Setenta y dos

El sonido de los pasos se hacía más fuerte, retumbando como un tambor en mis oídos. Las palabras de Amelia aún flotaban en el aire, desafiantes e inquebrantables:

—No me voy a ninguna parte.

Quería discutir, decirle que este no era el momento para fanfarronear o ser imprudente. Pero algo en su voz...

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