CAPÍTULO CIENTO VEINTIOCHO

ISABELLA

La cama se hunde y unos brazos fuertes me atraen hacia ellos. Me acurruco aún más y respiro su olor. Dios, cuánto extrañé a Melo. ¿Melo? Él no está aquí.

Esa conciencia despeja la niebla del sueño de mis ojos y me doy cuenta de que alguien de verdad me está abrazando.

—Relájate, bebé, so...

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