Capítulo 4 — Soy la favorita de papá.

•Elin•

Esa noche en la mansión, por fin fui capaz de respirar en paz.

Papá se había ido de nuevo y mamá visitaba a la tía Val, por lo que estaba sola con mis hermanos.

Las luces de la sala de juegos de mi hermano iluminaban la habitación entera, mientras los controles vibraban en nuestras manos. La pantalla del enorme televisor mostraba una batalla épica, pero mi mente seguía estando en otro lugar.

Otra vez.

Siempre en el maldito mismo lugar.

—¡Te tengo! —exclamó Ezra, lanzando un combo que casi acabó con mi personaje.

—Ni lo sueñes, tonto —respondí, esquivando y contraatacando con bastante agilidad.

Mi hermano soltó un gruñido lleno de frustración cuando su personaje cayó derrotado y se recostó en el sofá, pasándose una mano por su cabello negro.

—¿Qué dijimos de los ataques secretos, Elin? —me acusó, con una sonrisa que delataba su buen humor.

Era lindo cuando compartíamos tiempo juntos.

—No te luce el llanto de niña, perdedor —respondí, devolviéndole la sonrisa y haciendo mi baile de la victoria.

Ezra se rió por mis tonterías y, por un momento, casi logré olvidar el peso que cargaba en el pecho.

Casi.

—Eres una niña mimada.

—Oye... —hablé, cambiando el tema mientras seleccionaba un nuevo personaje—. Hoy pasó algo raro en la universidad.

Ezra levantó una ceja.

—¿Más raro que la caída en el pasillo de anoche? —se burló—. Aún no me explico cómo Jim fue más rápido que yo para ayudarte. Normalmente se queda mirando cuando alguien se cae y se burla.

Mi mandíbula se tensó.

Jim.

La sola mención de su nombre me ponía de mal humor, pero no iba a dejar que mi hermano notara mi incomodidad.

—Cállate —respondí, desviando la atención—. En fin, conocí a una chica, su nombre es Mia. Es nueva y estudia diseño como yo.

—¿Y eso qué tiene de raro?

—Alguien le hizo algo horrible —le expliqué, recordando todo lo que había pasado—. La encontré en el baño. Estaba mojada, golpeada y con restos de comida en el pelo. No quiso decirme quién fue... O bueno, descubrí que no habla. Tuve que usar lenguaje de señas.

Mi hermano dejó el control sobre sus piernas, prestando más atención ahora.

—¿La ayudaste?

—Tenía que cambiarse, así que le di mi conjunto italiano —admití, encogiéndome de hombros—. Era lo único que tenía en mi casillero y ella necesitaba cambiarse.

Ezra soltó una carcajada que me hizo fruncir el ceño.

¿Por qué se ríe?

—¿Le diste el regalo de papá a una desconocida? —preguntó, completamente incrédulo—. ¿El de dos mil dólares?

Él lo sabía porque también le habían traído algo costoso.

—No importa —respondí, rodando los ojos—. Era solo ropa y necesitaba ayuda.

—Eres increíble, Elin —suspiró Ezra, negando con la cabeza, pero con una sonrisa orgullosa en el rostro—. Mamá tenía razón, fue una buena idea que aprendieras lenguaje de señas.

—Ya deja de burlarte —lo golpeé con el control—. Ayudarla fue lo correcto.

—No me burlo. Solo que es... lindo ver ese lado tuyo de nuevo. Lo extrañaba.

No supe si aquello era un cumplido o un insulto, pero en lugar de preguntarle, hice que mi personaje atacara al suyo por sorpresa.

—¡¿Qué?! —gritó Ezra, agarrando el control de nuevo y dándome un empujón—. ¡Eres una tramposa!

—Ya deja de llorar, Duvall.

Y entonces la puerta de la habitación se abrió y nuestra hermana pequeña, Eda, apareció bostezando y frotándose los ojos con el puño.

—¿Siguen jugando? —preguntó con voz somnolienta—. Parecen dos niños.

—Te recuerdo que la más pequeña de nosotros eres tú, rubia —se burló Ezra.

—Y aun así soy más madura que ustedes dos juntos —respondió ella, creyéndose una gran adulta a sus doce años—. Me voy a dormir. No se acuesten tarde o mamá se enojará cuando llegue.

—Buenas noches, enana.

—Buenas noches, Elin —respondió, y luego miró a Ezra—. Tú no me des las buenas noches. Me caes mal.

—¡Pero si yo soy el que siempre te consiente!

—No conseguiste que papá me dejara ir al cine con mis amigos, por eso me caes mal. Adiós.

Y así como llegó, mi hermana menor se fue a su habitación, dejando a Ezra con la boca abierta.

—Esa niña es igual a ti.

—Es el encanto de los Duvall.

Ezra se levantó un par de minutos después, estirando los brazos por encima de la cabeza.

—Voy por una soda —anunció—. ¿Quieres fresas?

—¡Sí, por favor! —respondí con ojos brillantes—. Con crema batida.

—Vale... Eres una malcriada, ¿sabías?

—Soy la favorita de papá —saqué la lengua y traté de sonreírle, pero apenas me salió una mueca.

De solo pensar en la decepción que sentiría papá, me causaba mucha tristeza.

Ezra se detuvo en la puerta y me miró con una expresión que no supe qué significaba.

—Oye, hermana. ¿Estás bien? —preguntó y yo me tensé—. Te noto rara desde ayer.

Oh, vaya…

—Estoy bien —mentí, como había hecho tantas veces—. Solo estoy un poco cansada... Ya ve por las fresas, que ya me antojaste.

Mi hermano dudó un momento, pero finalmente asintió y desapareció por el pasillo sin decir nada más.

Cómo me duele no poder decírtelo, hermano, pero tú eres igual o peor que mi padre.

Me quedé sola en la sala, mirando la pantalla del televisor sin realmente verla.

¿Qué diablos haré con mi vida?

¿Acaso debo huir del país para poder darle una vida digna y segura a este bebé?

De pronto mi mano se fue instintivamente hacia mi vientre, donde mi pequeño secreto crecía sin que nadie lo supiera.

O bueno, casi nadie.

El idiota de Jim lo sabía todo, aunque me había jurado que no le diría nada a nadie. Y estaba tan desesperada que había decidido creerle.

No tengo otra opción.

Justo en ese momento, el teléfono de Ezra vibró sobre el puff donde estuvo sentado antes.

Y no fue una vez, sino muchas veces.

Por lo que fue imposible para mí no mirar la pantalla. Sin embargo, mi corazón se aceleró con fuerza al ver el nombre de Jim en la pantalla.

Había varios mensajes seguidos, como si estuviera desesperado porque los leyera.

¿Por qué tengo un mal presentimiento?

Mi mano se movió por sí sola, desbloqueando el teléfono de mi hermano, y los mensajes aparecieron ante mis ojos de inmediato.

Habían estado hablando desde antes.

Jim: "Ezra, necesito tu ayuda."

Jim: "Hay dos cuerpos en mi casa."

Jim: "No sé qué hacer... Por favor ven rápido."

Jim: "Joder, Ezra. Es urgente, maldita sea."

Jim: "¿Estás cogiéndote a alguien? ¿Por qué no respondes? ¡No puedo llamar a nadie más!"

Una risa ácida se escapó de mis labios.

—Claro, Jim... —murmuré para mí misma—. Claro que sí.

Definitivamente tiene que ser una broma.

Tenía que serlo.

Jim Cross, el chico que había hecho que mi hermano deseara tener una vida lejos de la mafia, ¿le estaba pidiendo ayuda para esconder unos cadáveres?

¡Ja!

Eso sería imposible.

¿Y si todo esto era un código para poder contarle a mi hermano sobre mi embarazo?

No.

No puedo permitirlo.

Primero te mato, Cross.

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