Capítulo 5 LA FARMACIA
Ethan suspiró, soltó mi muñeca y miró hacia el letrero neón de la farmacia. Su rostro recuperó esa expresión fría y ejecutiva con la que imponía respeto en la sala de juntas.
—Bueno, como no quiero que ese "error" se convierta en una sorpresa en nueve meses... vas a esperar aquí —dijo secamente, quitándose el cinturón de seguridad—. Vamos a comprar una pastilla de emergencia antes de que termines embarazada de este "mirrey mimado y desalmado".
—¡No…! Quédate en el auto —le espeté a Ethan, azotando la puerta de auto antes de que él pudiera protestar.
Miré por unos milisegundos la farmacia… Tragué grueso y sin más me armé de valor y empujé la puerta de cristal. La campanilla sonó con un alegre “ring!” que en mi cabeza retumbó como una alarma de evacuación nuclear. El ambiente dentro olía a jabón neutro, alcohol y café frío.
“Tranquila, Chloe, entras, pides la pastilla, pagas, sales. Dos minutos. Nadie te conoce aquí. Nadie sabe que eres Chloe Dubois, la jefa de Recursos Humanos que se acostó con su jefe millonario”, me susurré a mí misma, apretando los dientes mientras caminaba a pasos agigantados por el pasillo de cosméticos.
Al llegar al fondo, vi el mostrador elevado de la farmacia. Tras él, una farmacéutica de unos cincuenta años, con gafas cuadradas, un peinado impecable y una placa que decía Mrs. Higgins, acomodaba unos frascos. A su lado, un chico joven con bata blanca leía una pantalla.
Me acerqué a la barra. Sentía que las piernas me temblaban.
—Buenas —dije. Bueno, en realidad no lo dije. Me salió un chillido agudo, como el de un ratón pisado.
Mrs. Higgins se giró lentamente y me miró por encima de sus gafas marco de pasta.
—Bienvenida. ¿En qué puedo ayudarle, señorita?
—Hola... yo... este... buenas —empecé a balbucear, entrelazando mis dedos con tanta fuerza que casi me los disloco—. Busco... un... un medicamento.
—¿Tiene receta? —preguntó ella con voz pausada y profesional.
—No. No, no tengo receta. Es... de venta libre. Creo. O sea, sí, es sin receta aquí en Canadá, ¿verdad? Es sobre... la... la ma... la mañana.
—¿La mañana? —repetía la señora Higgins, frunciendo el ceño—. ¿Quiere un suplemento de luz solar? ¿Vitamina D? Por el invierno canadiense todos nos sentimos desanimados en la mañana.
—¡No! No es vitamina D —tragué saliva. Sentí una gota de sudor frío bajándome por la nuca—. Es... para... después.
—¿Analgésicos para el dolor de espalda de después de dormir? Están en el pasillo tres.
—¡No! —mis mejillas ardían a un nivel volcánico. Miré a los lados. Un anciano elegía pañales para adulto a tres metros y una chica revisaba tintes de cabello—. Es la... la píldora. La de... la de emergencia. Plan... Plan...
—¿Plan de pensiones? ¿Plan de seguro de salud? Señorita, hable más claro, no le entiendo nada —dijo Mrs. Higgins, perdiendo la paciencia.
El muchacho joven de al lado levantó la vista del monitor.
—Señorita, ¿busca usted la píldora del día después? —preguntó el muchacho con total naturalidad y una voz clara que resonó por todo el local.
Sentí que el mundo se detenía.
—¡Shhh! —dije entre dientes, bajando la cabeza hasta casi pegar la barbilla al pecho—. Sí... esa. Plan B. Por favor. En voz baja.
—¡Ah! ¡Plan B! —exclamó la señora Higgins, abriendo los ojos como platos y levantando los brazos como si acabase de descifrar un jeroglífico egipcio—. ¡Haberlo dicho antes, muchacha! ¡La anticoncepción de emergencia!
—¡Sí, esa, pero no lo grite! —supliqué con un hilo de voz, deseando que la tierra me tragara viva.
—¡Thomas! —gritó la señora Higgins hacia el pasillo trasero, ignorando por completo mi colapso nervioso—. ¡Trae una caja de Plan B del mostrador cerrado! ¡Sí, la de emergencia para la señorita de aquí!
Cerré los ojos con fuerza. El anciano de los pañales se me quedó viendo con una mezcla de lástima y curiosidad. La chica del tinte de pelo pausó su marcha y me miró de arriba abajo.
—Aquí tiene —dijo el asistente, regresando y poniendo una cajita pequeña sobre el mostrador—. ¿Ha tomado este medicamento antes?
—No —susurré, mirando la caja como si fuera una bomba de tiempo.
—Debe tomarla lo antes posible, idealmente dentro de las primeras veinticuatro horas tras la relación sin protección, aunque tiene eficacia hasta las setenta y dos horas —explicó el chico en voz alta—. ¿Ocurrió el accidente anoche o esta mañana?
—Yo... este... anoche —murmuré, sintiendo que la cara me explotaba de rabia y vergüenza. En mi mente, la cara de Ethan sonriendo victorioso en el auto me daba ganas de llorar.
—Muy bien. Recuerde que si vomita dentro de las dos primeras horas tras ingerirla, tendrá que comprar otra dosis porque no habrá hecho efecto. ¿Alguna duda sobre los efectos secundarios? Náusea, sangrado irregular...
—No, ninguna duda, me la llevo, gracias —dije agarrando la caja torpemente.
—Espere —interrumpió Mrs. Higgins, cruzándose de brazos y mirándome fijamente a los ojos—. ¿Está segura de que no está embarazada ya? Porque si ya hay implantación, lo que lleva no funciona.
—No... no creo. Fue anoche.
—"No creo" no es una respuesta médica, jovencita —sentenció la señora Higgins con tono maternal autoritario—. ¿Lleva un retraso? ¿Cuándo fue su última menstruación?
—¡Hace tres semanas! ¡No tengo retraso! ¡Solo quiero comprar la medicina e irme a mi casa! —chillé desesperada.
—Por seguridad de la farmacia y para tranquilidad de su conciencia, llévate una prueba de embarazo —dijo la señora Higgins. Y antes de que pudiera negarme, agarró una caja enorme de la estantería de atrás—. ¡Aquí tienes! ¡Test digital de respuesta rápida! ¡Dos pruebas por el precio de una!
—No necesito una prueba de embarazo...
—¡Claro que la necesita! —gritó la señora de nuevo, hablándole a toda la tienda—. ¡Si la prueba sale positiva, no se puede tomar la píldora del día después! ¡Es botar cuarenta dólares a la basura! ¡Ponle la prueba, asistente!
El chico escaneó la caja del Plan B y la caja del test de embarazo con dos pitidos sonoros que sonaron como sentencias de muerte en el escáner.
—Son ochenta y dos dólares con cincuenta centavos, señorita —anunció el muchacho con una sonrisa amable.
Saqué la tarjeta de crédito con las manos temblorosas. Torpemente, intenté meterla en el terminal de pago, pero fallé el ranurado tres veces.
—Meta la tarjeta bien, con el chip hacia arriba —me instruyó la señora Higgins en voz alta—. Tranquila, no se ponga nerviosa, a todas nos pasa un desliz alguna vez. Hay que usar preservativo la próxima vez, mi reina. Los muchachos de hoy en día son muy irresponsables.
—¡Él no es irresponsable, solo es un idiota! —me salió del alma, gritando sin querer.
Toda la farmacia se me quedó viendo en completo silencio.
El lector de tarjetas emitió un bip victorioso. Grabé la firma con un garabato ilegible, agarré la bolsa de plástico donde metieron las dos cajitas y salí corriendo de la farmacia como si llevara fuego en los talones.
La campanilla volvió a sonar con su alegre «¡ring!».
Caminé hacia el auto a toda prisa y llena de vergüenza…
