CAPÍTULO TREINTA: UNA CULPA

Las paredes se cierran a mi alrededor. El reloj antiguo colgado en la pared del pasillo de entrada hace tictac demasiado fuerte. Es casi el mismo ritmo que los latidos de mi corazón.

Tic. Lub-dub. Tic. Lub-dub. Tic. Lub-dub… y sigue y sigue, ambos sonidos recordándome la tormenta que se avecina.

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