Capítulo 6 Capítulo 6: Caballo de Troya

Nerón Sforza

Me acerco a ella, que está mirando la escena completamente aterrada. Veo que está golpeada, sucia y parece a punto de morir de hambre. Sus ojos se van cerrando, cae hacia un lado y grito.

—¡Traigan al médico! ¡ODETTE!

Mi brazo derecho entra corriendo, me ve colocando mi saco en el suelo y se va al cuerpo del infeliz para rebuscar algo. Saca las llaves de las esposas y la suelta de inmediato.

—El docto ya viene en camino…

—No hay tiempo, la subiré a mi cuarto.

Al tomarla, noto lo frágil que es. Es demasiado delgada y con todo lo que ese infeliz le hizo, seguramente le rompió más de un hueso. Está aturdida, pero aun así se queja.

Al salir veo a los infelices que miraban con morbo lo que el desgraciado quería hacerle, me detengo solo un segundo para verlos y con los dientes apretados, le ordeno a Odette.

—Quiero el mismo castigo para esos dos. Y que hablen todo lo que le hicieron a la muchacha.

—Sí, señor.

Odette se queda ejecutando la sentencia con cuatro hombres más. En la entrada al sótano me encuentro a Juliette, la hija de Odette, y al ver a la chica, intenta correr abajo.

—Te necesito conmigo. Tu madre se está encargando de ellos.

—Dígame qué hacer y lo haré de inmediato.

—La tina, ropa y espera al doctor.

Se gira a dos chicas del servicio, manda a una a buscar de su ropa y a otra a preparar la tina en mi cuarto. Ella se queda esperando al doctor. Yo subo los peldaños de dos en dos, llego a la habitación y la dejo en la cama.

La muchacha se queja de nuevo y aprieto los puños. Si se muere, no tendré con qué negociar, porque es obvio que la rata de Augusto De Florenti aumentará la seguridad para su familia y hará lo mismo que hizo hace años, cuando le mataron a la mujer, encerrarse hasta que todo sea seguro.

Y eso no me sirve.

Juliette entra con el doctor y el chico se queda de una pieza. No lo culpo, esto podemos verlo en los hombres que tienen peleas por territorio, pero no en una mujer común y corriente.

—Juliette, ayúdame a quitarle el vestido.

—Ordené la tina para ella —le digo al doctor y él niega.

—Dependerá de las heridas que tenga.

Juliette saca su navaja y con la misma destreza de su madre, corta el vestido. La giran con cuidado y miro a otro lado. no porque me dé asco, sino porque tengo que luchar contra mi instinto para no ir y meterles un tiro a esos hijos de…

—Voy a necesitar mucha gasa, desinfectante. Agua tibia, toallas limpias y ropa.

—La ropa viene en camino —responde Juliette y mira a la chica del servicio—. Ve por lo demás, ¡vamos, que es para ayer!

La chica espabila y yo salgo detrás de ella, porque tengo cosas que saber. Al bajar, Odette llega con esa sonrisa satisfecha y le indico que vayamos a mi oficina. Ella entra y cierra la puerta.

—¿Qué dijeron?

—Todo fue idea de Al-Farhid. Les dijo que había hablado contigo y que yo también estaba al tanto. El plan era torturarla para que hablara, pero la chica no dijo nada.

—Dime que no hablaron con la rata de Augusto —ella aprieta la mandíbula y golpeo el escritorio—. ¡Me lleva el infierno! Seguro le pidieron dinero, ¡y no es lo que quiero de él! —No, Nerón. No alcanzaron a negociar nada, porque el viejo ese la dejó sola, a merced de esos perros.

—¿Cómo?

—Eso, el viejo prácticamente se alegró de que se la sacaran de encima. Dijo que se lo ganó por escaparse de la casa. Y mi informante interno me dijo que esa noche anunciaron su compromiso con un viejo que le triplica la edad. Un tal Onorio Riccardi.

—¿Riccardi? ¿El mismo que ha tenido más esposas que sentido común y que lo acusan de violento?

—Ese mismo, al parecer. Tras el anuncio, Sabrina dejó de verse y, el resto ya lo sabes.

Camino a la ventana y saco la caja de chicles. Me quedo viéndola, está vacía y la lanzo a la basura. Dirijo mis pasos a la salida, Odette me sigue y de pronto oigo un grito.

Echo a correr, subo a mi cuarto y al entrar, veo a Sabrina moviéndose en la cama, está recostada en la cama, con la espalda expuesta y Juliette tratando de sujetarla para que el doctor le pueda curar las heridas.

—¿Esas son…? —no termino, pero Juliette me ve con su cara de asesina y asiente.

—Sí, latigazos —vuelve a presionar el cuerpo de la muchacha contra la cama—. Mire, señor. Sé que no puedo hacer nada que usted no ordene, pero a veces no tengo con quién practicar mi lanzamiento de cuchillos y esos desgraciados ahora mismo me parecen buenos candidatos.

—Cuando quieras. Solo no los mates, debe quedar claro que, si van contra mis órdenes o actúan por su cuenta, no sale barato.

Juliette esboza su sonrisa siniestra y me acerco al doctor, quien termina y le ordena a Juliette que la acomode de lado, por el que está menos lastimado. Me mira, niega y se quita los guantes de látex.

—Se ensañaron con esa pobre muchacha. De puro milagro no tiene huesos rotos. Tiene un ojo hinchado, al igual que la mandíbula. Las esposas dejaron llagas y los pies, pues están demasiado lastimados.

—¿Lograron… abusarla? —niega rotundamente.

—Su ropa interior estaba intacta. Ahora le aplicaré un sedante, para que descanse mejor. Quedará con la vía conectada y Juliette ya sabe cómo cambiarla. ¿Dónde la dejará instalada? Antes de medicarla.

—Aquí —todos me ven con sorpresa, porque saben que soy muy quisquilloso con mi privacidad.

Además, las mujeres que pasan por mí no entran aquí. Pero ella es diferente. Sabrina De Florenti es la puerta de entrada a mi venganza y no puedo tratarla mal, pero tampoco tendré demasiadas consideraciones.

Ahora mismo, si Augusto no está dispuesto a negociar por ella, si no tiene interés en su hija como lo pensé, podría usarla de otra manera.

—Se quedará aquí para que nadie la moleste, necesito que se recupere lo antes posible y yo mismo me encargaré de darle la seguridad que necesita.

—No es propio de ti —me dice Odette y le sonrío de medio lado.

—Sabes que no doy puntada sin hilo. Si no puedo negociar con De Florenti, me tocará construir mi propio caballo de Troya. Y ella puede ser la arquitecta sin tener idea de lo que en verdad hará.

Todos asienten, me dejan solo y me acerco a la cama, en donde Sabrina queda cubierta con una manta. Me siento en la silla a su lado, me muerdo el dedo pulgar, mientras comienzo a trazar otro plan en mi mente. Solo espero que coopere, porque no quiere recurrir a estrategias más duras.

Sería una lástima.

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