Capítulo 5 Capítulo 5: Traidores

Sabrina Bianchi

Quiero dormir. Dormir para siempre, no tener que despertarme ni moverme jamás. ¿Por qué no me desaparecen de una vez? No les diré nada, porque no quiero hablar, nunca más.

Los pies me duelen, tengo cortes por culpa de la piedra en donde me encuentro ahora. Me trajeron a una mazmorra, más aterradora aun.

Está oscura, fría y huele horrible, a moho y mi desesperación. Estoy atada a unas largas cadenas por las muñecas. Del vestido rosa no queda nada, al menos del color y el volumen se le bajó bastante. Tengo el cabello pegado a la cara, podría quitármelo, pero sé que me dolerá. Sacarlo de mi rostro y levantar los brazos, porque no ha dejado lugar de mi cuerpo sin golpear.

Los ojos se me cierran, mi cabeza se cae hacia adelante, pero un latigazo me despierta de nuevo. No sé cuántos días han pasado, solo sé que no me han dejado dormir. Cuando mis ojos se abren un poco más, veo a mi ejecutor sonreír.

—¿Vas a hablar?

Le respondo con silencio. Un profesor de literatura nos dijo que no responder a una pregunta también es un mensaje. En este caso tiene muchos significados, el primero es que se vaya a la mierda. El segundo, que no quiero hablar y el tercero… Que me mate de una vez.

Llega otro latigazo y bajo la cabeza, algo parecido a un gemido sale de mi pecho, mi boca está seca y mi estómago gruñe como si fuera una bestia a punto de comerme. No tengo fuerzas para gritar o llorar, solo quiero dormir.

Lo oigo ponerse de pie, veo que se acerca y lanza lejos el látigo. Me toma la barbilla con violencia, aprieta hasta que creo que me romperá la mandíbula.

—¿No piensas hablar o gritar? —parpadeo lento y él me suelta con brusquedad—. Entonces yo te haré gritar, a ver si así reaccionas y hablas.

Lo veo quitarse el cinturón y me digo que es lo único que faltaba, otro castigo doloroso. Pero cuando veo que abre el botón de su pantalón, se me espanta todo.

—Si no quieres abrir la boca para hablar…

Se baja la cremallera y yo trato de escapar, pero él me toma de los tobillos y tira de mí.

—No —digo en un susurro.

—¿Ahora quieres hablar? Porque ya es demasiado tarde, mocosa.

Saco fuerzas de donde no las tengo. Prefiero que me dé un tiro de una vez antes de que me mancille de esta manera. Me niego a que un cerdo como él me toque y haré lo que sea para no dejarlo, para provocarlo y que me mate de una vez. Pero no voy a dejar de pelear.

Pateo, araño, golpeo. Lo hago con todas las fuerzas que tengo y las que no. Me da una bofetada, pero yo lanzó una mordida y él se ríe de mí, como si para él esto fuera un juego. Y de pronto, no sé por qué ni de dónde sale, pero tomo suficiente aire y grito todo lo que mi voz me permite.

—¡AYUDAAAA!

El infeliz se ríe de mí, pero sé que he hecho todo para evitar que me abuse. Su peso me quita el aire, logra aprisionar mis manos sobre mi cabeza con una mano y la otra me sube el vestido.

—Maldita perra, deja de pelear…

Estoy a punto de desfallecer, cuando el peso de mi cuerpo desaparece. Veo en cámara lenta que un hombre alto, de traje negro y ojos azules como el mar, supongo, sostiene a mi verdugo por el cuello. Lo estampa contra la pared con fuerza y la bestia se llena de horror.

Tal parece que los demonios también le temen a algo..., o alguien.

—¡¿QUIÉN TE DIJO QUE LA PODÍAS TOCAR?!

Es un bramido que me encoge, la bestia abre la boca, pero el hombre de ojos azules saca un arma, se la coloca en la sien y lo mata. Doy un salto, me cubro los oídos y me pego a la pared al ver que el maldito cae muerto, deslizándose por la pared y derramando sangre. El hombre de ojos de mar me mira, pienso que me matará y tengo miedo, quiero morir, pero no así…

—¡Maldición! —dice al verme, se guarda el arma y corre hacia mí—. ¡Juliette, el médico, ahora!

¿Juliette? ¿Mi amiga vino por mí?

Entonces, el hombre hermoso frente a mí es mi salvador… Intento hablar, pero solo sale un gemido de mí y él se quita el saco.

—Tranquila, te sacaré de aquí.

Y antes de cerrar mis ojos, siento que esa en lugar de ser una promesa de que todo estará bien, es más otra sentencia. Llega la oscuridad al fin y a lo lejos oigo muchas maldiciones.


Nerón Sforza

Tuve que dejar la ciudad por un par de días. Las emergencias nunca faltan, pero sé que Odette se hará cargo de tener todo bajo control y que en cuanto nos reunamos, me dará un informe completo de la situación de la hija predilecta de De Florenti. Veo las fotografías de uno de los informantes que pagamos para que se metiera en la fiesta de su hermana y la veo bailar, aunque no puedo verle el rostro, esa figura llena de vitalidad que tiene me hace desear tenerla entre mis manos y torturarla hasta que suplique piedad, todo delante de su padre.

De pronto, la llamada de Odette me saca de mis pensamientos. Respondo y con la agitación en su voz me alerta de inmediato.

“¡Hemos perdido a la hija del infeliz!”

—¡¿Cómo carajos pasó?!

“Al parecer la secuestraron y el viejo ese no hizo la denuncia. ¡Fue su hijo el que recurrió a la policía!”

—¡Maldición! El rastreador, ¿te dice dónde está?

“Estaba desactivado. Ya tengo a uno de los muchachos intentando desbloquear su ubicación, está a punto de darnos la ubicación.”

—Prepara un contingente. En cuanto tengas la información, nosotros mismos iremos por ella…

“Creo que no será necesario, jefe. ¡La puta madre que los parió! ¡El localizador está marcando en la mansión! ¡Todos a mover sus traseros! ¡Juliette…!”

Odette corta la llamada y yo me presiono el acelerador para llegar a la mansión. Sé quién hizo esto. Ese maldito tiene tiempo saltándose las normas, pero esta vez fue demasiado lejos.

Al llegar, nadie dice nada y me estacionó, derrapando, frente a la bodega. Entro con todos bajando sus cabezas, luego me encargaré de cada uno. Pero no encuentro nada y cuando pregunto dónde está la chica, me dicen que en la mazmorra en la mansión.

Corro esperando que no le hicieran más daño y eso me deje sin cartas, hasta que oigo un grito desesperado de una muchacha y me deslizo por las escaleras. Abro la puerta, veo a dos idiotas traidores que solo observan satisfechos la escena. Quito al infeliz de encima de la chica y le vuelo la cabeza. Y, cuando al fin la veo, siento que quiero destruirlos a todos.

Veo sus ojos, aterrados y perdidos, cerrarse por culpa de la adrenalina que la abandona y de todo el castigo que ha recibido, sé que no solamente Al-Farhid morirá hoy.

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