Capítulo 6 6

―¿De mí qué?

Roque no respondió enseguida.

Se acercó al retrato y señaló la hoja pintada junto a la mano de Leocadia. Las palabras ya no eran las mismas.

LA CASA YA LA TOCÓ.

El frío me subió por los brazos.

―Eso estaba escrito antes.

―No.

―Me refiero a la otra frase.

―Lo sé.

Su tono me irritó porque sonaba demasiado tranquilo para alguien que acababa de informarme de que una mansión posiblemente consciente había decidido tocarme.

―¿Y exactamente qué significa?

Roque se volvió hacia mí.

―Enséñeme las manos.

―Qué romántico.

―Oihana.

Extendí ambas.

Él las tomó sin pedir permiso y las giró bajo la luz. Sus dedos recorrieron mis palmas, las yemas, el interior de mis muñecas.

El contacto debería haber sido clínico.

No lo fue.

Roque tenía las manos calientes. Yo tenía demasiada memoria.

Recordé su palma en mi cintura, su cuerpo detrás del mío en la escalera, el escritorio contra mis muslos unas horas antes.

―¿Busca mordidas? ―pregunté.

―Marcas.

―Eso aclara muchísimo.

Su pulgar se detuvo sobre mi muñeca izquierda.

La misma que había sujetado dos veces.

Su expresión cambió.

―¿Qué?

Intenté retirar la mano.

No me dejó.

―Esto no estaba ayer.

Bajé la mirada.

Una línea rojiza rodeaba mi muñeca. Fina. Casi parecía la marca que deja una pulsera demasiado ajustada.

―Puede ser del elástico del guante.

―No utiliza guantes con elástico ahí.

Maldito fuera por prestar atención.

―Tal vez me conoce demasiado para llevar dos días conmigo.

―Tal vez usted habla demasiado.

―Eso es injusto.

―Y cierto.

Deslizó un dedo bajo la marca.

Se me cortó la respiración.

Roque levantó los ojos.

Lo había notado.

Por supuesto.

―¿Le duele?

―No.

―¿Quema?

―No.

―¿Siente algo?

Lo miré.

―En este momento, sí.

Su mano se quedó inmóvil.

Prudencia carraspeó detrás de nosotros.

No la había oído regresar.

―Voy a empezar a llevar una campana.

Retiré la muñeca.

―Me parece una excelente idea.

―A mí también ―dijo ella―. Así quizá dejen de mirarse como si la casa no estuviera intentando matarnos.

Roque volvió al retrato.

―Hay que retirarlo.

―¿Y llevarlo al ala oeste? ―pregunté.

―Sí.

―Entonces voy con usted.

―No.

―Ahí está otra vez.

―¿Qué cosa?

―Su enfermedad favorita. La prohibición sin explicación.

Prudencia dejó escapar un suspiro.

―Señor Roque, si la manda arriba, bajará por otra escalera.

―Gracias por la confianza ―dije.

―No era confianza.

Roque cerró los ojos un segundo.

―Cinco minutos. Los dos. Después vuelve a su habitación.

―Mi habitación está perfectamente bien.

―Ya no.

La sonrisa se me borró.

―¿Perdón?

Señaló mi muñeca.

―La casa llegó hasta su puerta anoche. Ahora esto. Dormirá en otra habitación.

―¿Cuál?

―La que está frente a la mía.

Prudencia tomó el retrato antes de que pudiera verle la cara.

―Prepararé las sábanas.

―Prudencia.

―¿Sí?

―Está disfrutando esto.

―Muchísimo.

Se marchó con el cuadro.

Miré a Roque.

―¿Frente a su habitación?

―Es la zona más protegida.

―Claro.

―¿Qué significa ese tono?

―Nada. Solo estoy valorando la extraordinaria coincidencia arquitectónica.

Dio un paso hacia mí.

―Si piensa que he organizado una maldición familiar para acercarla a mi dormitorio, me concede demasiado tiempo libre.

―Vive encerrado en una mansión.

―Punto para usted.

No pude evitar sonreír.

Él también.

Ese pequeño cambio en su cara seguía siendo peligroso.

Más que las voces.

Más que el libro.

Porque cada vez quería verlo otra vez.

Subimos juntos para trasladar mis cosas.

Mi nueva habitación estaba al otro lado del corredor de la suya. Más pequeña, más cálida y con una ventana orientada al mar.

Dejé la maleta sobre la cama.

―¿Aquí las paredes no hablan?

―Hablan menos.

―Qué tranquilizador.

Roque comprobó el cierre de la ventana.

Yo me quedé junto a él.

―¿Leocadia durmió aquí?

Su espalda se tensó.

―No.

―¿En su habitación?

Se volvió despacio.

―Otra vez.

―Solo pregunto.

―No. Está comprobando si tiene motivos para ponerse celosa.

Abrí la boca.

La cerré.

Odié que tuviera razón lo suficiente para mentir.

―No estoy celosa de una muerta.

―Excelente.

―Solo quiero saber qué relación tuvo con ella.

―Ninguna que se parezca a lo que está imaginando.

―Eso sigue siendo evasivo.

Roque apoyó una mano en el marco de la ventana.

―Leocadia no fue mi novia.

―Pero la casa la eligió.

Silencio.

Mi estómago cayó.

―¿La eligió para usted?

―La casa decidió que debía quedarse.

―No es lo mismo.

―Aquí suele serlo.

La frase me dejó un sabor desagradable.

―¿Ella quería quedarse?

Roque miró hacia la ventana.

―Al principio.

―¿Y después?

―Después quiso marcharse.

Pensé en la fecha del retrato. Veintinueve años. Pensé en la nota escondida dentro del manuscrito.

―Y no pudo.

―No.

―¿Porque usted se lo impidió?

Su mirada volvió a mí con una dureza que me hizo arrepentirme de inmediato.

―Nunca encerré a Leocadia.

―No he dicho encerró.

―Lo pensó.

Tenía razón.

―¿La quiso?

Esta vez no contestó.

Ahí estaban de nuevo sus silencios. Algunos parecían puertas. Ese parecía una tumba.

Me obligué a no apartar la vista.

―¿La besó?

Roque soltó una risa sin humor.

―Tiene una capacidad impresionante para encontrar la pregunta menos conveniente.

―Es un talento.

―No voy a hablar de Leocadia con usted mientras me mire así.

―¿Así cómo?

―Como si estuviera decidiendo si puede odiar a una mujer muerta.

―No la odio.

―Todavía.

―¿Y ahora me eligió a mí?

Su mandíbula volvió a tensarse.

Me reí sin humor.

―Claro. Demasiada honestidad para un solo día.

Intenté pasar a su lado.

Roque me sujetó por la cintura.

No fuerte.

Lo suficiente.

―No sé qué quiere la casa de usted.

―Mentira.

―Sé lo que temo.

―Entonces dígamelo.

―No.

―Suélteme.

No lo hizo.

Su pecho casi tocaba el mío.

―Si la suelto, va a seguir buscando respuestas sola.

―Sí.

―Va a entrar donde le he pedido que no entre.

―Probablemente.

―Y va a conseguir que algo la lastime.

―Eso parece preocuparle mucho.

Sus dedos se tensaron sobre mi cintura.

―Más de lo que debería.

La habitación se quedó demasiado quieta.

Levanté la cara.

―Eso tampoco es una respuesta.

―Es la única que puedo darle sin mentirle.

―Pues pruebe con otra cosa.

No sé quién se movió primero.

Tal vez fui yo.

Tal vez fue él.

Su boca cayó sobre la mía con una brusquedad contenida durante demasiado tiempo.

No fue un beso cuidadoso.

Fue una discusión sin palabras.

Le agarré la camisa a la altura del pecho y Roque me empujó suavemente contra la pared. Su mano subió de mi cintura hasta mi nuca. La otra quedó en mi cadera.

Lo besé más fuerte.

Él soltó un sonido bajo contra mi boca.

Eso fue un error.

Uno excelente.

Sus labios bajaron a mi mandíbula, luego al cuello.

Incliné la cabeza antes de recordar que pretendía tener criterio.

―Roque.

Se detuvo.

―Dígame que pare.

Abrí los ojos.

Su respiración estaba tan alterada como la mía.

―No he dicho eso.

Volvió a mirarme la boca.

Una voz femenina habló desde dentro de la pared.

Clara.

Cercana.

Terriblemente divertida.

―A mí también me besó así.

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