Capítulo 2 Capítulo 2: El disfraz

Sabrina Bianchi

Miro a todos lados, comienzo a correr para tomar el siguiente autobús, hasta que un auto negro se aparca a mi lado. Me paralizo, porque es normal que secuestren jovencitas. No es que sea la más hermosa, pero estoy sana y mis órganos seguro que sí deben ser hermosos para un millonario que se muere y está dispuesto a pagar lo que sea para seguir viviendo.

Uno de los vidrios baja y una mujer con una enorme sonrisa me habla.

—¿Necesitas que te lleve, cariño? Es peligroso andar por estas calles sola a esta hora.

—Está bien, gracias —le respondo con nerviosismo.

—Por favor, niña. Se nota que llegarás tarde a donde sea que vayas y hace unos días secuestraron a una chica a unas calles de aquí.

El vidrio trasero baja y una jovencita, como de mi edad, me sonríe.

—Súbete, no nos perdonaríamos si algo te ocurre.

Dudo un poco, pero es lo mejor a irme corriendo, porque jamás llegaría a tiempo. Me subo con rapidez, me coloco el cinturón de seguridad y respiro hondo para no mostrar que estoy nerviosa.

—Juliette Mancini —me dice la chica, extendiendo su mano y sonriendo—. Es mi primer día en el nuevo instituto. ¿A dónde vas tú?

—Al instituto para señoritas…

—¿Al Santa Catalina? ¡Yo también! Mamá, tengo una amiga nueva.

—Eso es bueno, cariño —dice la mujer al volante—. ¿Cómo te llamas, linda?

—Sabrina… Sabrina Bianchi.

—Es un gusto conocerte —responde la mujer—. Yo soy Odette.

Me quedo tranquila, de momento, pero la mirada fugaz que me da de vez en cuando la señora Mancini me pone nerviosa. No es la mirada dulce de una madre, sino de una mujer que oculta algo, o solo es la paranoia.

Tal vez estoy tan aterrada con Dalila, que veo en todas las mujeres adultas dobles intenciones que no existen.

Al llegar al instituto, Juliette se baja y se engancha de mi brazo. Caminamos juntas, mientras ella se despide de su madre. Sin embargo, en cuanto entramos, mi nueva amiga es apartada de mí y el grupo de bravuconas que sigue a Rose me rodea.

—Feliz cumpleaños, hermanita —sisea con odio Rose y aprieto las manos, porque ya sé lo que se viene—. Me olvidé de darte mi regalo en la casa. Pero nunca es tarde para hacerlo…

Están a punto de tirarme un bote de pegamento, pero una voz se alza y las detiene.

—¿Qué está pasando aquí, señoritas?

El profesor Tornini las detiene y se alejan rápidamente. Me quedo algo aturdida, temblando y sintiendo que las piernas me fallarán en cualquier momento.

—Gracias, profesor —es todo lo que puedo decir.

—No hay de qué, Sabrina. Feliz cumpleaños —me da un pequeño regalo y se aleja.

Tal vez, no sé si será así, el señor Tornini es lo más cercano que podría tener de una figura paterna. Juliette se acerca a mí y me abraza.

—¡¿Estás de cumpleaños?! Yo tengo que darte un regalo.

—No, claro que no… —se saca su collar y yo niego con vehemencia—. No, claro que no, tu madre se molestará.

—Me lo compré yo, con el primer sueldo que gané como niñera de unos niños muy odiosos. Te lo doy, feliz cumpleaños.

Lo acepto y sonrío, es realmente bello. Ella me ayuda a colocármelo, nos metemos dentro y vamos a la dirección, para que le den la orientación. Estamos en la misma clase, así que nos vamos juntas.

Rose sea acerca para molestarme de nuevo, pero esta vez Juliette se enfrenta a ellas, no solo con palabras, sino que también le tuerce la mano a una de las amigas de Rose.

—¡Esto lo sabrá mi padre, que es muy importante!

—Y mi padre es juez en la suprema corte, veremos quién los tiene más grandes, ¡largo de aquí, urracas!

Se van lejos y yo me río, porque es la primera vez que no me lastiman. Miro a mi nueva amiga y ella se ríe conmigo.

—Es mentira. Mi padre murió hace años, solo vivo con mi madre. Pero eso ellas no deben saberlo.

El día se pasa entre las clases, Rose tratando de buscar el momento para acercarse a molestarme, y cuando al fin podemos irnos a casa, Juliette se ofrece a llevarme. Me despido de ella y su madre con una enorme sonrisa, entro a la propiedad de los De Florenti y camino a la casa en silencio.

Sin embargo, cuando voy llegando, noto que algo pasa. Hay demasiado movimiento, un par de camiones bajando adornos, flores y cuanta cosa se le podría antojar a Rose para su fiesta.

Camino por el costado, para evitar entorpecer y así puedo irme directo a mi cuchitril. Seguro tendré que ponerme en manos de Gertrudis, para que me mande a limpiar, servir, decorar o lo que sea que Dalila se negara a pagar extra.

Sin embargo, nada más entrar, veo que está la bruja con su secuaz hablando de mí. Las dos se callan y Dalila se acerca a mí.

—¡Qué bueno que llegas! Toma, quítate el olor a puerco y ponte esto —me lanza una bolsa, de esas que contienen vestidos lindos y casi me emociono, pero ella me corta todo—. No sonrías mucho. Es solo para que vean que tratamos a las dos por igual, pero que te quede claro, es el cumpleaños de Rose.

Se marcha, yo me voy a la bodega y saco el vestido. Por supuesto, es rosado, un color que detesto. Con volantes, demasiado abultado y, para Rose, podría ser el de una princesa. Pero para mí, es una burla a mi carácter.

—Es mejor que nada, Sabrina. A disfrazarte para hacerlos parecer una buena familia.

Y comienzo a prepararme, pensando en que la fiesta pueda terminar pronto para mí, porque no soporto oír los comentarios que alaban a Rose a costa de mí, que suele ser siempre.

Aunque eso no es lo que más me perturba ahora, si soy honesta, preferiría morir antes que perder mi libertad. A ver si logro escapar de ese maldito matrimonio al que me quieren forzar.

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