Capítulo 4

—¡No!—grité mientras corría hacia ella, con las lágrimas ya resbalándome por las mejillas. No podía creer lo que veía.

Amara estaba tirada en el suelo, en un charco de sangre, de su propia sangre. Me dejé caer de rodillas a su lado y la levanté.

—¿Qué pasó, bebé?—pregunté—. ¿Qué te pasó?

—Fue el Beta.—Tosió y unos hilitos de sangre le salieron de la boca—. Fue cuando me pateó.

No dije nada. Me apresuré hasta el colchón y la recosté sobre él. No podía llevarla con el médico de la manada porque nos habían negado el acceso a atención médica, y yo tampoco podía curarla.

Le aparté el cabello rubio hacia un lado y le acaricié la cara mientras veía cómo se le iba poniendo más pálida; estaba debilitándose y seguía tosiendo, con bocanadas de sangre saliéndole de la boca. Le levanté la camiseta y vi que tenía una herida abierta, como un tajo, en el torso.

¿Cómo se atreve a hacerle esto a nuestra cachorra?—gruñó Hera—. Lo voy a matar.

Cálmate, Hera—le dije—, primero tenemos que encontrar la forma de curarla y no sé qué hacer.

Hera guardó silencio un rato y yo seguí contemplando a Amara. Se enfermaba a menudo desde que cambió por primera vez a los tres años. El proceso agotador del cambio la había debilitado mucho y resultó que era una loba plateada, como yo, pero, a diferencia de ella, yo no había sufrido un cambio prematuro.

¡Eso es!—dijo Hera—. Dile que se comunique con su loba para que la ayude a sanar, estoy segura de que funcionará.

—Probemos—acepté, y me moví para sentar a Amara.

—Bebé...—le dije, apoyándola contra la pared.

—Sí, mami.—Me sonrió débilmente—. Me siento mareadísima.—Dijo—. ¿Me voy a morir? ¿Voy a ver a la abuelita allá arriba?

—No, bebé.—Negué con la cabeza, llorando ante sus palabras—. No te vas a morir. Vas a vivir por mí, vas a estar bien.

—La pareja del Beta dijo que me iba a morir.—Sorbió por la nariz.

—No, bebé, no lo harás.—Le tomé el rostro entre las manos—. Quiero que hagas algo por mí, ¿sí?

—¿Qué es, mami?—preguntó, y yo sonreí al pensar en lo inteligente que era para su edad. Sabía que podía hacerlo.

—Quiero que hables con tu loba, Cora—le dije—. Quiero que le digas a Cora que te ayude a sanar.

—Está bien, mami, pero Cora se siente cansada igual que yo.

—Por eso quiero que lo intentes, para que ya no te sientas cansada.

Asintió y se quedó en silencio un rato mientras hablaba con su loba. Al poco tiempo la vi esforzarse, señal de que estaba intentando curarse. Le levanté la camiseta y miré la herida: vi cómo se iba cerrando poco a poco. Se me iluminó la cara con una sonrisa.

—Lo lograste, lo lograron las dos.—Le moví la cara con cariño, jugueteando—. Ahora quiero que tosas para ver si sale sangre.

Lo hizo y no hubo rastro de sangre.

—¿Ves...?—La abracé con fuerza—. Estás bien, bebé.

Asintió con una sonrisa.

—Tengo hambre.

Se me cayó el alma con sus palabras y miré las panquecas pisoteadas en el suelo; en ese estado no se podían comer.

—Amor, no creo que hoy haya comida en la noche.

—Entiendo, mami.—Se recostó en la cama—. Me voy a dormir ya...

—Mami te va a conseguir algo para comer mañana, ¿sí?

—Sí.—Asintió—. Y algún día vamos a vivir en una casa grande con mucha comida, y tal vez pueda tener un papá. Va a estar bien y vamos a ser felices.

Soltó una risita, dejando ver el huequito de su diente caído. Se veía tan angelical a pesar de la mugre en su cara y de la ropa maltratada y manchada de sangre.

—Duerme, hija.—Le di un beso en la mejilla mientras cerraba los ojos y se quedaba profundamente dormida, tranquila.

Me acosté a su lado con la esperanza de poder dormir también, pasando mi mano por encima de ella.

No pude dormir esa noche; podía sentir que Hera no estaba tranquila. Tenía emociones mezcladas de ira y ansiedad. Me incorporé en la cama, queriendo hablar con ella.

¿Qué pasa, Hera?

¡Algo está por suceder!—dijo—. Puedo sentirlo.

No te entiendo...

Primero, estoy furiosa por el hecho de que nuestra cachorra casi se muere por culpa de ese Beta idiota; y segundo, me siento ansiosa por una razón que no conozco, siento que algo va a pasar.

Hera, vamos a dormir.

—Tengo sed—dijo—. Tenemos que conseguir agua.

Puse los ojos en blanco y me levanté. Miré a Amara para asegurarme de que seguía dormida antes de salir del sótano para ir por agua.

Tiré la botella de agua dentro del bote de basura y empecé a salir de la cocina, muy feliz de haber estado ahí sin toparme con nadie, cuando sentí una mano rodearme el cuello: era el Beta.

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