Capítulo 1 1
—Si esa casa le ofrece comida después de medianoche, no se la coma.
Miré al taxista por el retrovisor.
—¿Eso viene incluido en la tarifa o cobra aparte por asustar turistas?
El hombre no sonrió.
Llevábamos veinte minutos subiendo por una carretera que parecía diseñada por alguien con rencor hacia los amortiguadores. A mi derecha, el mar golpeaba los acantilados. A mi izquierda, pinos torcidos por el viento se perdían entre una niebla tan espesa que apenas distinguía dónde terminaba el camino.
—No estoy bromeando, señorita Larrea.
—Yo tampoco. Me queda poco efectivo.
Apreté contra mi pecho la carpeta con el contrato de Casa Izarra.
Seis semanas.
Una biblioteca privada.
Un adelanto que ya había pagado tres facturas atrasadas y silenciado a mi casero temporalmente.
Había aceptado antes de buscar fotografías de la propiedad.
Error número uno.
Después había buscado fotografías.
Error número dos.
Casa Izarra aparecía en internet como un bloque de piedra oscura frente al Cantábrico, rodeado por jardines y comentarios que repetían maldita, cerrada y desapariciones.
Yo prefería otra palabra: pagada.
El taxi frenó frente a un portón de hierro.
Más allá, la mansión surgía entre la niebla.
No parecía abandonada.
Peor.
Parecía despierta.
—Hasta aquí llego.
—La entrada está como a quinientos metros.
—Sí.
Esperé.
Él también.
—¿Y?
—Que los camine.
Solté una risa incrédula.
—Tengo una maleta, una caja de herramientas y un abrigo que compré porque decía resistente al agua y ya descubrí que publicidad y verdad apenas se conocen.
El conductor bajó mi equipaje enseguida.
—No cruzo esa reja.
—¿Ni por el doble?
—Ni por el triple.
Eso sí consiguió callarme.
El hombre dejó la caja junto a mi maleta, me miró como si estuviera abandonando una cabra en un altar y volvió al coche.
—Una última cosa.
—¿Otra regla culinaria?
—Si alguien la llama desde afuera de su habitación por la noche, no abra.
—Fantástico. Gracias por convertir mi trabajo temporal en una película barata.
—Las películas terminan.
Subió al taxi.
—Esta casa no siempre deja.
Se marchó antes de que pudiera responder.
Me quedé sola frente a las verjas, con el cabello pegándoseme a la boca y una pregunta sensata intentando abrirse paso entre mis decisiones financieras.
Podía irme.
También podía pagar alquiler el próximo mes.
Empujé el portón.
Casa Izarra ganó.
La caminata fue peor de lo previsto. Cuando llegué a la puerta principal, mis botas estaban cubiertas de barro y mi dignidad había muerto unos doscientos metros atrás.
No alcancé a tocar.
La puerta se abrió.
Una mujer anciana, de espalda recta y cabello blanco recogido en un moño impecable, me examinó desde la cabeza hasta los zapatos.
—Oihana Larrea.
—Depende. Si viene a cobrarme algo, no.
Una comisura de su boca tembló.
—Doña Prudencia. Ama de llaves.
—Entonces sí soy Oihana.
Me hizo pasar.
El vestíbulo era enorme, frío y hermoso. Retratos antiguos cubrían las paredes. El suelo devolvía cada paso. Olía a madera encerada, sal y libros viejos.
Mi clase de perfume, salvo por la parte donde parecía posible morir asesinada.
—El señor de Izarra la espera en la biblioteca.
—¿Siempre recibe empleados inmediatamente después de hacerlos escalar una montaña?
—Solo a los que llegan haciendo bromas.
La seguí por un corredor.
—Entonces vamos a llevarnos bien.
Prudencia volvió a ocultar una sonrisa.
La biblioteca ocupaba dos pisos.
Me detuve en la entrada.
Por un instante olvidé el taxi, la niebla y el contrato.
Estanterías de nogal cubrían las paredes hasta el techo. Había escaleras corredizas, códices en vitrinas y mesas de trabajo frente al mar.
Y había un hombre apoyado contra una de ellas.
Roque de Izarra.
Las fotografías del contrato no incluían al propietario. Una omisión poco profesional que, después de verlo, consideré casi criminal.
Era alto, ancho de hombros, vestido de oscuro. El cabello le caía sobre la frente con un descuido sospechosamente perfecto. No sonreía.
Sus ojos bajaron a mis botas embarradas.
—Señorita Larrea.
—Señor de Izarra.
—Ha ensuciado el suelo.
Miré detrás de mí.
—Y yo que pensaba que íbamos a empezar con “bienvenida”.
Prudencia tosió sospechosamente.
Roque levantó la mirada hasta mi cara.
No era guapo de una manera cómoda. Sus facciones parecían demasiado precisas, trabajadas por un tiempo excesivamente paciente.
Y me observaba como yo examinaba un manuscrito antes de decidir dónde podía tocarlo sin romperlo.
—Bienvenida —dijo al fin.
—Ahora suena forzado.
—Lo es.
Perfecto.
Mi jefe temporal era un imbécil atractivo.
El universo nunca regalaba nada sin cláusulas.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Seis semanas. Catalogación, diagnóstico, restauración prioritaria y conservación preventiva. Eso firmé.
—Eso hará.
—Y después me voy.
Algo cambió apenas en su expresión.
—Sí.
Respondió demasiado rápido.
Abrí la carpeta.
—Quiero revisar las condiciones de humedad mañana. Si esta biblioteca lleva años cerrada, necesito saber si hay hongos, insectos o daños estructurales.
Roque se acercó.
Demasiado.
No invadió mi espacio, pero quedó lo bastante cerca para que percibiera el olor limpio de su camisa y el calor de un cuerpo que, en una casa helada, parecía una provocación.
Me descubrí mirando sus manos.
Dedos largos.
Sin anillo.
Muy útil para la restauración, me dije.
Mentira descarada.
—Puede trabajar aquí con libertad —dijo—. Excepto en el ala oeste.
Levanté la vista.
—¿También tienen dragones?
—No entre en el ala oeste.
Su tono eliminó la broma.
—¿Por qué?
—Porque se lo estoy pidiendo.
—Esa explicación suele funcionar fatal conmigo.
Roque inclinó apenas la cabeza.
—Lo había supuesto.
Su forma de mirarme era irritante. También me hizo consciente de mi boca, mi respiración y de que no debería estar pensando en acostarme con nadie.
Aparté la mirada primero.
Lo odié un poco por eso.
—Hay otras reglas —continuó.
—Claro que las hay.
—No salga de la casa después de medianoche.
—¿Los acantilados se vuelven más acantilados?
—Señorita Larrea.
—Estoy escuchando.
—No retire ningún objeto de la propiedad sin autorización. Si encuentra una puerta cerrada, no la fuerce. Y por la noche mantenga cerrada la ventana de su habitación.
—¿Incluso si hace calor?
—Aquí nunca hace calor.
—Qué hombre tan optimista.
Esta vez sí vi algo parecido a una sonrisa.
Duró menos de un segundo.
Me molestó que quisiera verla otra vez.
Prudencia tomó mi maleta.
—Le mostraré su habitación.
Recogí mi carpeta, pero Roque habló antes de que pudiera seguirla.
—Falta una regla.
Me volví.
Ya no había rastro de humor en su rostro.
—¿La de no comer después de medianoche? El taxista se adelantó.
Roque palideció.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Qué le dijo exactamente?
—Que no aceptara comida. Y que no abriera si alguien me llamaba desde el pasillo.
Prudencia dejó de caminar.
El cambio en ambos fue tan evidente que se me secó la sonrisa.
—¿Qué ocurre?
Roque cruzó la distancia entre nosotros.
Esta vez quedó demasiado cerca.
Sus dedos rodearon mi muñeca, firmes, calientes. El contacto fue breve, pero me recorrió hasta el hombro con una intensidad absurda.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Escúcheme bien, Oihana. Si esta noche alguien pronuncia su nombre desde el otro lado de la puerta, no importa qué voz utilice, no responda.
Tragué saliva.
—¿Y si es usted?
Su mano se apartó lentamente.
—Sobre todo si soy yo.
