Capítulo 1 Capítulo 1: Feliz cumpleaños
Sabrina Bianchi
Corro lejos de la casa.
Jadeo cansada, el esfuerzo es insoportable. Correr. Esconderme. Correr de nuevo y rogar al Dios que me oiga para que los perros no me sigan.
Una luz a lo lejos me dice que no han perdido mi rastro. Sigo corriendo.
Llego a las vallas que delimitan el terreno, miro a todos lados, las piernas me duelen y sé que esta es mi última oportunidad. Salto la vieja madera gastada y podrida, y me lanzo a la libertad.
Pero, no todo puede ser bueno.
La oscuridad no me ayuda, la luna se ha ocultado tras las nubes y no veo por donde voy. Estoy tan desorientada. Pensaba que iba directo a la carretera, pero mis pies, de pronto, se encuentran con el vacío.
Caigo en un abismo oscuro, frío y cruel. Las ramas que sobresalen me lastiman, me arañan la piel y la sangre corre. Grito, pero no me oigo. Hasta que mi cuerpo impacta con fuerza con el rocoso suelo al fondo de ese abismo.
Me siento en lo que llamo cama, agitada, miro a todos lados y me paso las manos por el rostro, estoy bañada en sudor. Miro el reloj en mi muñeca, ese que se supone era de mi madre biológica y cierro los ojos.
Trato de respirar, de llenar mis pulmones de aire, me dejo caer hacia atrás y miro el techo pobremente iluminado por el amanecer y mis lágrimas se salen sin que las pueda controlar.
No sé si es por el sueño. O si es por mi miserable vida o…
—Feliz cumpleaños, Sabrina —susurro con la voz temblorosa—. Ya tienes edad para que te vendan como un trozo de carne.
Y mi mente repasa los dieciocho años de mi existencia.
Mi historia es simple, como yo. Mi padre, adoptivo, es Augusto De Florenti, un empresario reconocido e importante. Hace dieciocho años tuvo una niña a la que llamaron Rose De Florenti. Pero, producto de sus negocios y de su acercamiento en la política, esa niña fue secuestrada y su esposa asesinada.
Unos meses después, lo enviaron al cementerio, donde estaban ambas enterradas. El dolor de perderlas lo volvió frío con todo el mundo, excepto con sus dos hijos mayores.
Por ellos se casó de nuevo con una mujer mala, ponzoñosa y perversa, Dalila.
Dalila mataría por mis hermanos, o eso es lo que ella dice. Después de todo, son los hijos de su hermana gemela, esa que ella dice haber amado tanto y por la que sufrió.
Cuando la hija asesinada de Agusto cumpliría un año, me eligió a mí, una pobre huérfana que fue recogida en una plaza de Roma y que solo tenía la nota de su madre.
Tenía aproximadamente un año, por lo que mi nuevo padre quiso dejarme a mí como reemplazo de la niña que perdió. Y por quince años me amó, o eso creía yo.
Porque todos los niños aprenden qué es el amor de una manera distinta.
Para mí era levantarme a las cinco a preparar el desayuno para la familia, darme la ropa que mi prima desechaba y castigarme si no tenía la calificación más alta en la escuela.
Sin embargo, todo eso cambió cuando Rose apareció en sus vidas. No la mataron, solo le hicieron creer esa mentira a mi padre para desestabilizarlo, pero nunca lo consiguieron. Rose escapó luego de oír quién era su padre y, luego de las pruebas de ADN, la hermosa e inteligente heredera tomó su lugar.
Mi lugar.
Y si antes me sentía excluida y despreciada por mi padre, luego de su llegada todo empeoró.
Tengo tres años siendo la escoria de la familia, de cuyo apellido nunca fui merecedora. Los maltratos de Dalila aumentaron con el tiempo y, ahora que he cumplido mi mayoría de edad, estoy destinada a casarme con un viejo que me triplica la edad para asegurar un trato billonario y para salvar a Rose de semejante destino.
Tanto mi padre como Dalila le han hecho creer a todos que yo soy la hija predilecta, el orgullo de la familia y sé que es para proteger a Rose, evitar que sirva para un trato sucio con cualquier hombre.
Por eso mismo, es mucho más doloroso.
Salgo de la cama, me miro en el espejo quebrado que desecharon aquí y siento que me divido en dos, tal como en la imagen que me regresa el cristal. A veces siento que me ahogo, que no debería estar en esta asquerosa bodega.
Suspiro con tristeza y una voz estridente me interrumpe.
—¡Sabrina, el desayuno!
Los golpes de Gertrudis me sobresaltan, me visto con rapidez y salgo de mi cuarto atándome el cabello. Llego a la cocina, miro todo el lugar y busco rápidamente los ingredientes para el desayuno. Muevo mis manos todo lo rápido que puedo.
—Niña, se te están quemando los huevos —me dice Gertrudis, mientras corta los vegetales para la tortilla de la bruja.
—No, están bien… —jadeo, moviéndome de un lado para otro.
El primero en llegar es mi padre. Arruga la nariz por la mezcla de olores, pero se sienta con el periódico y golpea la mesa con su taza.
Corro a servirle café, cuidando de no tener un «accidente» como aquel que me dejó la marca roja en el dorso de mi mano izquierda hace un año.
Rose estaba molesta porque no la eligieron para el papel de Odette en una obra de la escuela, en su lugar, me eligieron a mí. Puso su pie en mi camino y, no solo me quemé la mano, lo que no me dejó ser Odette, sino que rompí la cafetera.
La tuve que pagar con el dinero que no me dan jamás.
Dalila llega con mis hermanos, los tres listos para salir a la empresa. Me apresuro en colocar sus platos frente a ellos y Dalila me ignora, como siempre.
Lucciano me sonríe, gesticula gracias y disfruta de su sándwich. La última en llegar es Rose, con una tiara y todos se ponen de pie para decirle feliz cumpleaños.
Ya no duele que no hagan lo mismo conmigo, es lo de menos, ahora me interesa más que no me casen con ese viejo a un simple abrazo.
Todos terminan de desayunar, salen de la cocina ignorándome por completo, excepto por Lucciano. Se acerca, mira que Gertrudis se pierda en la bodega y me da un abrazo rápido, un regalo pequeño y se coloca el dedo en la boca.
—Feliz cumpleaños, mi hermana favorita —susurra, me guiña un ojo y me da un beso en la frente, antes de correr fuera de la cocina, porque papá lo está llamando para irse.
Escondo la pequeña cajita entre mi ropa, levanto rápidamente todo de la mesa y me dispongo a limpiar. Tras dejar todo impecable, corro a eso que llamo mi cuarto, tomo mis cosas y salgo disparada a tomar el autobús para ir al instituto.
Pero cuando llego, veo que nadie espera y eso solo significa que lo perdí.
—Maldición… —otra vez no—. Feliz cumpleaños, Sabrina.
