Capítulo 4 4

—¿Qué pasa si cruza las verjas?

Roque no respondió.

Seguía frente a la puerta de la biblioteca, con el cuerpo rígido y esa expresión suya que convertía cualquier silencio en una provocación.

—Acaba de decirme que no puede cruzarlas.

—Dije que no las cruzo.

—No. Dijo que no puede.

—Está interpretando.

—Soy restauradora. Interpretar manchas, huecos y mentiras mal pegadas forma parte del oficio.

Su mandíbula se tensó.

Me acerqué un paso.

—¿Qué ocurre afuera?

—Nada que le afecte.

—Eso empieza a ser su frase favorita.

—Y usted empieza a hacer demasiadas preguntas.

—También me pagan por eso.

—Le pagan por restaurar libros.

—Entonces deje de comportarse como uno cerrado con candado.

Lo vi contener una respuesta.

Después respiró por la nariz y se apartó.

—Tiene trabajo.

—Y usted una habilidad extraordinaria para huir sin salir de casa.

Eso sí le dolió.

No hizo falta que dijera nada. Le cambió la mirada apenas, pero lo suficiente para que me arrepintiera.

Casi.

—Roque…

—La biblioteca está a su disposición.

Pasó junto a mí.

Cuando su hombro rozó el mío, el contacto fue mínimo. Aun así, mi cuerpo decidió recordarme que hacía unos minutos ese hombre me había tenido contra un escritorio y que yo había pensado seriamente en besarlo.

Fantástico momento para desarrollar conciencia.

—No era mi intención…

Se detuvo.

—Sí lo era.

—Bueno, un poco.

Giró la cabeza.

—Al menos es honesta.

—Cuando me conviene.

Su boca amagó una sonrisa, pero desapareció enseguida.

—No intente cruzar las verjas para demostrar nada.

—¿Eso es una orden?

—Una petición.

—Mucho mejor.

—¿Va a obedecerla?

—No abuse del progreso.

Se marchó.

Yo me quedé mirando la puerta más tiempo del necesario.

Había conseguido exactamente cero respuestas y una nueva obsesión.

Excelente productividad.

Decidí trabajar.

La mesa principal estaba ocupada por tres cajas de manuscritos sin catalogar. Elegí la menos dañada porque necesitaba algo sencillo antes de que mi cerebro volviera a preguntarse qué ocurriría si besaba a Roque.

El primer volumen era un devocionario del siglo XIX.

El segundo, correspondencia familiar.

El tercero tenía la cubierta deformada por humedad y una reparación antigua hecha con un adhesivo espantoso.

—Mira lo que te hicieron —murmuré.

Al menos los libros no escondían secretos porque les pareciera más noble protegerme.

Pasé casi una hora retirando residuos.

Cuando levanté con cuidado una tira de papel añadida durante una reparación anterior, apareció tinta debajo.

Me quedé quieta.

No era raro encontrar anotaciones ocultas.

Sí era raro que alguien hubiera pegado deliberadamente papel sobre ellas.

Encendí la lámpara de aumento.

Había letras.

Muy tenues.

Tomé fotografías, ajusté la luz lateral y seguí separando la intervención vieja milímetro a milímetro.

Una frase comenzó a surgir.

No confíes en lo que la casa te entregue.

Sentí un escalofrío.

—Qué encantador.

—¿Habla con los libros?

Levanté la cabeza.

Roque estaba en la entrada con dos tazas.

—Solo con los que responden.

—Eso no debería tranquilizarme.

—A mí tampoco.

Se acercó y dejó una taza junto a mi mano.

—Café.

—¿Una ofrenda de paz?

—Prudencia dijo que, si seguíamos discutiendo, tendría que empezar a cobrarnos entrada.

Solté una risa.

—Me agrada cada vez más.

—No se acostumbre. También habla mal de usted.

—Imposible.

Roque miró el manuscrito.

Su expresión cambió.

—¿Qué encontró?

Tapé la frase con la mano.

—Ahora resulta que las preguntas sí son agradables.

—Oihana.

—Roque.

—Enséñemelo.

—Diga por favor.

Me lanzó una mirada seca.

—Por favor.

—Mire qué rápido aprende.

Retiré la mano.

Leyó.

El color abandonó su rostro.

Otra vez.

—¿Conoce esa frase?

—No.

—Miente peor de lo que cree.

—Y usted confía demasiado en su capacidad para leerme.

—No hace falta ser experta. Cada vez que algo le preocupa, aprieta la mandíbula y deja de respirar como una persona normal.

Roque me observó.

—¿Me estudia?

—Profesionalmente.

—¿Mi mandíbula forma parte del inventario?

—Podría abrir una categoría.

Se inclinó sobre la mesa.

Su brazo quedó junto al mío.

Demasiado cerca.

—¿Y qué más ha catalogado?

La pregunta llevaba una intención distinta.

Sentí calor en las mejillas.

—Eso sería información confidencial.

—Conveniente.

—Muchísimo.

Roque acercó el rostro.

—Entonces tendré que adivinar.

Mi respiración se trabó.

—Inténtelo.

Sus ojos descendieron a mi boca.

—Mira mis manos cuando cree que no la veo.

Maldito.

—Tiene manos grandes. Llaman la atención.

—También mira mi boca.

—Eso es calumnia.

—Y se toca el labio inferior cuando está nerviosa.

Dejé de hacerlo inmediatamente.

Roque sonrió.

Esta vez sin esconderlo.

Me dieron ganas de besarlo únicamente para borrarle esa satisfacción.

—Qué insoportable.

—¿Eso también va al inventario?

—En mayúsculas.

Un ruido seco sonó dentro del manuscrito.

Ambos nos apartamos.

Una hoja había caído de la encuadernación.

No estaba suelta antes.

La recogí con pinzas.

Era más pequeña que las demás y estaba doblada cuatro veces.

—No la abra.

Miré a Roque.

—Ya sabe cómo termina esa frase conmigo.

—Esta vez hablo en serio.

—¿Las anteriores estaba practicando?

Extendió la mano.

—Démela.

—No.

—Oihana.

—Si alguien escondió esto dentro del lomo, puede explicar quién alteró el volumen.

—También puede ser algo que debería permanecer oculto.

—Esa filosofía es la razón por la que los archivos familiares son una pesadilla.

Abrí el papel.

Había una fecha.

Treinta años atrás.

Debajo, una sola línea:

Cuando la casa vuelva a escoger, no dejen que él se acerque a ella.

El silencio se hizo incómodo.

Miré a Roque.

Él no estaba leyendo la nota.

Me estaba mirando a mí.

—¿Quién escribió esto?

No contestó.

—Roque.

Sus dedos se cerraron alrededor del borde de la mesa.

—Guarde sus herramientas.

—¿Por qué?

—Porque no va a trabajar con ese manuscrito.

—No puede prohibírmelo cada vez que encuentro algo desagradable.

—Sí puedo.

Me levanté.

—Entonces despídame.

La frase lo inmovilizó.

—No diga estupideces.

—Tengo un contrato. O me deja hacer mi trabajo o me explica qué está escondiendo.

—No sabe lo que está pidiendo.

—Empiezo a cansarme de escuchar eso.

Tomé la nota.

Roque me agarró la muñeca.

No con fuerza.

Con miedo.

Ese detalle me desarmó más que cualquier amenaza.

—Oihana, no siga.

—¿Por qué?

Su pulgar rozó mi piel sin querer.

Ninguno apartó la mirada.

—Porque hace treinta años una mujer encontró esa misma frase.

El aire pareció hacerse más pesado.

Miré la fecha otra vez.

—Treinta años —repetí—. La misma cantidad de tiempo que dijo que esta casa llevaba esperándome.

Roque no corrigió la relación.

Eso fue peor.

—¿Era Leocadia?

Su reacción fue mínima, apenas un pestañeo.

Suficiente.

—Así que sí.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Doblé la nota con cuidado.

—¿Ella trabajaba aquí?

—No.

—¿Era familia?

—No.

—¿Su pareja?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Roque me miró con una dureza distinta.

No parecía enfadado. Parecía haber recibido un golpe antiguo en el mismo sitio.

Y, para mi disgusto, sentí una punzada desagradable que se parecía demasiado a celos.

Absurdo.

No sabía casi nada de aquel hombre.

—Eso tampoco es asunto suyo —dijo.

—Entonces deje de convertir todo en un acertijo.

—Hay respuestas que no la protegerían.

—No necesito que me proteja decidiendo qué puedo saber.

Aquello lo hizo callar.

Por primera vez, pareció no tener una réplica preparada esta vez.

Tragué saliva.

—¿Y qué le pasó?

Roque me soltó despacio.

—Murió antes de poder marcharse.

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