85: No está hecho de vidrio.

Regresé caminando hacia la casa de la manada con la mano en el vientre todo el trayecto. Me dolían los pies, me dolía la espalda y el bebé no dejaba de patear, como si debiera ser castigada por caminar tanto.

Cada paso me cansaba más, pero no podía detenerme. Las palabras del explorador se repetían...

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