Capítulo 7

POV de Lycus

Volví a mi forma humana, intentando acallar los gruñidos de mi lobo mientras me agachaba para recoger mis shorts y ponérmelos.

Aún no lograba asimilar lo que pasó anoche. Por fin la había encontrado después de buscarla durante más de diez años, desde que cumplí dieciséis, pero al conocerla ahora jamás esperé que fuera lo que era: una loba plateada, algo raro; una omega débil y, además, una renegada. Tenía la peor combinación de todo lo que nunca quise en una compañera y no podía aceptarla. Simplemente no podía.

—¡No me jodas! —gruñó mi lobo, Spyro—. Eres un maldito idiota, Lycus.

Elegí ignorar sus quejas mientras caminaba hacia la casa de la manada. Estaba furioso conmigo, y seguía furioso por cómo traté a nuestra compañera. Sentí las chispas cuando ella se rozó contra nosotros y él casi ronroneó junto con ella, pero tuve que tomar el control total y detenerlo.

—Te odio tanto ahora mismo, imbécil —siguió quejándose—. La hemos estado esperando durante años, la encontramos y tú lo arruinas. ¡Demonios, incluso ordenaste que la tiraran a las celdas! ¡Estás enfermo! —escupió.

—¡No estoy enfermo, Spyro! —Tuve que responderle, solo esta vez—. No podemos tener a una omega como compañera, y menos una renegada. Es jodidamente débil; ni siquiera pudo defenderse cuando fui duro con ella y, por la diosa, es una loba plateada, es rara. Es una loba rara, renegada y una maldita omega.

—¡Y tú estás enfermo! —repitió—. ¿Qué demonios te pasa?

—¡No lo sé! No será mi compañera. La Diosa Luna debe estar jugando conmigo.

—Es hermosa, y estoy seguro de que hay más en ella de lo que tú ves —dijo con calma—. Tienes que pensarlo bien.

Tuve que admitirlo: era hermosa. Por un momento, casi me perdí en esos orbes verdes allá atrás.

—No podemos quedarnos con ella, Spyro —le dije—, y seguiré el procedimiento necesario de lo que debe hacerse cuando no quieres a tu compañera. Ahora cállate, necesito paz. —Corté la conexión y bloqueé sus quejidos.

Suspiré y aceleré el paso al acercarme a la casa de la manada. En el camino, algunos guerreros de patrulla me saludaron, pero yo solo asentí y seguí; tenía que ver a mi madre, no tenía tiempo para familiaridades.

—Alfa, Alfa.

Escuché voces detrás de mí al entrar a la casa de la manada. Me giré, molesto, para ver quiénes eran, y resultó que eran dos de las guerreras con las que estuve de patrulla anoche.

—¿Qué pasa? —pregunté con dureza, dejando clara mi irritación—. Sean rápidas.

—Su Alteza —saludaron e hicieron una leve reverencia—. La renegada que capturamos anoche, ¿qué debemos hacer con ella y su cachorro?

¡Carajo! Se me abrieron los ojos al comprenderlo. Había olvidado por completo que la vi con un cachorro y de pronto sentí curiosidad por saber por qué tenía una cría.

—¿Hicieron todo como les indiqué? —les pregunté—. ¿Pusieron una cama en la celda? ¿Y le dieron comida y mantas? —indagué. Aunque no la quisiera, no era un monstruo como para mantenerla en condiciones miserables.

—Sí, Alfa —respondieron—. ¿Hay algo que debamos hacer después?

—No. —Negué con la cabeza—. Solo asegúrense de que nadie la toque, de que no le pase nada. Si ocurre lo contrario, ¡les cortaré la cabeza! ¿Quedó claro?

—Sí, Alfa. —Asintieron, y las despedí.

Estaba a punto de darme la vuelta y continuar hacia donde me dirigía cuando me detuvieron otra vez.

—Ajá.

Supe al instante que era Laya, mi beta. Era la única que tenía el descaro de llamar mi atención así.

—Vaya, cuidando a la renegada —bufó—. ¿Qué tiene de especial?

—¡No tengo tiempo para esto, Laya! —le dije cuando se movió para bloquearme el paso—. ¡Quítate de mi camino ahora!

—¿Es tu compañera? —me fulminó con la mirada.

—¡Lo que ella sea para mí no es asunto tuyo! —le dije usando mi voz de alfa—. ¡Quítate de mi maldito camino!

No perdió tiempo en hacer lo que le ordené, pues sabía que no se libraría de mi ira.

Seguí mi camino mascullando maldiciones, esperando que nadie me detuviera, porque esas pequeñas distracciones ya me estaban sacando de quicio.

Llegué a sus aposentos sin interrupciones, abrí la puerta de inmediato y entré.

—¡¿Qué demonios, mamá?!—chillé, cubriéndome los ojos ante lo que acababa de ver. No a cualquier hijo le gustaría ver a su mamá teniendo sexo.

—Lycus.—Entró en pánico—. Pudiste haberme enlazado por la mente.—dijo, y oí el roce de telas mientras yo me quedaba ahí, incómodo, con los brazos sobre la cara—. ¡Fuera!—le gritó al guerrero con el que estaba, y pude escuchar el apuro de sus pasos al alejarse.

—Ya puedes abrir los ojos, hijo.

Abrí los ojos al oírla y la miré.

—¿En serio, mamá?—bufé—. ¿No se supone que tienes como sesenta y todavía andas teniendo sexo?—dije con una mueca burlona, y ella frunció el ceño.

—Déjame en paz, niño.—Ahora le tocó a ella bufar—. Una dama tiene que hacer lo que una dama tiene que hacer.—dijo—. Te ves tenso, hijo. ¿Qué te pasa?

Fui a sentarme en la cama, pero cambié de idea al recordar lo que acababa de pasar ahí y, en su lugar, me recargué en la pared.

Ella se rio de mis acciones y se sentó en la cama.

—¿Qué dijiste que estaba mal?

—Conocí a mi pareja.—le dije con un suspiro—. Es una omega, una nómada y una loba plateada.

—¿Una loba plateada?

—Sí, mamá.—le respondí—. Y no sé qué hacer.

—¿Cómo que no sabes qué hacer?—preguntó, alzando las cejas—. Encontraste lo que has estado buscando y de pronto no sabes qué hacer.

—A los lobos plateados los ven como abominaciones, ¡las omegas son jodidamente débiles! No se puede confiar en los nómadas, son escoria, y ella es todo eso. Voy a rechazarla.—dije, y pude sentir el fastidio de Spyro ante mis palabras.

¡Ni empieces!, le advertí.

—¡No harás tal cosa, Lycus Dardanos!—tronó mi madre—. ¡Yo, tu madre, te prohíbo rechazar a una pobre chica!

—No puedes decirme qué hacer, madre. Soy el Rey.

—¡Y yo soy tu madre, cachorro!

—Mamá…

—¡Cállate y escúchame!—dijo, y obedecí—. Tienes que pensar esto bien y tener mucho cuidado con tus condiciones. Ella es tu pareja; debes protegerla y no despreciarla como hacen los demás lobos.

—Pero, mamá…

—Dime cómo es.—pidió—. Dime cómo es.—repitió para dejarme claro que hablaba en serio.

—Es bonita.—dije—. Tiene unos ojos verdes preciosos y una cara inocente; su cabello es rubio muy claro, y parecía como si cargara con el peso del mundo sobre los hombros.—le conté—. Y olía a miel y a pétalos de rosa.

—Suena encantadora y, aun así, rota.—Mi madre se levantó y se acercó a mí—. ¿Dónde está?

—En algún lado…—murmuré. No quería que supiera que había ordenado que arrojaran a mi pareja a las celdas.

—¿En esta manada?

—No, mamá.—mentí.

—No puedo obligarte a ir en contra de tus deseos, hijo.—Me sostuvo el rostro con las manos—. Pero te aconsejo que vayas despacio y que medites tus pensamientos antes de sacar una conclusión.

—Lo haré, madre.—le dije, y ella sonrió.

—Sé que estás muy cansado por tu patrulla de toda la noche. Ahora ve a descansar.—dijo—. Y te prepararé un buen desayuno, amor.

—Te quiero…—la besé en la frente y salí de sus aposentos rumbo a los míos.

Salí de la ducha y me encontré con un desayuno de aspecto maravilloso ya dispuesto en mi habitación. Me acerqué, percibiendo ese aroma increíble; sobre la charola había una nota escrita.

«Disfruta tu desayuno, cariño, y por favor recuerda lo que hablamos».

Te quiero, mamá.

Sonreí al leer el mensaje y me senté a comer, sin importarme que la toalla siguiera enrollada en mi cintura. Me concentré por completo en disfrutar el desayuno, olvidando por un momento que Spyro estaba enojado conmigo y que tenía una pareja que no quería.

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