Capítulo 3 3

—¿Treinta años esperando qué?

Roque cerró el libro verde con tanta fuerza que el golpe resonó por toda la biblioteca.

—Nada que necesite saber hoy.

Solté una carcajada breve.

—Qué alivio. Por un momento pensé que el hombre que me contrató en una casa donde los libros caminan solos iba a darme una explicación útil.

—No caminan.

—Claro. Se teletransportan. Muchísimo más tranquilizador.

Me acerqué a la mesa y extendí la mano hacia el volumen. Roque lo apartó antes de que pudiera tocarlo.

Aquello empezaba a irritarme más que asustarme.

—Devuélvamelo.

—No.

—Soy restauradora.

—Y ese libro no necesita restauración.

—Tiene el lomo roto.

—Oihana.

—Roque.

Sus ojos se estrecharon.

Los míos también.

Durante un segundo absurdo, pensé que discutir con él resultaba demasiado entretenido para alguien que llevaba menos de cuarenta y ocho horas conociendo. También pensé en cómo se había sentido su mano alrededor de mi cintura minutos antes.

Ese pensamiento fue considerablemente menos profesional.

—¿Qué ocurrió hace treinta años? —pregunté.

Algo se endureció en su rostro.

—Trabaje en la biblioteca.

—Eso no responde.

—No pretendía hacerlo.

Guardó el libro dentro de un cajón y cerró con llave.

Lo observé.

—Tiene una relación muy extraña con la hospitalidad.

—Usted tiene una relación muy extraña con los límites.

—Los límites bien explicados me encantan.

—No lo creo.

—Pruébeme.

La palabra quedó entre nosotros con una intención que no había planeado.

Roque bajó la mirada hasta mi boca.

Otra vez.

Mi pulso se aceleró de forma traicionera.

Él apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia mí.

—No debería provocarme cuando está enfadada.

—¿Por qué? ¿Se vuelve aún menos simpático?

—No.

Su voz bajó.

—Porque podría olvidar que trabaja para mí.

El calor me recorrió el abdomen.

Ese hombre necesitaba urgentemente aprender a ser menos atractivo cuando decía cosas inconvenientes.

Me aclaré la garganta.

—Entonces será mejor que mantenga buena memoria.

Me aparté antes de hacer algo estúpido, como comprobar qué ocurría si lo provocaba un poco más.

Pasé las siguientes dos horas fingiendo que podía concentrarme.

No podía.

Cada vez que encontraba una anotación antigua, pensaba en el libro verde.

Cada vez que escuchaba pasos, esperaba que Roque regresara.

Y cada vez que recordaba su mano en mi cintura, me daban ganas de golpearme con un diccionario.

A media mañana, Prudencia apareció con una bandeja de café.

—¿El señor Roque siempre es así?

—¿Así cómo?

—Como si cada pregunta le costara dinero.

Prudencia dejó una taza junto a mí.

—El señor de Izarra habla cuando considera necesario hacerlo.

—Entonces debe ahorrar una fortuna en conversaciones.

Esta vez sí sonrió.

—Va aprendiendo.

Tomé el café y señalé con la barbilla hacia las ventanas.

—¿Sale mucho de la propiedad?

La sonrisa desapareció.

Interesante.

—Tiene asuntos que atender.

—No pregunté eso.

—Y yo tampoco responderé otra cosa.

—Aquí todos deberían trabajar en política.

Prudencia recogió una mota inexistente de la bandeja.

—Termine su café antes de que se enfríe.

Se marchó.

Anoté mentalmente otra pregunta que nadie quería contestar.

Después del almuerzo encontré una carpeta de correspondencia reciente dentro de uno de los escritorios de la biblioteca.

No estaba buscando secretos.

Estaba buscando el inventario de adquisición.

La diferencia era importante, aunque quizá solo para mi conciencia.

Entre facturas de conservación y presupuestos encontré varias cartas dirigidas a Roque.

Una invitación a una gala benéfica.

Cancelada.

Una reunión con una fundación cultural.

Cancelada.

Una cita con especialistas en patrimonio.

Solicitaban que acudiera a Bilbao.

Rechazada.

Otra carta proponía visitar una colección privada en Madrid.

Rechazada.

Todas tenían respuestas casi idénticas.

El señor de Izarra lamenta no poder abandonar la propiedad.

Me quedé mirando la última frase.

No querer era una cosa.

No poder era otra.

—Revisar correspondencia privada no forma parte de su contrato.

Di un salto.

Roque estaba detrás de mí.

—¿Usted nació sin hacer ruido o lo practica para asustar empleados?

—La carpeta estaba cerrada.

—Estaba dentro del escritorio de trabajo.

—Que también estaba cerrado.

Miré la pequeña llave entre mis dedos.

—Eso es discutible.

—Abrió una cerradura.

—Con una herramienta especializada.

—Una horquilla.

—No desprecie la ingeniería femenina.

Me quitó la carpeta.

No parecía furioso.

Parecía preocupado.

Eso me interesó mucho más.

—¿Por qué cancela todo?

—Porque prefiero trabajar desde aquí.

—También rechazó una visita médica.

—Estoy sano.

—Fantástico. ¿Y la reunión de Bilbao?

—Podían venir ellos.

—¿Madrid?

—También.

Crucé los brazos.

—¿Cuándo fue la última vez que salió de Casa Izarra?

Silencio.

Roque dejó la carpeta sobre el escritorio.

—No es asunto suyo.

—Me hizo dormir en una casa que sabe mi nombre. Empiezo a considerar bastantes cosas asunto mío.

—Usted puede marcharse cuando quiera.

La frase me golpeó de forma extraña.

Quizá porque sonó ensayada.

—¿Y usted?

Roque me miró.

No respondió.

—¿Usted puede marcharse cuando quiera?

—Oihana.

—Eso es un no.

Intentó pasar a mi lado.

Le sujeté el brazo.

Mala idea.

Su cuerpo se detuvo tan cerca del mío que tuve que levantar la cabeza.

Debajo de mi mano, su antebrazo estaba tenso y caliente.

—Suélteme.

—Contésteme.

—Está jugando con algo que no entiende.

—Entonces ayúdeme a entenderlo.

Su mirada bajó hasta mis dedos sobre su piel.

Después volvió a mis ojos.

—No me toque así.

Mi garganta se secó.

—¿Así cómo?

Roque dio un paso.

Mi espalda chocó contra el escritorio.

Su cuerpo no llegó a tocarme, pero quedó lo bastante cerca para que cada respiración suya rozara mi cara.

—Como si quisiera descubrir qué pasa si no me aparto.

No tuve una respuesta inteligente.

Una tragedia personal.

—Tal vez quiero descubrirlo.

Sus pupilas se oscurecieron.

Por un instante pensé que iba a besarme.

Entonces un teléfono comenzó a sonar.

Roque cerró los ojos y retrocedió.

—Qué oportunidad tan malcriada —murmuré.

Él soltó una risa inesperada.

La primera de verdad.

Me dejó inmóvil.

Roque tomó el teléfono del escritorio.

—Izarra.

Escuchó.

Su expresión cambió.

—No. Cancele el coche.

Pausa.

—He dicho que no iré.

Otra pausa.

—No importa que el camino esté despejado.

Colgó.

—¿Otra reunión?

—Sí.

—¿Dónde?

—En el pueblo.

Miré hacia las ventanas.

El pueblo estaba a menos de quince minutos en coche.

—Vaya.

—No.

—Entonces lléveme a mí. Necesito materiales y puedo comprar algunas cosas.

—Prudencia puede encargarlas.

—Quiero salir.

Roque quedó inmóvil.

Algo parecido al miedo atravesó su cara.

—No hoy.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Esa respuesta otra vez.

Tomé mi abrigo del respaldo de una silla.

—Perfecto. Iré caminando.

Roque se interpuso frente a la puerta.

—No va a cruzar las verjas.

Me detuve.

Ya no había nada seductor en su expresión.

Solo alarma.

—Hace cinco minutos dijo que podía marcharme cuando quisiera.

—Y puede.

—Entonces apártese.

No lo hizo.

—Roque.

Sus manos se cerraron a los costados.

—Si quiere irse definitivamente, mandaré preparar un coche y recibirá cada euro acordado.

—No quiero irme definitivamente. Quiero comprar pinceles.

—No puede salir ahora.

—¿Yo no puedo?

La pregunta hizo que palideciera.

Comprendí.

No estaba hablando de mí.

Me acerqué despacio.

—Usted nunca sale, ¿verdad?

Roque guardó silencio.

Miré el ventanal, el camino, las verjas lejanas.

Después volví a él.

—¿Qué ocurre si cruza esa puerta?

Su voz llegó apenas audible.

—La puerta, nada.

—Entonces ¿qué no puede cruzar?

Roque sostuvo mi mirada durante un segundo demasiado largo.

—Las verjas.

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