar el olor rancio de la bancarrota y la desesperación. En el despacho principal, donde las lámparas parpadeaban por falta de mantenimiento debido a las facturas sin pagar, Humberto bebía un vaso de licor barato con manos temblorosas. Frente a él, yo paseaba de un lado a otro con los tacones chasqueando contra el suelo de madera, mi rostro desfigurado por una mezcla de rabia y un cálculo obsesivo que llevaba años gobernando nuestra existencia.

Llevábamos muchísimo tiempo intentando vender a Valeria al mejor postor. Era nuestro único y más valioso activo, una inversión de la que pensábamos exprimir cada centavo para sacarnos del atolladero. Y yo la odiaba con cada fibra de mi ser; odiaba su insolencia, su aire de falsa pureza y su ingratitud. ¡Nos pertenecía! Nos debía la vida y cada bocado que se había metido a la boca bajo nuestro techo.

—Los rumores en los círculos de la alta sociedad madrileña son cada vez más fuertes, Humberto —espeté deteniéndome de golpe y clavando mis ojos afilados en mi marido—. Don Rogelio sigue soltero y furioso. Está buscando nuevas ofertas de matrimonio entre las familias de alcurnia, exigiendo lo mismo de siempre: una joven de buena familia, hermosa, sumisa y, por sobre todas las cosas, estrictamente virgen.

Humberto soltó una amarga carcajada, frotándose la frente con frustración.

—¿Y dónde demonios piensa encontrar a una chica así en el Madrid actual? —bramó el patriarca con desprecio—. Las jóvenes de nuestra clase social hoy en día tienen demasiadas libertades, estudian, viajan, o simplemente se mofan de esas costumbres arcaicas. No hay ninguna chica de apellido prominente que cumpla con los requisitos imposibles de ese viejo depravado.

Lo miré con asco ante su debilidad. Aquella mocosa malagradecida había destruido nuestros planes con su ridículo bafle de rebeldía nocturna. Lo que esa niñata había hecho al perder deliberadamente su virginidad con un desconocido no era más que una pataleta de niña malcriada, un capricho estúpido que creía que nos arruinaría. ¡Pero se equivocaba! Valeria nos debía todo; no era más que mercancía con patas, y solo servía para ser vendida al mejor postor.

—Tenemos que volver a traer a Valeria a la mansión por la fuerza —insinúe con una sonrisa perversa y glacial—. Hay que arrastrarla de vuelta a esta casa para poder venderla mucho más fácil. Al fin y al cabo, aunque esa ingrata se haya atrevido a entregarse a un cualquiera en un arrebato de rebeldía estúpida, su apellido sigue siendo Castellanos. Con un buen suministro de dinero, encierro y la presión adecuada, la obligaremos a arrastrarse de rodillas y a limpiar su imagen ante Rogelio. ¡Esa zorra no va a dictar nuestro destino!

—¿Y qué pasa si el viejo la rechaza por estar marcada? —replicó Humberto con escepticismo—. Ya viste las marcas en su piel. Ningún hombre con orgullo aceptará las huellas de otro en la mujer que va a desposar.

—Entonces tenemos una segunda opción, igual de lucrativa —sentenció con una sonrisa siniestra, cruzándome de brazos—. He estado investigando los movimientos de los nuevos magnates de la tecnología y las finanzas. Hay un joven heredero multimillonario cuya familia amasó una fortuna incalculable desde la nada, con un apellido humilde, sin conexiones de sangre ni títulos nobiliarios en la realeza.

Humberto me miró con atención.

—¿Te refieres a los nuevos ricos? ¿A esa estirpe sin historia?

—Exactamente —asentí con vehemencia, saboreando el plan—. Su madre, una viuda reciente que se ahoga en oro pero carece de estatus social, está desesperada por limpiar su árbol genealógico. Busca casar a su hijo con una mujer de la aristocracia que posea un apellido con peso histórico, un linaje real como el nuestro. Si logramos encubrir el desliz de Valeria o presentarla como la víctima inocente de un rapto, ese joven y su madre caerán en la trampa. Será nuestra salvación financiera, aunque tengamos que fingir que somos una familia respetable un poco más de tiempo. ¡Esa maldita mocosa nos sacará de pobre a la fuerza, nos cueste lo que nos cueste!

Humberto asintió lentamente, dejando que el plan venenoso se asentara en su mente. No nos importaba sacrificar a Valeria de nuevo; para nosotros, la muchacha no era más que una ficha de ajedrez diseñada exclusivamente para rescatarnos de la ruina, una perra malagradecida que pagaría con su cuerpo cada gramo de nuestra miseria.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo