Capítulo 5 5
—No vuelva a preguntar por Leocadia.
Roque dijo su nombre como si acabara de cerrar una puerta con llave.
Yo seguía de pie junto a la mesa de restauración, con la nota doblada entre los dedos y una certeza bastante molesta: cuando alguien me prohibía hacer una pregunta, mi cerebro la convertía automáticamente en prioridad.
—Eso ha sonado casi a amenaza.
—Tómelo como quiera.
—Prefiero tomarlo como invitación.
Roque soltó el aire por la nariz.
—¿Siempre es así?
—¿Curiosa?
—Insufrible.
—También.
Guardé la nota dentro de una funda transparente antes de que intentara quitármela otra vez.
—Dijo que Leocadia murió antes de poder marcharse. Eso no es precisamente una explicación.
—Es la única que tendrá hoy.
—¿Era su novia?
Su expresión se endureció.
Había acertado en algún lugar sensible.
—No.
Demasiado rápido.
—Entonces la conocía.
—Oihana.
—¿Qué?
—Deje de empujar.
—Usted lleva dos días poniendo paredes delante de mí. Lo lógico es comprobar cuáles son de verdad.
Roque dio un paso.
Yo no retrocedí.
Error táctico.
Quedamos tan cerca que el borde de la mesa presionó contra la parte posterior de mis muslos. Él apoyó una mano junto a mi cadera y bajó la voz.
—No todo lo que se rompe debe abrirse para ver qué hay dentro.
—Eso es una opinión terrible para decirle a una restauradora.
—No hablo de libros.
—Ya me había dado cuenta.
Sus ojos se quedaron en los míos. El ambiente cambió sin pedir permiso.
Mi cuerpo reaccionó primero: calor bajo la piel, respiración más corta, esa absurda atención a la distancia exacta entre su boca y la mía.
—Está demasiado cerca —murmuré.
—Podría apartarse.
—También usted.
—Podría.
Ninguno lo hizo.
Tuve la brillante idea de mirar sus labios.
Roque lo notó.
Claro que lo notó.
—Esto es una pésima idea —dije.
—Por fin coincidimos en algo.
—No parece muy preocupado.
—Estoy haciendo un esfuerzo extraordinario.
—No se nota.
Su boca se curvó apenas.
Entonces alguien carraspeó.
Prudencia estaba en la puerta con una bandeja.
—Si interrumpo una discusión, puedo volver más tarde.
Me aparté tan rápido que golpeé la mesa con la cadera.
—No discutíamos.
Prudencia miró a Roque.
Luego a mí.
Después al espacio ridículamente pequeño que había quedado entre ambos.
—Naturalmente.
Roque se enderezó.
—¿Necesitaba algo?
—Traje comida porque la señorita Larrea se olvidó del almuerzo.
—No me olvidé.
Mi estómago gruñó.
Prudencia levantó una ceja.
—Su abdomen discrepa.
La odié durante cuatro segundos.
Después vi los bollos calientes y la perdoné.
Roque tomó el manuscrito y la nota.
—Este trabajo termina aquí por hoy.
—Ese trabajo lo decido yo.
—La biblioteca es mía.
—Mis manos también.
—Afortunadamente.
La frase me hizo mirarlo.
Él pareció darse cuenta un instante tarde de cómo había sonado.
Prudencia se dio vuelta para ocultar una sonrisa.
—Voy a comer —anuncié— antes de que esta conversación empeore.
—Difícil.
—No lo rete.
Me llevé un bollo.
Prudencia salió conmigo hacia el corredor.
Esperé hasta que la puerta de la biblioteca quedó atrás.
—¿Quién era Leocadia?
La mujer siguió caminando.
—Tiene usted una perseverancia agotadora.
—Gracias.
—No era un elogio.
—Lo acepto igual.
Llegamos al vestíbulo.
Prudencia dejó la bandeja vacía sobre una consola y me señaló un retrato colocado entre dos ventanas.
No lo había visto antes.
Una mujer de cabello oscuro aparecía sentada junto a una mesa, vestida de azul profundo. No sonreía. Tenía una mirada directa, casi desafiante, que hacía difícil imaginarla obedeciendo a nadie.
En una mano sostenía un pequeño libro verde.
Mi estómago se contrajo.
—Ese libro…
—Sí.
Me acerqué al cuadro.
Una placa dorada debajo del marco decía LEOCADIA VELASCO, 1967-1996.
Veintinueve años.
—Era joven.
—Sí.
—¿Vivió aquí?
Prudencia tardó en responder.
—Durante un tiempo.
—¿Por trabajo?
—No.
—¿Por Roque?
La anciana me miró.
—No debería preguntar cosas cuya respuesta puede herirla.
Solté una risa seca.
—Para que algo me hiera tendría que importarme.
—Entonces no entiendo por qué lleva toda la mañana preguntando si fueron amantes.
Me quedé callada.
Golpe bajo.
Preciso.
—Curiosidad histórica.
—Por supuesto.
—Soy restauradora.
—Eso ya lo ha utilizado como excusa varias veces hoy.
Miré nuevamente el retrato.
Leocadia era hermosa.
No de manera delicada. Tenía una belleza orgullosa, de esas que llenan una habitación aunque solo quede pintura.
—¿Roque estaba enamorado de ella?
Prudencia tomó aire.
—Pregúnteselo a él.
—Ya sabe cómo funciona esa conversación.
—Precisamente.
Antes de marcharse, rozó mi brazo.
—No convierta a una mujer muerta en rival, señorita Larrea. Aquí ya hay suficientes problemas con los vivos.
Me quedé sola frente al retrato.
Saqué el teléfono y abrí el chat de Xiomara.
«Pregunta hipotética: si tu jefe vive encerrado en una mansión, tiene secretos familiares, una mandíbula ofensiva y posiblemente una muerta vinculada a su pasado, ¿cuándo empiezas a buscar otro empleo?»
La respuesta llegó enseguida.
«Antes de que menciones la mandíbula.»
Fruncí el ceño.
«No he dicho que me guste.»
«La llamaste ofensiva. Eso en tu idioma significa que quieres morderla.»
Bloqueé el teléfono.
Mi mejor amiga era una traidora.
Volví a mirar a Leocadia, incómodamente consciente de que acababa de pedir consejo sentimental frente al retrato de una muerta.
—No eres mi rival —murmuré.
Los ojos pintados parecían observarme.
—Y yo tampoco estoy interesada en él.
Una tabla del piso crujió detrás de mí.
—Eso ha sido convincente.
Me giré.
Roque estaba apoyado contra el arco del corredor.
—¿Cuánto escuchó?
—Lo suficiente para sentirme profundamente rechazado.
—Sobrevivirá.
—Eso intento.
La respuesta borró mi sonrisa.
Roque se acercó al retrato.
No miró a Leocadia.
Me miró a mí.
—Prudencia no debería haberle mostrado esto.
—No me mostró nada que no estuviera colgado en su vestíbulo.
—Ese cuadro no estaba ahí esta mañana.
Sentí un frío desagradable entre los hombros.
—¿Qué?
—Lo guardé hace años.
Volví la cabeza hacia Leocadia.
—¿Dónde?
—En el ala oeste.
La regla prohibida.
El libro verde en su mano.
Treinta años.
Algo encajaba, aunque todavía no sabía qué.
—Entonces alguien lo sacó.
—Nadie entra allí.
—Claramente alguien sí.
Roque dio un paso hacia el cuadro.
Lo detuve sujetándolo del antebrazo.
—Espere.
Él miró mi mano.
Yo también.
Otra vez ese calor.
—¿Qué?
Señalé la pintura.
Había algo distinto.
Un detalle que juraría no haber visto antes.
Sobre la mesa junto a Leocadia aparecía ahora una hoja blanca.
No era una pincelada vieja.
La pintura parecía húmeda.
Me acerqué.
En la hoja había palabras.
Cuatro.
Roque leyó por encima de mi hombro.
Su cuerpo quedó pegado a mi espalda durante un segundo, firme, caliente, demasiado real frente a aquel imposible.
—¿Estaban ahí antes? —pregunté.
—No.
Leí en voz alta.
—“No vuelvas a tocarlo”.
Mi garganta se cerró.
Roque me sujetó por los hombros y me hizo girar.
—Suba a su habitación.
—Ni hablar.
—Oihana.
—No voy a esconderme porque un cuadro tenga problemas de comunicación.
—Esto no es gracioso.
—Ya lo sé.
Su cara estaba demasiado seria.
Demasiado asustada.
—¿Leocadia puede hacer eso?
Roque abrió la boca.
No respondió.
Detrás de él, algo raspó el lienzo.
Ambos nos volvimos.
La hoja pintada había cambiado.
Ahora solo decía una frase.
Y esta vez no necesité leerla en voz alta.
Roque sí.
—Leocadia no está hablando de mí —dijo.
—Entonces ¿de quién?
Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—De usted.
