Ciento ochenta y cuatro

El día amaneció con un frío mordaz, de esos que se meten en los huesos sin importar cuántas capas de ropa lleves. Las órdenes de Victor habían sido claras: los lugares que Dante proporcionó necesitaban reconocimiento inmediato, pero la discreción era primordial. No podíamos arriesgarnos a alertar a ...

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