CAPÍTULO CIENTO SESENTA Y DOS

ISABELLA

Sentir unos brazos rodeándome me hace abrir los ojos.

—Hola, amiga —susurra Sarah.

Me quedo con la boca abierta y me vuelvo hacia ella.

—¡Dios mío, Sarah! ¿Qué haces aquí?

Ella se ríe y me abraza más fuerte.

—Tu encantador esposo me llamó anoche y me subió a un avión. Fui a casa a rec...

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