Capítulo 5 Crueldad.

Aquella mañana se sentía diferente, el cielo gris y el aire frio anunciaban que el otoño ya había dado comienzo, y Alma caminaba usando un collarín hacia su trabajo; su viejo auto, el que su madre le había regalado cuando ella era apenas una adolescente, había terminado hecho una ruina después de su accidente, y no podía permitirse el repararlo o comprar uno nuevo.

La vida parecía pintarle mal, como muchas veces antes le había pasado, ya no podía usar nunca más legalmente el apellido Ortega, y esa mañana había tenido que acudir a las oficialías correspondientes a poner en regla toda su documentación, o podría tener riesgo de perder incluso su trabajo.

Entrando finalmente a su consultorio, Alma se sintió un poco más a salvo; su padre y hermana jamás acudían al hospital para molestarla, pues al ser un hospital de gente ordinaria, ellos se sentían ofendidos. Sentándose tras de su escritorio, acomodó su bolso notando aquella tarjeta que sobresalía entre sus cosas, tomándola, vio en ella el número de Emiliano Daurella, y quiso romperla, sin embargo, no se atrevió a hacerlo.

Aquella propuesta que el gemelo de su ex le había hecho, superaba por mucho a todo lo que era razonable. Por supuesto, quería vengarse e iba a hacerlo, pero no con la ayuda de ese hombre al que apenas y conocía un poco. Emiliano siempre le había parecido mucho más alegre y amigable que Emilio, con una picardía y entusiasmo que su ex no tuvo jamás, pero aquellos rumores que sobre él se decían, la hacían temblar; esa fama de jugar con las mujeres y luego botarlas, de ser un ludópata y alguien generalmente tan despreocupado de la vida, chocaba con ella que siempre había sido seria y entregada a sus estudios y proyectos; solo imaginarse casada con alguien así la hacía sentir escalofríos.

No había manera en que ellos lograran entenderse, además, estar con alguien tan físicamente parecido a su ex le resultaba incomodo y doloroso.

Amelia parecía entusiasmada, en sus redes sociales aún no había anunciado su compromiso con Emilio Daurella, lo que significaba que daría su anuncio a lo grande, con bombos y platillos por todo lo alto de lo más fino, así era ella. Suspirando, y sabiéndose despojada de su apellido paterno y de su prometido en favor de su hermana menor, sintió ganas de volver a llorar…pero no podía permitirse aquello.

—¡Buenos días estrellita, la tierra te dice hola! — dijo Ramon demasiado entusiasmado entrando al consultorio de Alma con aquel ramo de hortensias que Emiliano había llevado para ella el día anterior.

Saliendo de sus pensamientos tan repentinamente, Alma le dio una mirada severa a su mejor amigo.

—Dios, me has espantado, ¿Y porque has traído esas flores aquí?, no las quiero, por eso las boté. — dijo la hermosa joven de cabellos castaños.

—Oh vamos, son preciosas, un regalo así no puedes rechazarlo, en el lenguaje de las flores las hortensias significan abundancia y gratitud, además, también tiene camelias, lo que promete un amor eterno, quien te dio este ramo realmente quiere darte un amor sincero, abundante y agradecido, no deberías tan solo desechar así los sentimientos de otros, y como dice el dicho, después de un cucaracho llega un buen muchacho. — dijo Ramon acomodando las flores en un hermoso jarrón de cristal para dejarlas a la vista de Alma.

Alma resopló.

—Dudo mucho que quien me las dio conozca el lenguaje de las flores, seguramente tomó el primer ramo de flores que encontró listo. Ahora ya ve a tu consultorio, nuestro turno ya dio comienzo y tendremos problemas si te vuelven a sorprender aquí. — respondió Alma.

Saliendo como alma que lleva el diablo, Ramon dejó sola a la castaña. Mirando aquel jarrón con las flores que le dio Emiliano Daurella, sonrió un poco con ironía; seguramente en algún momento escuchó a Emilio decir que eran sus flores favoritas y por ello las había comprado para ella, sin embargo, se sintió melancólica al recordar que Emilio, a pesar de que ella siempre se lo dijo, jamás le había regalado un solo ramo de ellas; siempre parecía que llevaba demasiada prisa y compraba las primeras flores que se le atravesaban. Acariciando las hortensias, sonrió.

—Después de un cucaracho… — musitó Alma en voz baja.

Lejos de allí, Emiliano miraba las notificaciones de sus correos; el valor de las acciones de su empresa se había elevado nuevamente, y pronto estarían a la par de los negocios de su padre y hermano, así como de los Ortega; solo era cuestión de meses o un año más para superarlos, y debía de tener paciencia. Mirando un nuevo mensaje que entraba en su bandeja, sonrió al notar que este era una invitación enviada por el asistente de su hermano, el anuncio del compromiso de Emilio con Amelia se haría el fin de semana, y él había sido invitado para compartir ese momento, aunque, tal vez, por error.

Emilio conocía muy bien los sentimientos que el guardaba hacía Alma, y de ninguna manera iba a aceptar ante el que la había dejado por su hermana menor, pues, conociéndolo como lo hacía, seguramente pretendía guardar a su ex prometida como su muñeca adorada sin permitirle estar con otro hombre…pero el, no le iba a dejar tener a ambas mujeres así de fácil.

Mostrando una sonrisa arrogante y descubriendo sus brazos tatuados, sonrió al pensar en Alma; aquella mujer al igual que su madre, siempre había sido capaz de distinguirlo de Emilio, y aquellos tatuajes eran la prueba de lo mucho que odiaba el ser idéntico a su hermano; por cada vez que alguien lo confundió con Emilio, él se tatuó algo en el cuerpo para marcar una diferencia, y con Alma en sus pensamientos, el mayor de los gemelos Daurella entraba a aquel local; estaba decidido a conquistar el corazón de aquella mujer a la que su hermano había despreciado, y tomar todo lo que debía de haber sido suyo desde el comienzo. En la florería, Emiliano esperaba pacientemente a que un nuevo ramo de hortensias fuese terminado, recordaba como Alma se emocionaba demasiado con los arbustos de ellas que había en los jardines de la mansión Daurella, y desde entonces supo que eran sus flores predilectas.

—Por favor, coloque en el ramo los girasoles más grandes que tenga…quiero que ella entienda, que lo que estoy ofreciendo, es sincero. — dijo Emiliano encondiendo en su costoso saco aquel pequeño libro que decía, “El lenguaje de las flores”.

En ese momento, y al correo de Alma llegaba una invitación personalizada de parte de Amelia.

“Querida hermana:

Este sábado Emilio y yo anunciaremos formalmente nuestro compromiso para casarnos la semana siguiente como estaba pactada tu boda con él, quiero que asistas para compartir nuestra inmensa felicidad, y también, quiero que traigas contigo el vestido de novia que usarías, es una fortuna que seamos de la misma talla, sé muy bien que ese fue el vestido que usó nuestra abuela el día de su boda y tu mandaste arreglarlo para la tuya, así que lo quiero, no me decepciones. Con amor, Amelia.”

Alma rio de ironía ante el nuevo capricho de su hermana menor, aquel vestido de novia era el recuerdo más valioso que su abuela paterna le había dejado a ella como herencia antes de morir, de ninguna manera iba a cederlo. Estaba segura, además, de que Amelia estaba mintiendo con su enfermedad, e iba a averiguarlo a toda costa con sus conocimientos médicos. 

—Voy a desenmascararte Amelia, tarde o temprano todos van a saber quién eres realmente. — dijo Alma como una promesa.

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