Capítulo 2 Cap.2

—Tengo catorce, maldito anciano —se me escapa antes de poder frenarlo, y me cubro la boca de inmediato, horrorizada por mi propia imprudencia. ¿Cómo se me ocurre insultar al único que puede ayudarme?

Los labios de Kai se estiran en una sonrisa burlona, lenta y provocadora, que me hace apretar los puños hasta que mis uñas se clavan en las palmas. Siento que se ríe de mí, de mi fuego, de mi atrevimiento. Pero luego sus ojos negros me miran con intriga, y me pregunto si será la primera vez que ve a alguien que, sobre el escenario, era pura delicadeza y arte, y fuera de él, suelta groserías como un marinero. Esa diferencia parece fascinarlo, y eso me hace sentir extrañamente poderosa, aunque siga furiosa.

—¿Y por qué necesitaría un vestido? —inquiere, su voz cargada de curiosidad, pero aún con ese tono distante que me frustra tanto. Quiero romper esa barrera, quiero que me mire como si fuera algo más que una niña o una curiosidad momentánea.

Me muerdo el labio inferior, el miedo a que se marche mezclándose con esa necesidad obsesiva de mantenerlo cerca. Doy un paso atrás, entrando en el vestuario, y lo invito a seguir con un gesto brusco. Agarro el vestido rosa destrozado y se lo muestro, sosteniéndolo como si fuera la prueba de un crimen. La sonrisa burlona desaparece de sus labios de inmediato. Sus ojos se fijan en los rasgones, en las lentejuelas arrancadas, en la seda rota, y veo cómo su mandíbula se tensa ligeramente.

—No soy muy querida, como puede notar —digo con amargura, sosteniendo su mirada. Él me observa con cuidado, como si estuviera evaluando una situación compleja, y luego desvía la vista, pensativo.

Esos segundos de silencio se sienten como una eternidad. Mi corazón late con fuerza, no solo por el miedo a quedarme sin ayuda, sino por la incertidumbre de qué decidirá él. Finalmente, saca su teléfono, se lo lleva al oído y habla en japonés rápido y fluido, palabras que no comprendo del todo pero que me hacen sentir una chispa de esperanza.

—Le traerán lo que pide —dice al colgar, volviendo su mirada hacia mí—. Espero que eso sea suficiente para perdonar mi grosería.

Yo solo lo miro y asiento, incapaz de articular nada más. Despacio, Kai me lanza una mirada que me acelera el pulso aún más, una mirada que parece prometer mucho y nada a la vez. Me quedo clavada en el suelo, mirándolo como una idiota, hasta que su figura desaparece por el pasillo y la puerta se cierra. Parpadeo varias veces, saliendo de mi ensoñación, y una sonrisa tonta se dibuja en mis labios. Dios mío. Es el primer hombre que realmente me llama la atención, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de todo. Me digo a mí misma que es solo un flechazo pasajero, que mañana vuelo a Rusia y nunca más lo veré. Que puedo permitirme este pequeño lujo de sentir algo, porque no tendrá consecuencias.

Espero unos minutos, intentando convencerme de que él solo dijo eso para escapar de mi insistencia, pero mis ojos van una y otra vez hacia las rosas Juliet sobre el tocador. Son tan hermosas, tan útiles… como él. Sin embargo, mis dudas se desvanecen cuando la puerta del vestidor se abre de nuevo sin permiso y una mujer entra cargada de prendas de alta costura. Jadeo, sorprendida.

—El señor Mashiro me envió para que elija lo que más guste, señorita —dice ella con respeto.

Me levanto de un salto, mis manos temblando un poco al tocar las telas. Son vestidos preciosos, mucho más lujosos que el que tenía. Rebusco entre ellos con una sonrisa creciente hasta que encuentro uno color crema. Es hermoso, elegante y tiene un toque atrevido que mi padre nunca me permitiría usar. Eso es lo que lo hace perfecto. Corro a medírmelo y se ajusta a mi cuerpo como si hubiera sido hecho a medida, como si el destino hubiera querido que yo lo usara esta noche. Suelto mi pelo del moño apretado, dejándolo caer en ondas suaves sobre mis hombros, y me maquillo con cuidado, resaltando mis ojos. Los tacones que la mujer trajo completan el look. Me siento como Cenicienta, pero no una Cenicienta dócil. Me veo preciosa, fuerte, y por primera vez en mucho tiempo, siento que los hombres de mi padre no están respirándome en la nuca, controlando cada paso.

—Gracias —le digo a la mujer, entregándole una sonrisa sincera—. Y dígale al señor Mashiro que muchas gracias.

Tomo el ramo de rosas y salgo del vestuario, dirigiéndome hacia la fiesta privada que se celebra en la parte trasera del teatro. Durante el camino, recibo miradas de todo tipo, pero mantengo el mentón en alto, segura de mí misma. Al llegar, me topo de frente con las arpías que arruinaron mi vestido. Sus bocas se abren de par en par, sorprendidas y furiosas al verme aparecer con algo aún más hermoso y exclusivo. Les sonrío con gracia, saboreando su derrota. Mi instructora me ve y suelta un suspiro de alivio, llamándome hacia ella.

Inicio las conversaciones, consciente de lo importantes que son las relaciones en este mundo. Aunque mi familia es poderosa en Rusia, quiero ganarme mi lugar por mi propio esfuerzo, no solo por mi apellido. Finjo ser la chica perfecta, educada y encantadora, durante horas, pero mi atención está en otro lugar. Mis ojos buscan constantemente entre la multitud hasta que lo encuentro: está apartado en una mesa, observándolo todo con esa calma imponente que lo caracteriza.

Cuando nuestros ojos se cruzan, Kai me regala una sonrisa arrogante, segura de sí misma. Desliza su mirada lentamente por mi cuerpo, evaluando el vestido crema, y veo un destello de satisfacción en sus ojos, como si estuviera complacido con mi elección. No nos acercamos, no hablamos, pero esa conexión silenciosa es más intensa que cualquier palabra. Sonrío, sabiéndome observada por él, sintiendo que su atención es un premio que valoro más que cualquier aplauso.

Disfruto demasiado de ese momento, de esa sensación de poder y de pertenencia, sin saber que esa sería la última vez que lo vería en mucho tiempo. No sabía que no lo volvería a ver hasta seis años más tarde. Seis años en los que haría lo imposible, en los que me convertiría en la mujer que sabía que él necesitaba, hasta lograr que ese hombre misterioso fuera mío. Hasta que se convirtiera en mi esposo. Pero lo que tampoco sabía entonces era que, al lograrlo, me encontraría atrapada en un matrimonio donde él parecía querer verme muerta, incapaz de quitarme de su vida y, al mismo tiempo, incapaz de dejarme estar en ella.

‍​‌‌​​‌‌‌​​‌​‌‌​‌​​​‌​‌‌‌​‌‌​​​‌‌​​‌‌​‌​‌​​​‌​‌‌‍

Capítulo anterior
Siguiente capítulo