Capítulo 6 ¡ACEPTO
Llegué, abrí la puerta del copiloto de un golpe, me metí de un salto y tiré la bolsa de la farmacia directamente contra el pecho de Ethan.
Él sujetó la bolsa en el aire, sorprendido. Miró dentro, sacó la caja del Plan B y luego la enorme caja de la prueba de embarazo digital.
Una sonrisa lenta, arrogante y profundamente divertida se dibujó en su rostro perfecto.
—¿Una prueba de embarazo, Chloe? —preguntó Ethan, alzando una ceja con tono burlón—. Vaya... no sabía que tenías tanta prisa por hacerme papá.
Le arranqué la caja de las manos, sintiendo que la cara me ardía como una antorcha.
—¡Cállate! ¡Fue la farmacéutica! ¡Una señora loca que me gritó frente a todo el mundo y me obligó a comprarla por mi "tranquilidad de conciencia"! —chillé, metiendo las dos cajas al fondo de mi bolso como si fueran material radiactivo.
Ethan soltó una carcajada profunda, de esas que te vibran en el pecho. Por un segundo, casi se me olvidó que lo odiaba.
Se acomodó en el asiento y me miró de lado. La sonrisa burlona fue desapareciendo poco a poco, cambiándose por esa expresión calculadora y fría que le había visto en la sala de juntas esta mañana.
—Bueno, ya que evitamos la crisis del bebé Mercer —dijo, apoyando un brazo en el volante—, creo que es hora de que hablemos de negocios, pecosa.
—¿Negocios? —Me crucé de brazos a la defensiva—. El único negocio que tenemos es que el lunes a primera hora voy a presentar mi renuncia. No puedo trabajar para ti después de... esto. Y mucho menos después de la enorme mentira que le acabas de soltar a mi mamá.
—No vas a renunciar. Eres excelente en tu trabajo, leí tu expediente esta mañana —soltó con total naturalidad, dejándome muda—. Y sobre lo de tu familia... no lo hice solo por molestarte. Aunque admito que ver la cara de envidia de tu hermana valió cada maldito segundo.
Fruncí el ceño, completamente confundida.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué te metiste a mi casa a decir que eres mi novio?
Ethan suspiró, tamborileando los dedos sobre el volante de cuero negro.
—Porque necesito un favor, Dubois. Y resulta que tú y yo estamos en una posición perfecta para ayudarnos mutuamente.
—Yo no te puedo ayudar en nada. A duras penas puedo ayudarme a mí misma a no ahogarme con mi propia saliva.
—Necesito que seas mi novia —soltó sin anestesia.
—¡Ya les dijiste que lo eres!
—No frente a tu familia. Frente a la mía. Y frente a mi círculo social —aclaró, girándose por completo hacia mí para acorralarme con esos ojos—. En tres semanas hay una boda en Italia. En la costa de Amalfi, para ser exactos.
—Ay, qué pena, pero mi pasaporte caducó en el...
—Se casa mi ex prometida —me interrumpió tajante.
Me quedé callada de golpe. Parpadeé dos veces, asimilando sus palabras.
—¿Tu... tu ex prometida? —repetí.
—Me dejó hace un año por el imbécil de mi antiguo socio comercial —la mandíbula de Ethan se tensó, y por primera vez vi una grieta en su perfecta armadura de arrogancia—. Todo el mundo en ese evento va a estar esperando verme llegar solo, amargado y destruido. Esperan que sea el patético ex que no lo ha superado y que solo vive para su empresa.
—Y quieres llevar a alguien para refregarles en la cara que ya la olvidaste y que eres muy feliz —adiviné. De pronto, el monstruo corporativo tenía mucho sentido para mí.
—Quiero llevarte a ti —corrigió, acercándose un poco más, invadiendo mi espacio personal—. Alguien que no pertenece a nuestro círculo estirado de millonarios de cuna. Alguien explosiva, que no se deja pisotear por nadie y con quien... evidentemente, tengo una química física que no se puede fingir. Si aparezco en Italia contigo de la mano, mirándote como te miré anoche en la cama, nadie va a dudar un segundo de que estoy loco por ti y que mi ex es historia antigua.
Me quedé sin aire en los pulmones. El trato estaba sobre la mesa, brillando como un letrero de neón.
—¿Y qué gano yo en esta farsa internacional? —pregunté, elevando la barbilla para no perder la poca dignidad que me quedaba.
Una sonrisa lobuna, endiabladamente atractiva, apareció en sus labios.
—Yo juego a ser el yerno perfecto frente a tu mamá. Te acompaño a tus cenas familiares, dejo a tu hermana muerta de envidia con mi tarjeta negra, y te quito la etiqueta de la "solterona Dubois" para siempre. Tú juegas a ser la mujer que me robó el corazón en Italia. Un trato de negocios. Cero sentimientos. ¿Qué dices, pecosa? ¿Tenemos un trato?
En ese momento lo primero que se me cruzó en la mente es la burla de mi hermana al enterarse de que todo esto es una mentira.
—Acepto.
