Capítulo 3 Capítulo 3
—¿Caty?... —susurra entreabriendo sus ojos somnolientos.
—Todo está bien mamá... Duerme, ya estoy aquí —le digo con ternura.
—¿Vas a cenar? —Trata de pararse, pero la detengo.
—No te preocupes ya cené. —Miento. Si era honesta solo desayuné lo que me dieron en el café, pero no interesa tanto. Hay unos cuantos huevos hervidos que serán su comida de mañana, no quiero quitárselos, ella los necesita más que yo—. Duerme, yo iré a dormir igual.
La vuelvo a besar, se acuesta y apago la luz antes de salir del cuarto y regresar a la sala, donde me acuesto en el único sillón viejo que tenemos, donde yo duermo desde hace mucho tiempo. Me cubro con una cobija delgada mirando directamente a la oscuridad del cuarto, pequeñas gotas de agua empiezan a mojar mi mejilla, mi vida es un maldito desastre. ¿Porque es tan difícil querer estar bien?
Un lugar donde vivir, donde no falte la comida en la mesa, donde mi mamá no esté muriendo por una enfermedad que no puedo pagar. No importa cuánto trabaje o cuanto esfuerce, no puedo lograr lo que quiero, y no es que pida lujos, ni cosas caras, solo pido sobrevivir.
La voz entrecortada de mi mamá pidiendo ayuda hace que me ponga de pie a toda prisa. Sin tiempo de poder ponerme los zapatos. Se mueve incontrolablemente en la cama mientras lleva una de sus manos a su pecho y abre los ojos exasperada.
Es una más de sus crisis, rebusco en el buró donde se supone tiene que estar su medicina, pero al abrirlo no queda nada, la sangre baja rápidamente de mi cerebro al sentirme impotente.
No hay, ya no hay más medicamento. Miro a mi madre, apenas han pasado unos segundos, segundos donde ella está sufriendo y no sé qué hacer, ahora soy yo quien siente el corazón estallar por la impotencia. Puede morir si no le doy su pastilla, maldigo mil veces, tenía que comprársela hace días, pero sin dinero. ¿Qué podía hacer? Joder.
Salgo de prisa hacia la cocina, donde se supone están otros medicamentos, busco en los recipientes, pero todos están vacíos, hasta que al fin encuentro una pastilla, la última, sirvo agua y regreso con mi mamá de inmediato, la levanto para que pueda tragar el medicamento y luego le doy un de agua.
Luego de otros segundos, por fin empieza a reglar poco a poco su respiración y siento como mi alma vuelve a mi cuerpo, suspiro de alivio.
—Estoy bien mi amor, tranquila —dice con su voz ronca al mirarme llorar. Me adula la mejilla, limpiando con sus dedos mis lágrimas, no puedo aguantar ante ella y llorar después sin que me vea, me aterroriza la sola idea de que muera. ¿Que haría sin mi mamá?
—Lo siento. —Le pido y la abrazo con mucha fuerza.
—¿Porque lo sientes mi amor? —me dice con ternura.
—Debí comprarte el medicamento —digo entre sollozos.
—Tranquila cariño... Yo lo siento más, soy una carga para ti. —La miro y está llorando igual.
No, no puedo verla así, no quiero que crea que es una carga para mí, por esa razón siempre me guardo el dolor para mi sola—. Cat, tu deberías de estar terminando la universidad y no estar matándote en el trabajo hasta tarde por una vieja enferma como yo.
—Por favor no digas eso... Eres todo lo que tengo... Lo único que me importa, si tú me faltaras...
—¡Shh! Ya pasó, no pienses en cosas tristes. —Asiento para tranquilizarla, pero estoy muy preocupada, no tiene medicamento. ¿Si le da otra crisis y no estoy? Sin embargo, si estuviera aquí con ella, no serviría de mucho ayuda si no hay como controlar sus ataques.
Mierda, me muerdo el labio.
—Ve a dormir hija, estoy más tranquila. Es mejor que descanses. —Me retiro cabizbaja para dejarme caer sobre el sofá.
¿Qué debo hacer?... Nuevamente la conversación con Jessica se impregna a mi mente, pero niego. ¿Pero si mi mamá vuelve a tener otra crisis? Si no tendría que pagar la renta podría comprar su medicina con el dinero que he juntado hasta ahora, pero si no pago el alquiler es seguro que nos echaran a la calle, se encontraba en un maldito dilema.
"Tendrías para un mes de tratamiento de tu madre más medicamentos"
Me siento en el sofá y me pongo los zapatos, salgo del apartamento, solo hay una solución a mis problemas y aunque me duela admitirlo esa solución era convertirme en prepago.
Después de las doce de la madrugada estoy en frente de la casa de Jessica. Era enorme, ocupaba casi toda la calle, es muy bonita, de dos pisos, color crema con rematados de madera y un portón de acero negro. Llamo varias veces hasta que la voz de Jessica suena por el parlante a mi lado.
—¡Carajo! ¡¿A caso no sabes qué hora es?! —Jessica dice molesta.
Me siento indecisa, nerviosa por lo que pudiera pasar, que no tomo en cuenta el tono con el que me responde. ¿Y si regreso a casa y pienso en otra manera de solucionar mis problemas? Tiene que haber otra manera de poder salir de esto. Maldición. A quien engaño, no había más.
—Soy yo... Catherine —digo al fin.
¿Y si Jessica está bromeando al ofrecerle ser prepago y ahora sale y se burla en mi cara por la gran broma que me hizo? No me considero bonita como dijo que soy, ni mucho menos que tengo buen cuerpo. Jessica se asoma por la puerta de su casa, vestía una bata de seda fina color rosa, y no sé si me mira feliz o sorprendida.
—Vaya, no pensé que vendrías tan rápido —dice engreída.
¿Estaba tan segura de que vendría?
Me muerdo el labio, insegura, mis manos tiemblan ante la expectativa y estoy un poco asustada, ese instante me doy cuenta en que hace frío, mis dientes titiritean, por las prisas no he traído suéter.
—Anda, entra —me dice abriendo el portón. No digo nada mientras camino detrás de ella.
Jamás he estado ahí antes, pero me sorprendo al ver lo bonita, grande y lujosa que es su casa, por un momento me pregunto si tendré algo así algún día.
