CAPÍTULO CIENTO CINCUENTA Y CINCO

ISABELLA

Me despierto con las piernas abiertas de par en par y Melo comiéndome.

—Muy buenos días para ti también —digo, aferrándome a las sábanas.

Levanta la cabeza, me guiña un ojo y vuelve directamente a lo que estaba haciendo. Gimo, pero me contengo y miro hacia la cuna.

—Melo, la bebé.

—Está en...

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