Capítulo 4 Capítulo 4: Abandonada

Sabrina Bianchi

Un dolor sordo en la cabeza me va despertando, comienzo a abrir mis ojos poco a poco y siento los movimientos del auto en un camino pedregoso. Me muevo un poco y una mano firme me detiene.

—No te muevas.

Un frío recorre mi cuerpo y bajo la mirada para no mostrar el terror que siento, pero también para no ver algo que no deba. No sé por qué me llevan, ¿Será para quitarme mis órganos y venderlos? O peor, ¿para venderme a un viejo peor que Riccardi? Las posibilidades son muchas, todas igual de horribles, pero el punto es, ¿quién me está haciendo esto?

«No te des por vencida, si escapaste de tu familia, puedes escapar de aquí», me consuelo.

Pero ese consuelo se termina cuando el auto se detiene y una persona abre la puerta, una mano grande tira de mí y veo con horror que estoy en una fortaleza y no me cabe duda de que es la mafia la que me ha secuestrado. Estoy muerta.

—Vamos, ¡camina, mocosa!

Veo una casa enorme, preciosa y rodeada de flores. Quien sea el que viva aquí, tiene un gusto mejor que el de Dalila. Sin embargo, no es a la hermosa casa que me llevan. La rodeamos, el frío de la noche me llega hasta los huesos y comienzo a temblar, veo una zona menos iluminada, se distingue un galpón y en la puerta, cuatro hombres de traje, como el que me lleva.

Nos abren la puerta, veo un pasillo, me meten dentro de una puerta y me lanzan dentro. Caigo con las manos, se me raspan por el suelo mal cuidado y me abrazo las piernas, no por miedo, sino por el frío que mi instinto quiere quitarse.

El hombre del auto entra, toma una silla y se sienta con el respaldo frente a él, me parece la escena de una película donde todos sabemos cómo termina. Así que recurro a mi última esperanza.

—Por favor, déjenme ir. Yo no he lastimado a nadie jamás.

—¿Y eso qué? ¿Acaso los niños, en las guerras lastiman a alguien? No, sin embargo, salen lastimados.

Su acento no es italiano y me queda más claro cuando se levanta las mangas y me muestra horribles cicatrices de quemaduras. Lo veo a los ojos solo un segundo y me basta para saber que el odio lo mueve más que cualquier cosa.

—¿Y qué quiere de mí? Si es dinero, no tengo nada… ¡Pero puede llamar a mi padre! Él puede darles lo que quieran.

Una risa grotesca sale del hombre y se pone de pie. Se acerca a mí, me toma el rostro sin una pizca de delicadeza y su aliento a tabaco me golpea.

—¿Y tú crees que tu padre pagaría por ti?

—S-sí… —y ahora mismo no sé qué le conviene más.

Pagar mi rescate para casarme con Onorio o dejarme aquí para que me liquiden como se les dé la gana.

Veo que el hombre saca su teléfono, busca algo en la pantalla y llama, dejando en altavoz la llamada. Cuando responden, se oye la fiesta de fondo y la voz de mi padre inunda la habitación.

“¡¿Quién habla?!”, se le nota que está tomado.

—Quién habla no le importa. Solo necesita saber que tengo a su hija conmigo.

“¿Mi hija? ¡¿Cuál hija?! Mi niña está justo frente a mí, bailando. ¡¿A qué está jugando?!”

—¿Sabrina no es su hija, acaso?

“Ah, sí… ¿Cómo es que la tiene?”

—Escapó de casa y yo la encontré. Pero entregarla no será gratis, señor De Florenti.

“Mire, señor, no me interesa. Si ella se escapó y se metió en problemas, ya no es asunto mío. Nadie la manda a hacer idioteces.”

En mi desesperación, soy yo la que suplica.

—¡Papá, por favor, ayúdame! ¡No me dejes aquí!

“Si no querías estar ahí, no debiste escaparte en primer lugar. Que hagan contigo lo que quieran para cobrarse, después de todo, me están sacando un estorbo de encima.”

Cuelga la llamada y siento cómo todo en mí se muere. La esperanza, el amor, el alma…

En verdad pensé que mi padre me sacaría de este infierno, que pagaría por mi rescate, aunque luego me vendiera a Riccardi. Y ahora, me ha quedado completamente demostrado que yo nunca fui nada para él más que un estorbo, el peor error que cometió en su vida y del cual acaba de zafarse para siempre.

El hombre se acerca a mí, me levanta con violencia y se ríe en mi cara, pero yo ya no tiemblo, ni de frío, ni de miedo. Solo lo veo con expresión neutra a sus ojos llenos de odio.

—Muy, hermosa, ya que tu padre no piensa pagar para rescatarte… Tal vez me resultes útil y me des información valiosa. Te sentirás ahí y me dirás todo lo que sabes.

—No —murmuro y me gano la primera bofetada.

¿Creerá que nunca me pegaron? Me duele, sí, pero no lloro ni suplico. En mi mente solo tengo una idea y es dejar que me maten. No valgo nada, no le importo a nadie, es obvio que no podré cumplir mi sueño de libertad, ¿para qué demonios quiero seguir viviendo?

—Dime todo lo que sabes de Augusto De Florenti.

—No sé nada…

Otra bofetada, siento la sangre en mi boca, esta vez me ha volteado la cara, el pelo se me pega al labio roto, pero no me muevo.

—Alguien conocerá el infierno por no querer abrir la boca.

—¿Crees que no lo conozco ya? —lo miro y noto su expresión de sorpresa—. Puede ser que uses el castigo físico para que te dé lo que quiero, pero para nada se compara al infierno que he vivido por dieciocho años.

—Una mocosa como tú no sabe lo que es eso. Ya aprenderás de verdad.

Un hombre llega con una fusta, cierro los ojos y dejo que mi mente se vaya a otro lugar, uno en donde no sienta el dolor de mi cuerpo, o el escozor de mi alma rota. El primer golpe llega a mis piernas, me grita que hable, que le diga cualquier cosa, pero ni siquiera por venganza se lo diría, porque no sé nada.

Y así es como empieza un nuevo calvario en mi vida, donde en cada segundo que pasa me doy cuenta de que nunca le importé a nadie en realidad.

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