CAPÍTULO 239

ALINA

Ahí estaba, con nada más que una maldita toalla: el mismo hombre que acababa de destrozarme, viéndose como una especie de dios griego recién salido de la ducha.

Su cabello oscuro, mojado, caía en ondas desordenadas desde la cabeza, y las gotas se deslizaban por su cuello.

Basta.

Me mintió....

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