Capítulo 5 — ¿Por qué siento que lo voy a pagar muy caro?

•Elin•

¿Crees que soy estúpida, Cross?

Soy la hija de Robinson Duvall, no vas a engañarme tan fácilmente.

Mi pulgar se movió rápido sobre la pantalla, borrando los mensajes y cuando me aseguré de que no había más, coloqué el teléfono exactamente donde estaba, como si nada hubiera pasado, y volví a mi lugar.

Mi rostro se mantuvo en calma cuando Ezra regresó con una soda en una mano y un bol de fresas con crema batida en la otra.

—Aquí tienes, princesa —sonrió, entregándolo en mis manos.

—Gracias.

Fue entonces que fingí que mi teléfono había vibrado, para después sacarlo y simular leer un mensaje.

—Oh, vaya... —suspiré—. Es Mia. Dice que está asustada por lo de hoy y que no sabe si volver a la universidad mañana. Necesito ir a verla.

Ezra frunció el ceño.

—¿Ahora? ¿Desde cuándo sales de casa a ver a una chica?

—Quizás solo quiera tener una amiga cerca después de tanto tiempo —respondí, levantándome—. Solo quiero asegurarme de que esté bien. Volveré pronto.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No... —hablé demasiado rápido y por un segundo pensé que me habían descubierto—. Quiero decir, ella está muy asustada y temo que si ve a un hombre pueda ponerse peor. Mejor voy sola.

Mi hermano me miró con desconfianza, pero al final no le quedó de otra que asentir.

—Vale, pero lleva a Jack y avísame si necesitas algo.

—Siempre tengo que llevarlo, ¿recuerdas quién es nuestro padre?

Después de eso, me apresuré y salí de la mansión con mi enorme sudadera y pantalones anchos. Mi chofer y guardaespaldas, Jack, ya estaba esperando en el auto.

—Llévame a la casa de Jim Cross, por favor —le pedí mientras revisaba mi teléfono—. Necesito llegar pronto.

—Señorita Elin, su padre nos pidió que no saliéramos…

—Jack —lo interrumpí, con una diminuta sonrisa ácida—. Iremos a casa de Jim, me esperarás en el auto y luego regresaremos a casa. No es tan difícil. 

El hombre se quedó un momento en silencio, pero al final suspiró, asintiendo sin estar completamente de acuerdo.

De esa forma, en menos de diez minutos, estuvimos frente a la humilde casa de Jim. En un barrio tan pobre como deprimente.

Las luces de su casa estaban encendidas, pero todo a su alrededor estaba en completo silencio.

Uno que no me gustaba nada.

—Espérame aquí, volveré pronto.

Me bajé del auto y caminé hacia la entrada, siempre con esa actitud de confianza que había aprendido de papá.

Llegué a la entrada principal y ni siquiera tuve que llamar, ya que la puerta estaba entreabierta.

Y eso ya era una mala señal.

¿Y si Jim no mentía?

Empujé con cuidado para poder entrar, y lo primero que fui capaz de ver fue un enorme charco de sangre, debajo de un hombre que no se movía.

También había otro más atrás, pegado contra la pared y con los ojos abiertos, mirando hacia la nada.

Y en un rincón apartado, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, las manos manchadas de sangre y la mirada perdida, estaba Jim Cross.

Su ropa estaba manchada con aquel líquido rojo que no parecía ser suyo. Tenía el rostro tan blanco como el papel y, apenas me vio, sus ojos se entrecerraron, intentando verme mejor.

Obviamente no esperaba verme aquí.

—¿Elin? —Su voz salió completamente ronca—. ¿Qué...? ¿Qué estás haciendo aquí?

Me quedé en la entrada, mirando toda la escena detenidamente y con mi cerebro trabajando a mil por hora.

Mi corazón latía con fuerza, pero mi rostro no fue capaz de mostrar nada.

Este es mi mundo, es lo que conozco.

La sangre, la muerte y el silencio después de la violencia. Era la hija del Carnicero Duvall, y nada de esto era nuevo para mí.

Así que me crucé de brazos e incliné la cabeza un poco.

—Creo... —abrí la boca, con una calma que había aprendido a dominar— que el que tiene grandes problemas ahora eres tú, Cross.

Jim parpadeó varias veces, como si mis palabras lo hubieran devuelto a la realidad de golpe.

Él me sorprendió riéndose a pesar de la situación, pero en realidad fue una risa que estaba completamente alejada de la felicidad.

—¿Grandes problemas? —bufó y levantó sus manos ensangrentadas—. Mira mis manos, Duvall... Mira lo que he hecho.

—Créeme, ya te vi —respondí, dando un paso adelante—. Y también veo que estás vivo... Eso ya es más de lo que muchos pueden decir... Ahora, ¿vas a quedarte allí sentado o vas a decirme qué pasó?

Necesito un poco de contexto.

Jim me miró por un rato y finalmente suspiró.

—Vinieron por mi abuela —contó, sus ojos nublados por el dolor—. Eran prestamistas que buscaban a mi padre. Ella se asustó e intentó deshacerse de ellos, pero... —hizo una pausa, tragando saliva y removiéndose incómodo—. Ellos la empujaron y yo... reaccioné. Nunca quise matarlos.

—¿Tu abuela está bien?

—Está en su habitación... Ella no vio lo que hice.

Asentí, evaluando toda la situación.

Había dos cuerpos.

El lugar era una completa escena del crimen. Y si alguien se llegara a dar cuenta y le avisaba a la policía, el pobre chico terminaría encerrado en prisión.

—¿Tienes tu teléfono? —le pregunté.

—¿Qué?

—Tu teléfono, Jim. ¿Lo tienes contigo?

—Sí, pero…

—Dámelo.

Él me miró confundido, pero me lo entregó.

Lo apagué y lo guardé en mi bolsillo, para después marcar un número que me sabía de memoria.

Uno que mi padre me había enseñado a usar solo en casos de emergencias.

—Hola, Duvall —saludó el contacto al otro lado de la línea.

—X, necesito que vengas a una ubicación.

—Tú dirás.

—Estoy en la casa de Jim Cross —respondí, como si esto fuera el pan de cada día—. Necesito una limpieza urgente y silenciosa. Tengo dos cuerpos aquí.

—¿Los Duvall están involucrados?

—Yo soy una Duvall, tonto —rodé los ojos—. Por supuesto que sí. ¿Hay algún problema?

Él no respondió.

—En veinte minutos estaré allí con el equipo.

Y entonces colgué, volviendo a mirar a Jim. 

—¿Quién era? —me preguntó el mencionado.

—Alguien que va a hacer que tu desastre desaparezca —respondí, sentándome justo al lado de donde él estaba—. Mientras tanto, ¿por qué no hablamos un rato? Digo, esos dos ya no se van a mover de allí, jamás.

Jim miró a los dos cuerpos y después clavó sus ojos en los míos, y de nuevo comencé a sentir la maldita molestia de siempre.

—Eres una loca, Duvall —suspiró, mirando hacia la ventana—. Te voy a deber una enorme... Cualquier cosa que necesites, solo pídelo.

—Eso es correcto, me debes una —respondí como si nada, pero luego se me ocurrió una idea—. Y de hecho... hay algo que puedes hacer para pagar tu deuda.

Jim soltó una risita, como si lo hubiera esperado de mí.

—¿Por qué siento que lo voy a pagar muy caro?

—Depende de cómo lo veas.

—Si no me lo dices, pensaré en lo peor.

Fue cuando por fin tomé valor y decidí hacerle la propuesta más loca que alguna vez se me hubiera ocurrido.

Pero era la única salida que mi cerebro me estaba dando.

—Jim, conviértete en el padre de mi bebé.

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