Capítulo 1 — Prueba de embarazo…

•Elin•

Mierda, mierda, mierda.

¿Y ahora qué se supone que voy a hacer?

La puerta de mi habitación estaba cerrada con llave. Estaba prácticamente a oscuras, pero eso no importaba.

No necesitaba ver para saber lo que tenía entre mis manos.

Mi corazón también lo sabía.

Había dos líneas.

Dos malditas líneas rosas en esa prueba de embarazo.

—No puede ser —susurré, sin saber qué más hacer—. No. No. No. ¿Cómo pude ser tan descuidada?

¡Mis padres van a matarme!

Apreté la prueba contra mi pecho como si con eso pudiera hacerla desaparecer o cambiar el resultado.

Pero eso jamás pasaría. Había metido la pata hasta el fondo.

Esa maldita semana en Milán. Cuando Matteo me juró hasta el cansancio que me amaba, que éramos el uno para el otro, que su familia no importaba y que lo nuestro era más fuerte que la guerra entre nuestros padres.

Y yo, como una idiota de primera línea, me dejé llevar y no me protegí.

Sin esperar ni un segundo, busqué mi teléfono y marqué su número antes de que mi cerebro pudiera detenerme.

El teléfono sonó y sonó, pero nadie respondió.

—Vamos, Matteo, contesta —murmuré, mordiéndome el labio y moviendo la pierna por la ansiedad.

Sonó y sonó.

—El número al que ha llamado no está disponible en este momento…

Gruñí y colgué, para después volver a marcar.

—El número al que ha llamado no está disponible…

—¡Mierda! —grité, lanzando el teléfono contra la cama y enterrando mi cabeza entre mis piernas.

Pero no pensaba rendirme.

Alcancé mi teléfono y marqué otra vez, pero esta vez al número de su amigo, el que siempre estaba con él en las fiestas.

Luciano.

Tardó en contestar, pero al final respondió.

—Elin.

—Hola, Luciano. ¿Sabes algo de Matteo? Necesito hablar con él sobre algo importante y no me responde.

—Elin... —Carraspeó Luciano, evidentemente incómodo—. Escucha... Matteo me pidió que te dijera algo.

¿Eh?

—¿A qué te refieres?

—Me pidió que te dijera que no lo busques más... Que todo fue un juego. Un momento de diversión, ¿entiendes? Quería saber si era cierto que la princesa intocable del carnicero Duvall podía ser vulnerada y, bueno, lo logró.

¿Qué?

No…

Mi mundo entero se detuvo. Las palabras de Luciano cayeron sobre mí sin piedad, aplastándome.

—¿Un momento de diversión? —Mi voz salió rota, sin poder evitarlo—. No, no es cierto... Matteo me dijo que me amaba. Él me dijo que estaríamos juntos, que…

—Elin, por favor... —Su amigo suspiró con fastidio—. Eres la hija del Carnicero Duvall. ¿De verdad creíste que el hijo del máximo enemigo de tu padre iba a querer algo serio contigo? Solo fue diversión para él, así que mejor olvídalo. Olvida todo lo que pasó... Y por tu bien, no busques más a Matteo ni a cualquiera de la familia Mancini.

—Pero yo... estoy…

Dejé de hablar porque no podía decirlo. Si le decía que estaba embarazada de su amigo... todo se iría al caño.

No. No puedo hacerlo.

—¿Estás qué? —preguntó.

—Nada... —suspiré, sin ganas de seguir discutiendo—. Dile a Matteo que se vaya al infierno.

Y colgué.

El teléfono cayó al suelo y finalmente las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer.

Siempre silenciosa, porque nadie podía descubrir esto.

—¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo pude creer que él me amaba de verdad?

¡Estúpida!

La prueba de embarazo seguía en mi mano y yo no podía dejar de pensar en mi padre.

Maldición.

Si se enteraba de que jugaron conmigo, de que el hijo de su enemigo me utilizó y de paso me embarazó... no se detendría ante nada.

Habría sangre, guerra y todo sería por mi culpa.

Incluso los Mancini podrían llevarme a la fuerza ya que tenía a un heredero en mi vientre.

Toqué mi vientre plano.

No.

No voy a permitirlo.

—¿Qué mierda voy a hacer? —susurré—. ¿Qué voy a hacer contigo, pequeño?

De pronto, un golpe en la puerta me hizo saltar.

—Cariño —la voz de mamá, siempre tranquila, me hizo tensar—. Es hora de cenar. Tu padre ya llegó y quiere verlos a todos.

El pánico me recorrió como una descarga eléctrica mortal.

Me levanté y me miré al espejo.

Estaba horrible.

—Ya voy, mamá... Me estoy cambiando.

—¿Estás bien, hija? Te escucho rara.

—Lo estoy —mentí, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Estaba estudiando y me dormí, ya voy.

Después de eso, escuché cómo se alejaba y solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Mierda.

Nadie puede verme así, no tendría cómo explicarlo.

Me lavé la cara, me acomodé el cabello y me obligué a mantenerme tranquila.

No puedes llorar, Elin. Eres una Duvall.

Los Duvall no le lloran a nadie.

Tomé la prueba de nuevo y la metí en el bolsillo de mi abrigo, esperando el momento exacto para deshacerme de ella.

Tomé una respiración profunda y abrí la puerta.

Ni siquiera había dado un par de pasos cuando vi que Ezra y Jim salían de la habitación de mi hermano al mismo tiempo. Mi hermano iba riendo por algo que Jim le había dicho, y el idiota ese lo golpeaba de juego, sin notar mi existencia.

Fue cuando su hombro golpeó mi brazo y el impulso me hizo tambalearme. Perdí el equilibrio y caí al suelo con un golpe sordo.

—¡Oye, ten más cuidado, imbécil!

Sin embargo, mi voz se apagó cuando vi lo que había salido volando de mi bolsillo.

¡No!

La prueba.

La maldita prueba de embarazo había aterrizado justo entre nosotros, en el pasillo.

Mi corazón dejó de latir en ese momento.

—Elin, ¿estás bien? —La voz de Ezra llegó desde más atrás de Jim.

Pero no pude responderle. Solo pude ver cómo Jim se agachaba al mismo tiempo que yo y cómo sus dedos alcanzaban la prueba antes que los míos, notando inmediatamente las dos líneas en ella.

Estoy acabada.

Él me miró y sus ojos, normalmente burlones y llenos de sarcasmo, se abrieron con una mezcla de sorpresa y algo más que no pude identificar.

Y en cuanto sintió que mi hermano se estaba acercando a nosotros, con un movimiento rápido, escondió la prueba en su bolsillo.

—¿Qué pasó? —Ezra se acercó, frunciendo el ceño—. ¿Te lastimaste, Elin?

—No, estoy bien.

Jim me ofreció su mano y la tomé con desconfianza. Cuando estuve más cerca de él, pude sentir sus labios demasiado cerca de mi oído.

De inmediato me paralicé.

—Ahora sí que estás en problemas, Duvall... Vamos, Ezra, tu hermana está bien, solo que sigue siendo muy torpe.

Mi hermano me miró y yo solo asentí, para después ver cómo ambos se alejaban, bromeando y jugando como si nada hubiera pasado.

Y con el imbécil de Jim Cross llevándose mi prueba de embarazo en su bolsillo.

—Maldita sea.

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