Capítulo 6 Cap.05

Kai

Observo fijamente el edificio en donde el pakhan de la mafia rusa mantiene a mi hermana y siento un maldito dolor en el pecho. Tengo años sin verla y algo me dice que Vladislav Volkov, de enemigo, sería mucho peor que de aliado, así que sacrificarme es lo único que debo hacer para salvar a mi hermana de la vida de mierda a la que la expuso mi tío.

Fumo mi cigarro mientras los hombres que custodian el lugar no dan espacio a entrar sin ser vistos; tendría que matarlos y hacerlo solo no expondría más. No puedo darme el lujo de buscar nuevos enemigos cuando ya tengo suficientes en este momento, lo más sensato es buscar aliados.

La yakuza está en este momento dividida. Todo lo que sea poder es lo único que me ayudará a mantenerme en pie y ahora esperar la respuesta de Vladislav es lo único que estoy haciendo, aunque evalúo mis segundas opciones.

Frunzo el ceño cuando veo una figura abrigada salir del edificio donde mantienen a mi hermana. La pequeña figura va observando algo en su teléfono y siento cómo la sangre se me calienta cuando me doy cuenta de que se trata de la hermana de Vladislav, Mila Volkova.

La podría simplemente ignorar, pero si su hermano está jodiéndome con entregarme a mi hermana, yo puedo joder un poco a la suya. Ella le dice algo a sus guardaespaldas y ellos se alejan; la observo caminar un poco más apartada y quizá debería advertirle que no debería hacer eso, porque siempre hay hombres como yo, sedientos de atrapar mocosas que parecen tan pequeñas.

Me muevo hacia el otro callejón y cuando observo cómo ella suspira y guarda su teléfono, la dejo paralizada al salir por detrás de ella, apuntándole con el arma en la cabeza y poniéndola tensa de inmediato.

—No hagas un solo maldito ruido —susurro esperando que comprenda lo que le digo en inglés, ya que no tengo ni puta idea de hablar ruso—. Así que calla esa bonita boquita y sígueme —le ordeno, y comprendo que me hará caso cuando pongo mi mano en su cintura y la hago cooperar para meterla en otro edificio y pegarla a la pared más cercana.

Mila se da la vuelta y me observa con sus ojos grandes y expresivos puestos en mí. Es pequeña, dado que soy muy alto, pero puedo decir que la joven que tengo al frente es hermosa. Una tez tan clara como la nieve que tenemos bajo nuestros pies, mejillas sonrojadas por el frío, ojos marrones que brillan y unos labios rojos que me recuerdan a la sangre que soy capaz de derramar.

Ella frunce el ceño y luego parece que el reconocimiento brilla en su mirada cuando no debería ser así; sin embargo, veo cómo sus labios se abren con sorpresa. Algo en este bonito rostro llama mi atención, pero no tengo idea de qué es; se me hace conocida, pero no sé de dónde la he visto.

Sin embargo, lo que captura mi atención es que ella hace la cosa más loca que debería hacer cuando tengo un arma apuntando a su cabeza: sonríe.

—Eres tú —me dice, parpadeando a través de sus anteojos que no le restan belleza. Su cabello negro va envuelto en un moño que no deja un solo pelo fuera.

—Dime a quién seleccionó tu hermano para casarse conmigo —le digo, mirando que no venga nadie—. No tengo tiempo, niñata, habla rápido —gruño, y ella se ríe despacio, relajándose.

—¿Y apuntarle a la hermana del hombre con el que buscas una alianza fue tu movida más inteligente? —inquiere, y frunzo el ceño porque tiene razón, pero estoy cabreado.

—¿No eres muy joven para ser tan descarada? —ella niega despacio y, mirándome fijamente, baja el arma de su cabeza y me observa con calma.

—Yo soy tu prometida —dice sonriendo—. Es de mala educación apuntarle a la mujer que será tu esposa —ahora soy yo quien comienza a reír por lo increíble mierda que es lo que acaba de soltar. No sabía que Vladislav tuviese una hermana que estuviera de manicomio. Había escuchado que era la otra gemela la que estaba loca, no esta.

—Eres una niña —le recuerdo, y ella se pone de puntillas.

—Soy una mujer —me dice observándome fijamente—, y tú eres guapo. Me gustan los hombres que se ven como tú —susurra, haciendo que apriete la mandíbula.

—En tus sueños me casaré contigo, no estoy para bromas, dime quien es mi puta prometida —ella se ríe.

—Tú serás mi esposo, ya te dije, aunque te aclaro que puta solo a veces. No sé qué buscas abordándome, aunque creo que deberías comportarte conmigo. A mi hermano no le hará gracia que estés moviéndote por su territorio cuando se supone que buscas una alianza —ella sonríe cuando me sorprendo—. Puede que no me involucre mucho en los asuntos de la organización, pero vivo en este mundo bonito, sé muchas cosas —aprieto los labios ante el descaro que tiene.

—Tu hermano no te dejaría casarte conmigo, deja de soñar con imposibles —me sorprende cuando ella me toma de la camisa y tira de mí. Tengo que inclinarme hacia ella despacio para no lastimarla, porque parece una muñequita de porcelana que se rompería con facilidad.

—¿Es un reto? —susurra a escasos centímetros de mis labios—. ¿Me estás retando? —me aparto de su agarre, mirándola fijamente; la sensación de que la he visto en alguna parte sigue siendo persistente.

—Aunque te rete, no me casaré contigo, no me van las niñas, por lo tanto, nunca serás mi mujer —ella se ríe.

—Tengo veintiún años, maldito anciano —me detengo de hacer cualquier movimiento porque esa frase la he escuchado en algún lugar, solo que no ubico cuándo fue.

—Esto es una pérdida de tiempo, vete antes de que te meta un tiro por irritarme —trato de alejarme, pero ella me detiene, teniendo esa maldita sonrisita que comienza a irritarme. Ella como la descarada que es, pone una tarjeta en mi mano.

—Acostúmbrate a verme, seré tu esposa —me susurra—. Te invito a este lugar para coordinar lo que haremos en nuestra ceremonia de bodas. Te digo que no me gustan las ceremonias muy grandes y me dices dónde te gustaría más, si aquí o en tu territorio. No importa el lugar si al final terminaré con tu apellido decorando mi nombre —ella sonríe y me pregunto si su hermano debería observar si su hermana consume la mierda que él fabrica.

‍​‌‌​​‌‌‌​​‌​‌‌​‌​​​‌​‌‌‌​‌‌​​​‌‌​​‌‌​‌​‌​​​‌​‌‌‍

Capítulo anterior
Siguiente capítulo