CAPÍTULO 200

ALEXANDER

Leo se había ido hacía quince minutos.

Quince malditos minutos, y yo seguía sentado aquí como un idiota, mirando el mismo punto en la pared donde la puerta se había cerrado tras él.

La carta de Santos descansaba doblada sobre el escritorio frente a mí, pero no la había vuelto a tocar.

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