Capítulo 3 — El mayor problema de su vida.
•Elin•
—¿Adónde me llevas, Duvall cascarrabias? —me preguntó—. Porque si es a un callejón oscuro para ofrecerme algo indecente, tendré que pedirte que me invites a cenar primero.
Dios, dame paciencia.
—Cierra la boca, imbécil —le respondí, empujándolo hacia el interior del cuarto de limpieza—. Y ya deja de llamarme así, sabes que lo odio.
El lugar era demasiado pequeño y estrecho, y el olor estaba comenzando a hacer estragos en mi estómago. Además, estábamos demasiado cerca.
Más de lo que me gustaría estar alguna vez.
—Dios... ¿Tanto te gusto, Duvall? —Jim se recostó contra un armario, mirándome con esa expresión burlona que tanto odiaba—. Nos encerraste en un cuarto de limpieza... Muy romántico.
—No seas idiota —espeté—. Sabes perfectamente por qué estoy aquí.
—¿Porque no pudiste resistirte a mis encantos?
—¡Jim! —le grité, y él levantó ambas manos—. ¡Esto es serio! Sabes por lo que estoy pasando.
Su sonrisa se desvaneció un poco después de que le gritara y me miró con más atención que antes, como si estuviera evaluándome.
Ya no había rastro de la burla con la que me había enfrentado segundos antes. Ahora simplemente estaba parado allí, tratando de entenderme.
—¿Realmente estás tan asustada? —preguntó—. ¿Tanto miedo te da que tu padre se entere? Eres su consentida, no creo que te destierre por convertirlo en abuelo.
Dejé de respirar después de eso.
—¿Crees que esto es gracioso, Jim? —exclamé, tratando de no llorar frente a él—. ¡Esto no es un maldito juego!
—Nunca dije que lo fuera, Elin —respondió, soltando un suspiro—. Solo digo que... bueno, es un poco irónico, ¿no? La hija del gran y temido Robinson Duvall se metió en el mayor problema de su vida.
—¡No menciones a papá! —siseé, dando un paso al frente, quedando aún más cerca—. Él no tiene nada que ver con esto.
Jim soltó una risa seca que me hizo cerrar la boca.
—¿Ah, no? —Se inclinó hacia mí, su rostro tan cerca del mío que era capaz de ver el brillo en sus ojos rasgados—. Elin, ¿crees que cuando tus padres se enteren se quedarán sentados sin hacer nada? Tocaron a su hija y conozco a tu padre... Todos lo conocemos.
Lo sé... Estoy en un gran, gran, gran problema.
—Y es por eso que no puede enterarse —respondí, un poco más tranquila—. No puede saber lo de mi bebé... Si lo hace, te juro que se va a armar una guerra y van a morir muchísimas personas inocentes... Y todo será por mi culpa. ¿Entiendes ahora?
Jim me miró en silencio por un momento, analizando la situación a fondo.
—Entonces, ¿qué quieres, Duvall? —me preguntó—. ¿Quieres que me siente y me calle como un buen chico?
—Sí —respondí sin dudar—. Eso es exactamente lo que quiero que hagas.
Él se rió, pero no con burla. Al contrario.
—Sabes que no podrás ocultar esto para siempre, ¿verdad? —me preguntó, señalando mi vientre con un movimiento de cabeza—. En algún momento tu barriga va a crecer. ¿Qué vas a hacer entonces?
—Ya encontraré la manera... Solo necesito un poco más de tiempo.
—¿Para ver si te quedas con el bebé?
No respondí a eso.
Ni siquiera yo tenía la respuesta a su pregunta.
Aún así, Jim suspiró ante mi silencio, pasándose una mano por su cabello oscuro.
—Mira, Duvall... No le voy a decir nada a nadie, ¿vale? No soy un soplón... Y aunque no me caes bien, no voy a arruinar tu vida solo porque sí. Suficiente con todo lo que estás pasando.
Oh.
¿Realmente no va a decir nada?
—¿De verdad? —le pregunté, desconfiada—. ¿No estás mintiendo?
—Soy un hombre de palabra —respondió, encogiéndose de hombros—. Además, si tu padre se entera, probablemente matará a todo el que tenga algo que ver en esto... Y no pienso morir por un secreto que ni siquiera es mío.
Justo.
Un enorme peso se levantó de mis hombros. No completamente, pero sí lo suficiente como para volver a respirar con normalidad.
Estoy a salvo... Por ahora.
—Gracias.
Jim sonrió al escuchar mis palabras.
—No me des las gracias todavía, cascarrabias —abrió la puerta del cuarto—. Esto no va a estar enterrado para siempre. Algún día tendrás que enfrentarlo... Y cuando lo hagas, espero estar muy lejos para no ver el espectáculo sanguinario que se va a armar.
Después de eso, desapareció, dejándome completamente sola.
Solté todo el aire que no sabía que estaba conteniendo. Mis piernas temblaban y mi estómago me gritaba que no estaba contento con la situación.
Y cuando las náuseas no tardaron en llegar, salí corriendo del lugar y entré al baño de mujeres justo a tiempo para vomitar todo lo que había desayunado.
Iugh, qué asco.
Me apoyé en el lavabo, jadeando y bastante sudada, cuando escuché un débil sollozo que provenía de uno de los cubículos.
¿Qué?
—¿Hola? —llamé, pero nadie respondió—. ¿Estás bien?
Los sollozos continuaron, como si la persona estuviera intentando callarse y no pudiera.
Fue cuando me acerqué al cubículo y toqué la puerta con suavidad.
—Oye, ¿estás ahí? ¿Necesitas ayuda?
Un golpe sordo, como si alguien se hubiera caído, me hizo abrir la puerta sin pensarlo dos veces.
Y lo que vi me partió el corazón en dos.
Oh, vaya…
Había una chica acurrucada contra la pared, con su ropa empapada, como si alguien lo hubiera hecho, y su cabello rubio despeinado, lleno de restos de comida. También en su rostro tenía un moretón que estaba comenzando a formarse en el pómulo.
Sin pensarlo, me arrodillé frente a ella.
—¿Qué te pasó? —le pregunté—. ¿Quién te hizo esto?
La chica me miró llena de miedo y, después de otra pregunta sin respuesta, supe que ya no había nada que preguntar.
¿Cómo no me di cuenta antes?
—¿No puedes hablar? —le pregunté, haciendo señas con mis manos.
La chica asintió lentamente, sorprendida de que supiera hablar lenguaje de señas.
¡Gracias, mamá!
Sus ojos aún permanecían llenos de lágrimas, pero aun así, levantó sus manos temblorosas y comenzó a hacer señas.
"No me hagas daño, por favor."
Sonreí, tratando de mostrarle que no era ninguna amenaza.
—Tranquila —le pedí, usando las señas que había aprendido desde niña y agradeciéndole a mi mamá por haberme obligado a estudiar aquello—. No te voy a hacer daño. Me llamo Elin, ¿y tú?
La chica parpadeó varias veces y, de pronto, sus manos se movieron.
"Soy nueva. Me llamo... Mia."
Sonreí al escuchar su nombre, pero después la vi encogerse al intentar acercarme a ella.
—Ya te lo dijeron, ¿eh? —le dije, y ella me miró—. Hay muchos rumores sobre mí, ¿cierto?
Mia asintió, pero seguía estando igual de asustada, así que intenté otra cosa.
—No soy tan mala como parezco... Te prometo que solo quiero ayudarte. ¿Me dejas traerte ropa limpia? Y luego, si quieres, puedes contarme qué pasó... O no, pero al menos estarás seca y abrigada el resto del día.
Ella dudó, pero después dejó que la sacara de aquel cubículo.
"¿Por qué me estás ayudando?"
—Porque alguien tiene que hacerlo —suspiré—. Y porque... bueno, hoy he tenido un día de mierda. Y a veces, ayudar a alguien más hace que te sientas un poco menos horrible contigo misma, ¿no crees?
