Capítulo 3 Capítulo 3: La huida que salió mal

Sabrina Bianchi

Los golpes en mi puerta casi la tumban, al abrir, veo a mi padre y bajo la mirada de inmediato. Entra y noto que mira con asco todo el lugar. Sí, yo lo miraba igual al principio, pero al menos lo mejoré un poco y huele mejor.

—¿Qué necesita de mí, padre? —con él funciona mejor ser servicial o puedes sacarle el carácter asqueroso que tiene.

—Solo vengo a advertirte que la fiesta es para tu hermana, no para ti.

—Lo sé, padre. No haré nada para molestarla, es más… Podría quedarme aquí, para no estorbar —él se ríe y tira de mí.

Su aliento a tabaco y alcohol me revuelve el estómago enseguida.

—No creas que te librarás de esto. Todo el mundo cree que somos una familia sólida y tú, muy a mi pesar, eres parte de nosotros.

—¿Por qué me adoptó, entonces? —le pregunto, mi tono demuestra lo herida que me deja con esos comentarios.

—Supongo que quise reemplazar a mi hija con una niña. Pero fue el peor error que pude cometer en toda mi vida.

Me suelta con rabia y se marcha, dejándome con el corazón más dañado que antes. Cierro la puerta, termino de prepararme y corro a ver aquellos pocos ahorros que tengo escondidos.

Con trescientos euros no llegaré muy lejos, pero si logro invertirlos en algo, sé que podré sobrevivir y alejarme cada vez más de ellos. Lo que sea, con tal de salvarme de ese matrimonio del que cada vez hablan más.

Respiro profundo, me aliso el vestido y salgo del cuarto. Al llegar al salón, Lucciano se acerca a mí y me hace girar.

—¡Te ves hermosa, hermanita!

—No seas mentiroso. Debo verme fatal con este color.

—Para nada, estás realmente hermosa. Ven, aprovecha la fiesta y digamos que tú y yo celebraremos tu cumpleaños juntos.

Ya hay una gran cantidad de invitados y Lucciano intenta no dejarme sola. Baila conmigo un par de canciones, comemos y bebemos, sin dejar de reírnos por sus historias en la empresa.

Sin embargo, recibe una llamada y me dice que lo espere. Yo me meto en una esquina en donde pasar desapercibida. Pero es difícil con un vestido de este color tan llamativo. Llega Rose con sus amigos, toma un vaso de refresco y lo deja caer en mi vestido, exagerando el supuesto accidente.

—¡Ay, hermanita! ¡Lo siento tanto! No fue mi intención me acerco para secarme el vestido con toallas de papel, pero una de las chicas no me deja.

—Mejor usa tu trapero para limpiar el piso —me obliga a arrodillarme y me toma del cabello para arrastrarme.

Pero esta vez no quiero someterme, así que le quito su mano de mi cabello y la muerdo.

—¡Ay, estúpida! —me da una bofetada, me pongo de pie y cuando se lo voy a regresar, llega Dalila.

—¡Compórtate, maldita recogida! —trata de no subir la voz, para que no arruinar la fiesta de Rose—. Sé que estás envidiosa de la fiesta de tu hermana, pero si no fuera absolutamente necesario, no estarías aquí. ¡Limpia!

Se largan, me dejan sola y yo solo me alejo de todos. Salgo a tomar aire para aliviar mi pena un poco, pero no tiene sentido, así que me regreso al calvario. Lucciano nota el golpe en mi rostro, pero antes de que me pregunte, ya todos están gritando y cantando para festejar a Rose.

Mi padre se para en medio, mira a todos con el pecho inflado y cuando sus ojos me encuentran, me hace un gesto para que me acerque. Yo camino nerviosa y en cuanto la gente le permite que me vea, me mira con reprobación.

—Esta noche no solo festejamos a mi amada Rose, quien se irá a una especialización fuera del país. También aprovechamos de compartir con ustedes la gran noticia de que nuestra amada Sabrina contraerá matrimonio con Onorio Riccardi.

Un hombre de unos cincuenta años se acerca a nosotros, yo miro con horror que se ve más viejo y acabado que mi padre. Y quiero correr.

Mi padre me toma la mano, tira de mí y se la da al hombre, que me mira como si fuera un pedazo de carne que acaba de ganar en la feria de pueblo. Sé que quiero llorar, pero no me puedo dar ese lujo ahora.

Todos aplauden y las caras de Rose y Dalila son de plena satisfacción.

El festejo para Rose continúa, mi padre se va con Onorio a su despacho y yo los sigo, pero por fuera de la casa, para que nadie se dé cuenta de que los espío. Me cuesta llegar a oír, pero lo consigo.

—Se nota que tu hija no quiere nada conmigo, ¿cómo se supone que consume mi matrimonio con ella?

—Onorio, los dos venimos de una época en donde las cosas se hacen a nuestra manera.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que crees. Si tienes que golpearla, abusarla, lo que sea para someterla, hazlo. Con tal de que te la lleves y la metas en cintura, me da lo mismo. No voy a perder este trato contigo porque ella no quiere abrirse de piernas con su esposo.

Me llevo las manos a la boca, pero no para detener mi grito o mi llanto, sino para contener el asco que me da escuchar a mi propio padre decirle a ese viejo que me tome a la fuerza con tal de tener su trato seguro.

Miro a todos lados y noto que no hay nadie cerca.

Tengo tres opciones.

Quedarme, sufrir con ese viejo hasta que no soporte más y decida quitarme la vida.

Ir a mi a cuarto por algunas cosas, mi dinero y huir lejos, corriendo el riesgo de que me descubran.

Y, por último, podría correr ahora y tratar de buscar a Juliette.

—Juliette, ella me ayudará…

Me muevo con sigilo, me aseguro de que nadie me vea y corro hacia una parte del muro en donde hay una puerta que no se usa hace años para la entrada del servicio. Me cuesta abrirla, porque está dura y oxidada. Con mis manos le quito un poco de tierra que la traba, hasta que consigo abrirla, salgo a la calle y corro.

Corro por mi vida, por mi libertad y para alejarme de todos ellos de una vez. Me niego a morir abusada por ese viejo, a ser el tapete de la maldita familia De Florenti. Y si voy a morir, prefiero que sea lejos de ellos, solo para no darles en el gusto de verme acabada.

Veo a lo lejos, muy cerca de la entrada de la casa, un auto oscuro, que se parece mucho al de Juliette y le hago señas.

—¡Juliette! ¡Juliette, detente, sálvame!

El auto frena, abro la puerta y me subo. Cierro mis ojos, respiro agitada y trato de controlarme. Pero cuando me giro, veo que no es Juliette, sino un hombre.

Le pasa el seguro, me mira con una sonrisa perversa y ordena.

—Vámonos de aquí ahora.

—No, espere… ¡No puede llevarme!

Pero lo último que siento es un golpe en la sien y el mundo se vuelve oscuro.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo